GAIA

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05/06/18 – Opinión – Essai

La diosa Gea griega, la Pachamama andina, la Madre Tierra de todos los pueblos aborígenes del mundo que quedaron al margen de las grandes conquistas “civilizadoras” del hombre blanco…, ecos vivientes de una edad de la humanidad en la que el Homo sapiens se sabía hijo de la Tierra, usufructuario de sus bienes, pero en ningún modo soberano de cualquier cosa más allá de su persona. Por eso, en este Día Mundial del Medioambiente, a las puertas de un cambio de paradigma humano, me voy a permitir transcribir la carta que el Jefe Seattle remitió en 1855 al presidente norteamericano Franklin Pierce en contestación a la “oferta” de este, de 1854, proponiéndole adquirir su territorio en vez de cogerlo por la fuerza. El documento que se conserva dice así:

“El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Washington podrá confiar en la palabra del Jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras”.

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.”

“Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?”

“Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del hombre piel roja.”

“Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.”

“Por ésto, cuando el Gran Jefe Blanco de Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Este agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es simple agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.”

“Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.”

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra cosa, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que desea. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.”

“La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.”

“Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo.”

“No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el brotar de las hojas en primavera o el batir de las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar a los oídos.”

“¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el cantar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago? Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.”

“El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire – el animal, el árbol, el hombre –, todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.”

“Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.”

“Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.”

“¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.”

“Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, les ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.”

“Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra.”

“Esto es lo que sabemos: todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia. Hay una unión en todo.”

“Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que le hiciere al tejido, se lo hará a sí mismo.”

“Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla con él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.”

“Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra, pero no es posible. El es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.”

“La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminan sus camas y una noche serán sofocados por su propios desechos.”

“Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.”

“Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del denso bosque sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.”

“¿Qué ha sucedido con el bosque espeso…? Desapareció.”

“¿Qué ha sucedido con el águila…? Desapareció.”

“La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.”

Cuando en 1969 el insigne químico James Lovelock formuló su Hipótesis Gaia, la sociedad estaba más pendiente de la conquista de la Luna y de la guerra de Vietnam, cosas más de nuestra modernidad industrial. Cuando a partir de su publicación en 1979 fue esparcida urbi et orbe por la reputada biólogo Lynn Margullis, la carta del Jefe Seattle seguía siendo un anónimo archivo epistolar en la biblioteca del Capitolio de Washington. Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín y el telón de acero de la Guerra Fría dejó a la sociedad mundial mirar más alto y más lejos, el movimiento ecologista internacional comenzó a ser relevante como génesis de conciencia natural en el Hombre. Para 1999, la imagen del “Rainbow Warrior” y las pancartas amarillas de Greenpeace sevían de amplificador mediático y global a la silenciosa batalla conservacionista de miríadas de grupos locales, regionales y nacionales de ciudadanos comprometidos con la consevación de la Naturaleza como una obligación física, un legado de supervivencia para las generaciones venideras. Y para 2009, en el megaindustrializado mundo occidental, multitud de pequeños partidos políticos nacieron con el afán, parcial o total, de llevar la lucha conservacionista a las instituciones de su ámbito territorial.

Hoy, a un paso de 2019, amplias capas de población de todo el mundo, independientemente de su extracción social, demandan una respuesta ambiental global que este liberalismo agonizante de éxito se resiste a dar. Sin duda, será la Socialdemocracia, como nuevo paradigma humano, la que tenga que enfrentarse a las nefastas consecuencias de un capitalismo ecuménico, ferozmente lineal, que ha perturbado todos los ciclos naturales hasta volverse contra el Hombre mismo: no es ya que nuestros océanos y lagos se estén macizando de residuos plásticos, es que nuestras aguas y alimentos están ya contaminados de residuos microplásticos de consecuencias aún por dilucidar; no es que nuestra atmósfera esté sofocada de contaminantes residuales de la combustión de carburantes fósiles, es que nuestro modelo energético ha perturbado todos los equilibrios dinámicos de aquella y, por tanto, ha roto con sus mecanismos de autorregulación; no es que el ecologismo sea la nueva religión progre, es que la conservación del medio natural debería ser el denominador común de todas y cada una de las actividades humanas, las ya desarrolladas y las aún por desarrollar. Y no es que 163 años después un nuevo romanticismo esté llevándonos a redescubrir al Jefe Seattle, sino que, como él vaticinó, el hombre blanco pasará tan deprisa como llegó, como una racha huracanada que pasa perturbándolo todo y luego no deja ni mal recuerdo.

En nuestras manos está tomar conciencia. En nuestras manos está renaturalizar al Hombre. ¿Estaremos a tiempo?

¡Carpe diem!

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