LESA HUMANIDAD

 

IMGP5025

 

13/05/18 – Opinión – Essaí

 

            Me contaba un amigo, que de esas cosas parecía entender, que no hay agravante mayor en Derecho que la lesa humanidad, pues, por razones legales que a mí se me escapan, implica que un hecho punible en cualquier rincón del planeta ha alcanzado la categoría de lesión y ofensa para todo el género Humano. Si no lo comprendí mejor es porque, como cada vez que alguien me ayuda a encontrar la luz, mi mente vuela hacia ejemplos concretos de mi biografía en los que los detalles de la disertación de mi interlocutor se van adhiriendo como hilos de colores con los que reparar la ajada urdimbre del tapiz de mi persona; pero importa poco, no es la erudición algo que yo persiga, sino la redención de una cadena perpetua de ignorancia más pesada cuanto más compleja vamos haciendo nuestra mundana existencia. Y de ese vuelo rasante sobre mis recuerdos, sin poder evitarlo, se me han venido a la cabeza las últimas 48 horas de vida de Miguel Ángel Blanco.

            Al concejal vasco es cierto que lo asesinó vilmente algún pobre diablo abertzale armado, abducido e inducido por alguno de esos capellanes macabros que la delincuencia organizada suele tener, suerte de cobardes padrinos que dictan sobre la vida y la muerte ajenas sin ensuciarse jamás las manos, sin ensuciar nunca su forzada imagen de ejemplares defensores de las mejores esencias de una sociedad de cercanías que, por esa misma razón, les teme más de lo que parecen respetarles. Lo que no olvido son las 48 horas de tensión, en un pueblico de Jaén, en la intimidad familiar con mis padres, viviendo aquel terrible trance televisivo como si estuviese ocurriendo en el pueblo de al lado, sintiendo el dolor de aquella terrible angustia nacional como si algo nos dijese que aquel secuestro y el aquelarre de comunicados etarras que precedieron al tiro en la nuca comportasen, cualitativamente, un crimen muchísimo mayor que el ya de por sí execrable asesinato de un ser humano. Algo en nuestro interior (recuerdo bien las lágrimas en los ojos de mis padres) nos hacía sentir íntimamente que aquello era mucho más que un simple atentado: aquello fue un crimen de lesa humanidad.

            Y así las cosas, removido algún oscuro rincón de mi memoria con el obsceno teatro de la disolución de ETA la semana pasada y, desde luego, ayudado en ello por los testimonios públicos de muchos españoles que, por lo visto, han sufrido la misma sensibilización de la memoria que yo, me veo ante estas páginas en blanco examinando en mi conciencia cual de todos aquellos crímenes fue, realmente, el más horrendo y ofensivo a la Humanidad, si los 853 asesinatos, los muchos secuestros, las demasiadas extorsiones, las amenazadas constantes como gota malaya en la frente de nuestra alma, los exiliados, los heridos y hasta el negocio político, tan secretista y ambiguo, emanados de un conflicto social que, como todos los conflictos, debió contar con un culpable primero, seguramente, algún ilustre difunto que jamás se ensució las manos ni se dignó a señalar con el dedo a tal o cual diana potencial de “los chicos de las mochilas”, que eufemísticamente solía decir el ínclito Arzalluz. Y parece ser que aquella culpable primera no fue otra que la sección carlista y burguesa de la curia católica vasca, tan pía y tan beata ella; pero resultaría demasiado fácil, cuando tantos vascos y no vascos simpatizantes con “la causa de la liberación vasca” han intervenido en el complejísimo submundo infrahumano de ETA y su frenopática visión del mundo de las últimas seis décadas.

            No. Como buen radical prefiero excavar en tanto fango criminal en busca de la raíz podrida que hiciera posible volverse a hermano contra el hermano sin freno ni tasa. Y dándole vueltas al asunto no encuentro más culpable primero que el propio nacionalismo, ese resentimiento antihistórico que acaba traduciéndose en conflicto social cuando sus frustraciones y amarguras cometen el primero y mayor de los crímenes de lesa humanidad imaginables, o sea, impedir o entorpecer el libre desarrollo de la persona. Da igual que el punto de partida fuese un seminario o una sacristía o un saloncito de té de la Ría de Bilbao, da igual; doquiera que alguien o algunos comenzasen a adoctrinar a los demás en una puridad de estirpe mitológica y supremacista exigente de un pedigrí, de una pureza de sangre imposible de justificar, aquel fue el punto exacto en el que cayó la piedra aldeanista que perturbó el estanque de la sociedad vasca y, por ende, de la sociedad española… Y así en Cataluña, como más recientemente en Galicia y hace nada en la milenaria, mestiza y caleidoscópica Andalucía. Siempre hay un tonto para un remedio y, cuando el remedio supone engrasar la maquinaria arribista del asalto al presupuesto público con sus pesebres dorados en el placentero establo de las cloacas del poder, los tontos florecen como champiñones en el útero putrefacto de la ignorancia orgullosa de sí misma, es decir, de la necedad encumbrada por las más bajas pasiones de la tribu.

            No obstante, aislado al fin el sujeto agente de nuestra descomposición nacional, a todos los niveles, sería poco radical, por mi parte, pasar por alto la tremenda importancia del sujeto paciente de esta nefanda historia: el Gobierno de España; porque no podemos omitir, en nuestra toma de conciencia social, que las cosas son como algunos las quieren, desde luego, pero porque la inmensa mayoría se las consentimos. Así pues, lo que hoy acontece en Cataluña no es sólo culpa del nacionalismo catalán, sino que, a mi juicio, es más culpa de cuatro presidentes del Gobierno de España que han tenido en el cajón de su escritorio de La Moncloa copia literal de la Agenda 2000 del separatismo catalán, desde 1990, y lejos de combatirla, como exige una democracia que se precie de serlo, la dejaron desarrollarse, punto por punto, cuidándose de que no le faltase financiación pública con que expandirse y consolidarse como una enfermedad endémica de una sociedad hasta la fecha tenida por el ejemplo a seguir por el resto de las regiones de España. Luego, el clan pirata Pujol, sí, pero Felipe González, José María Aznar y José Luís R. Zapatero, también; porque Mariano Rajoy, como buen gallego, ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario, pese a ser muy español… y mucho español.

            Y ya digo, aunque únicamente fuese por perseguir ese crimen de lesa humanidad que es impedir y entorpecer el libre desarrollo humano de las personas, merecería la pena combatir al nacionalismo hasta el desmayo. Otra cosa distinta es que haya Izquierda en Europa capaz de encarar tamaña aventura, ya que abandonar los alegatos sentimentalones y viscerales propios de la mercadotecnia electoral es un imposible para unos partidos pijiprogres excesivamente acostumbrados al sensual siseo de las alfombras institucionales cuando arrastran sobre ellas los cueros de unos zapatos que sostienen el torpe deambular de lo más granado de esta conjura de los necios que nos place apacentar. Otra cosa es que, rotos los diques de nuestra acomodaticia existencia, cualquier día nos asombremos de que quedan españoles dispuestos a pelear por la solidaridad, la igualdad y la libertad que fundamentan a todo Estado de derecho que se precie de serlo. Sólo por la esperanza que devolverían a nuestras grises vidas, merecería seguir vivo hasta verles resurgir de nuestras cenizas.

            ¡Carpe diem!

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