EUGENESIA

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29/05/18 – Opinión – Essai

 

Hoy he tenido la oportunidad de leer uno de esos artículos de divulgación científica que dan mucho que pensar. Lo primero, la diferencia práctica que existe entre la ficción, según el DRAE “clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios”, y la ciencia ficción, que no es más que esa parte de la ficción que casa exactamente con el campo de las hipótesis científicas. Obviamente, respecto a la ciencia ficción, nodriza de la ciencia, pueden distinguirse a término tanto las hipótesis de estudio, aceptables o rechazables según el tamiz dialéctico del método científico, como las utopías, o sea, “planes, proyectos, doctrinas o sistemas deseables que parecen de muy difícil realización”. Y de todas las utopías renombradas la Teoría de la Relatividad, que a fecha de hoy continúa teniendo partes pendientes de comprobación empírica por las limitaciones técnicas del Hombre actual, lo cual no quiere decir que pasado un tiempo dejen de ser utópicas para pasar a ser tópicas.

Traigo esto a colación por la peliaguda temática del artículo divulgativo en cuestión: la eugenesia, a vueltas de nuevo con el DRAE, “estudio y aplicación de las leyes biológicas de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especie humana”; lo cual, dicho así, queda bastante inocente, la verdad. Además, incluso puede parecer un hecho natural, pues basta mirar la tendencia endogámica del género Homo – actitud social de rechazo a la incorporación de miembros ajenos al propio grupo o institución – para comprender que es una forma muy primaria de conservación de la identidad propia que, desde luego, suele ser muy común tenerla en mucha mayor estima que la identidad foránea. Empero, la endogamia es un recurso eugenésico cultural que suele tener nefastas consecuencias, ya que contraviene la naturaleza misma de la biología al entorpecer los mecanismos de génesis de variabilidad genética en los que se fundamenta la Vida; verbigracia, la hemofilia característica de la dinastía Borbón o la estupidez supina de los últimos vástagos de la dinastía Austria, son casuísticas típicas de la endogamia humana. Y es que siempre fue imposible ponerle puertas al campo.

Sin embargo, el relato de hechos que hace el mencionado artículo es eugenésico, sensu stricto: un equipo de investigadores de la Universidad Rockefeller de Nueva York (USA) ha inoculado células humanas sintéticas en embriones de gallina y ha conseguido que el engendro resultante sobreviva el tiempo suficiente para desarrollar su sistema nervioso central, cerebro inclusive, y el esqueleto. Desde luego, la explicación dada es que este alentador resultado abre las puertas a la comprensión de la diferenciación orgánica humana y, por tanto, al diseño futuro de mecanismos inversos de regeneración orgánica y tisular encaminados al combate efectivo de enfermedades congénitas humanas, las que se suelen llamar coloquialmente errores del Hombre, y que lanzan irisados rayos de esperanza a unos lectores posmodernos que siguen reteniendo en su imaginario colectivo el atávico miedo a la enfermedad, al envejecimiento y a la muerte. No obstante, a todos ellos les recomiendo que disfruten de una película norteamericana titulada “La isla”, pues ilustra muy bien lo que puede esconderse detrás de semejante falsa esperanza.

Desde luego, los defensores de la eugenesia enseguida echan manos a las atrocidades nazis de los años treinta del siglo pasado que, si bien condenan, valoran muy positivamente para la Humanidad los avances en medicina que comportaron; y abundan en el hecho de que, debido a ello, se abrió una pieza separada del Juicio de Nüremberg exclusivamente para los médicos del III Reich que fueron reos de semejantes crímenes de lesa humanidad, los cuales perseguían, no lo olvidemos, encontrar los mecanismos genéticos que les ayudasen a depurar la raza aria de toda contaminación exógena. Lo curioso de dicha pieza separada es que se celebró en territorio norteamericano y no en suelo alemán, como en principio prescribieron los aliados para los criminales de guerra nazis que pudieran ser apresados tras la rendición alemana de 1945. Y parece una tontería, hasta que uno para mientes en la política del New Deal de Franklin D. Roosevelt, en principio encaminada a hacer resurgir a USA de la Gran Depresión de 1929, y lo que ocurrió cuando topó con la II Guerra Mundial y, muy especialmente, con el bombardeo de Pearl Harbour. A partir de ahí la Casa Blanca vio una inmejorable oportunidad de reactivación económica en la lejana guerra europea y el presupuesto de defensa pasó de un 8% en 1942 a un 43% en 1943, se incorporó a la gran industria química y mecánica a la aventura del sueño americano, recabando para la causa su creciente potencia económica a cambio de secretismo, privilegios fiscales, protección jurídica y suntuosos contratos militares, y subsumió en ella a toda la intelectualidad judía huida de la Europa de Hitler, alma teórica y práctica del Proyecto Manhattan que hizo posible las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki de Agosto de 1945.

Hasta 130.000 empleados se le imputan al Proyecto Manhattan, aunque lo cierto es que esas fueron las cifras globales de un ambicioso megaconsorcio industrial, público y privado, en cuyo seno acabaron desarrollándose grandes transnacionales actualmente muy reputadas, entre ellas, la mundialmente famosa Monsanto, líder mundial de los agroquímicos (incluidos los plaguicidas usados por USA en Vietnam) y de la ingeniería genética de los cereales transgénicos que tantos problemas éticos, ecológicos, económicos y sociales han generado dentro y fuera de las fronteras norteamericanas. Su base científica, precisamente, la revolución genética que supusieron nefandos estudios en humanos como los realizados con gemelos judíos y romaníes por Herr Doctor Josef Mengele, el Angel de la Muerte de Auschwitz; su base económica, la producción de clones transgénicos resistentes a plagas y sequías, a priori muy interesantes económicamente para las zonas secas del Medio Oeste norteamericano y muchos países americanos y africanos del área de influencia USA; y su base de poder, la posibilidad legal de patentar dichos clones vegetales como si de diseños industriales se tratase, con lo que se aseguraron una posición de dominio económico sobre crecientes áreas agrícolas del planeta. Por cierto, desarrolladora y comercializadora del mundialmente famoso glifosato, herbicida hormonal recientemente prohibido por la FDA norteamericana por su correlación estadística con al menos cuatro tipos de cáncer… Y es en este punto discursivo que no puedo evitar recordar lo que me enseñaron mis mayores: importa lo que haces, pero importa muchísimo más cómo lo haces.

Pues bien, dicho conglomerado empresarial creció al amparo financiero de grandes apellidos centroeuropeos recalados en USA en las postrimerías del s. XIX; uno de ellos la familia Rockefeller, fuerza viva del hiperdesarrollo comercial y financiero de la Isla de Manhattan – NY – USA, fundadora en 1901 del Instituto Rockefeller para la Investigación Médica, el cual acabó pasando a llamarse Universidad Rockefeller cuando en 1965 incorporó la enseñanza entre sus fines, llegando a asociarse a lo largo de su historia con 24 premios Nobel de las ciencias biomédicas. Y precisamente esta pequeña universidad privada de la Isla de Manhattan, fundada por unas de las más poderosas dinastías monetarias del afamado Club Bildeberg y su brazo secular, la Trilateral, es la que ha tenido a bien ilustrarnos sobre sus avances por la peligrosa vía experimental que describe muy bien la saga cinematográfica “Blade Runner”: la posibilidad técnica mediata de patentar células sintéticas humanas, genéticamente seleccionadas, y usarlas como caballo de Troya del desarrollo ontogenético de organismos animales complejos burlando todas las trabas éticas y todas las precauciones ambientales que la ciencia académica lleva intentando conjurar desde finales de la II Guerra Mundial… Para los cinéfilos, podemos completar la ilustración de la problemática expuesta con títulos cinematográficos como “El origen del planeta de los simios” o “Elyssium”, otros de tantos exponentes hollywoodienses de las consecuencias indeseables de que el Hombre se entretenga jugando a ser demiurgo.

Por supuesto, no le descubro el Mediterráneo a mi lector, pues se que es muy consciente de que este dilema es el mismo subyacente a la disyuntiva entre el sector público y el sector privado, pero sí que aprovecho para posicionarme del lado de esa ciencia académica oficial que progresa, en campos tan delicados como la ingeniería genética, bajo el más estricto control social. El Homo humanus, que ya vaticiné nacería de las cenizas tardorrenacentistas del Homo sapiens, vendrá al mundo con el derecho de mejorar su existencia hasta las más amplias cotas de bienestar que sus capacidades teórica y técnica puedan poner a su alcance, pero eso no obsta para que dicho derecho emane, incuestionablemente, de su obligación inexcusable de disfrutarlo sin menoscabo alguno de las leyes y los equilibrios de la Naturaleza de la que seguirá siendo parte indisoluble. Si, además, dichos avances de nuestra modernidad en ciernes comportan nuevos ámbitos de insolidaridad, desigualdad y esclavitud para la Humanidad, mi conciencia de ciudadano de izquierdas me empuja a mostrarme extremadamente vigilante y radicalmente beligerante hacia dichas veleidades eugenésicas, máxime cuando escapen al debido control social. Quien desee mejorar la existencia humana que refuerce el estado del bienestar, invierta partidas presupuestarias crecientes en educación y sanidad universales y con parámetros de excelencia, gestione el medioambiente como un capital natural a legar a las generaciones venideras sano, incluso mejorado, coadyuve a implantar un modelo energético global sostenible e invierta voluntad individual y colectiva en la instauración de una economía social cíclica y ecológicamente sustentable.

¡Carpe diem!

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