EUROPA

 

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12/05/18 – Opinión – Essaí

 

            Siempre lo he dicho: cuando se confunden paradigmas con doctrinas el resultado acaba siendo la confusión y el caos, ese estiércol intelectual inmejorable para el cultivo industrial de los ardores tribales. Así pues, si el paradigma político, luego social, de la Edad Media fue el feudalismo y el paradigma político del Renacimiento ha sido el Liberalismo, la socialdemocracia está llamada a ser el paradigma político de la Modernidad que el Homo sapiens está abocado a estrenar en este inquietante s. XXI. Quizá, por eso mismo, que los partidos socialdemócratas europeos confundiesen esta circunstancia con su doctrina partidista, haya sido la causa fundamental del exacerbado aburguesamiento que ha llevado a la izquierda europea a perder toda su credibilidad y, con ella, cotas crecientes de respaldo electoral, mayores cuanto más cercana al poder institucional haya estado.

            Entiendo que resulte chocante esta clasificación ahistórica de los periodos, pero quien me conoce sabe que huyo del camelo liberal que supone contarnos la Historia como una sucesión de hitos biográficos y geopolíticos. La vida es un todo indisoluble, sin solución de continuidad, en cuyo seno la vida humana no es más que un segmento espaciotemporal que podremos diseccionar por partes para ayudar a su comprensión, pero que tendremos que esforzarnos en contar como un proceso integral si realmente queremos acercarnos a unos mínimos de ciudadanía crítica que nos ayuden a ser libres… Porque la A4 Cádiz-Madrid es una autovía, mientras que su cartelería e hitos kilométricos únicamente son puntos de referencia de esa autovía, por tanto, la nada en términos prácticos de circulación de viajeros – so pena que una mala interpretación de esas señales acabe dando con tus huesos en Portugal, que las lecturas rápidas tienen esas cosas –. Así es la Historia con sus actores.

            Razones étnicas para defender la unidad europea pueden encontrarse desde el Paleolítico Inferior, como razones de la misma índole encontraríamos a carretadas para justificar la disolución de Europa antes de verse constituida en Nación; pero desde una perspectiva socialdemócrata, luego social, política y jurídica, la razón de la unificación europea no es otra que la misma definición de Nación: pueblo soberano. Consecuentemente, si los europeos, tras un conveniente proceso constituyente de corte federal y diseño simétrico, decidiéramos soberanamente constituirnos en Nación, sólo quedaría el trámite legal de ser reconocida esa federación por la comunidad internacional para que la Historia de Europa comenzase a escribirse en derecho, y no desde el derecho de conquista que tanta sangre inocente y tanto sufrimiento popular ha supuesto el imperialismo aristocrático durante los últimos cinco siglos.

            Desde luego, esta ilusionante perspectiva de futuro para el Viejo Mundo tendría consecuencias muy positivas para el conjunto de la ciudadanía europea, sobre todo en términos de convergencia económica, técnica y jurídica, pero no menos en términos geopolíticos de defensa de las conquistas sociales históricas de nuestra supranación frente al resurgimiento de los neoimperialismos globales: los césares americanos, los zares rusos y los emperadores chinos. No obstante, es precisamente esa posibilidad de constitución de una Nación de naciones, tan vieja y tecnificada, como onfalos geográfico del planeta y referencia metropolitana del resto del mundo, la clave para la prosperidad del peor enemigo del proyecto común: el nacionalismo, el retorno en bloque al culto a la identidad tribal y la supremacía de una aldea sobre su vecina. Todo ello sin olvidar que ese nefasto camino podría conducir directamente a la III Guerra Mundial, pues ya se sabe con el nacionalismo: “nunca hay dos sin tres”.

            Esperar que esa construcción europea llegue de mano de la derecha, es un imposible; la derecha se acomodará a ese extremo político conforme se le vaya garantizando que en el nuevo orden establecido siguen quedando resquicios para que ella luche por el elitismo fundamental a su naturaleza política; pero esperar que esa unión europea nazca del empuje de la izquierda decadente actual, tan aburguesada, tan oportunista en lo electoral y tan reaccionaria en lo funcional, es pedirle peras de agua a un olmo de cartón piedra. La derecha europea aborrece la socialdemocracia llamada a sustituir al liberalismo, sobre todo ahora que ha quedado reducido a la mera cuestión de hipercapitalismo desbocado; pero es que la izquierda europea la teme como al mismo diablo, pues supondría una revisión histórica, política y social tan profunda de sí misma que equivaldría a su muerte electoral. Y ya se sabe: “con las cosas del comer no se juega”, ¿verdad?

            Ni va a ser fácil ni suave, sin lugar a dudas, porque la socialdemocracia no podrá nacer en un mundo en el que actualmente falta una genuina perspectiva de izquierdas; y las formidables herramientas de adocenamiento social con que cuenta el liberalismo rampante lo van a poner aún más difícil, máxime cuando el sistema de poder actual está consiguiendo reducir a cenizas las clases medias que tanto les costó construir y consolidar a nuestros padres. De hecho, el precariado que tanto gusta mencionar en los discursos oficialistas no es más que un proletariado 2.0 en el que están arraigando los fascismos populistas, de izquierda y derecha, como las judías mágicas del cuento en la fértil tierra del reino de los hombres y que, una vez alcance las nubes de los bucles melancólicos y el fervor de la horda, lo único que podemos esperar de vuelta es la presión de una gigantesca bota de hierro aldeanista en nuestro frágil  cuello ciudadano, nuestro Estado de Derecho.

            Por supuesto, atraer al nuevo paradigma humano a la intelectuadlidad más socialmente comprometida es un reto irrenunciable, cabría más, pero eso no obsta para que aseguremos ya que ese paradigma socialdemócrata sólo sobrevendrá de la mano de una Izquierda aún por reconstruir y que, por el simple hecho de ser izquierda, únicamente podrá prosperar como ya lo hizo en tiempos: persona a persona, casa a casa, barrio a barrio, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad… Porque la razón de ser de la Izquierda no es otra que la naturaleza social y cooperativa humana, esa que se difumina en razón directa al incremento de la densidad de población y el aumento de la intensidad de influencia de las élites mundiales. Obcecarse con el asalto a las primeras planas de los medios de comunicación de masas, pues, va a comportar actualmente pagar el peaje de ir aburguesándose poco a poco conforme te lo exijan esos mismos medios cuyo concurso se anhela, perdiéndose así progresivamente lo único que no debe perder alguien de izquierdas: el contacto visual, el metalenguaje que convenza al ciudadano anónimo de que el proyecto es creíble porque sus defensores son creíbles. Será el único modo de involucrar a capas crecientes de la población, para que el número prevalezca sobre el músculo.

            ¡Carpe diem!

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