RELATOS

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Essaí: 5 de Mayo de 2018.

            Se ha puesto de moda la palabra relato que, a decir del Diccionario de la Real Academia Española, no es otra cosa que “conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho”, aunque, para nuestra desgracia, el vocablo también puede significar “narración, cuento”. Así pues, a día de hoy, pasado ya el atronador ruido del teatrico de la disolución de ETA, frente al relato que los vascos y el resto de los españoles necesitamos, un relato del primer tipo, se han alzado multitud de relatos que nadie pide pero que no nos queda más remedio que digerir estoicamente, o sea, relatos de la segunda categoría. Se ve que el relato histórico de los hechos no es tan buen negocio político como los cuentos de vieja de los derechos, futuribles y nuevos hechos, esos que siempre aportan como mejor solución la huida de todo problema.

            Y eso que los hechos, en este caso, son extremadamente cercanos en el tiempo y están extensamente documentados en filmotecas y hemerotecas varias. Y esos hechos apuntan inexorablemente hacia la falla del sistema por puro desentendimiento acrítico de los que damos cuerpo, forma y presupuesto al propio sistema. Y puede comprenderse que algunos laureados periodistas, además vascos y, por tanto, dolientes cercanos, rayando ya la venerable condición octogenaria, prefieran una edulcoración de la historia contemporánea porque ya no tienen ni energía ni ganas de seguir peleando por lo único que puede reconciliar a esta sociedad cainita: que un verdugo jamás sea igual o mejor que sus víctimas; ni que un asesino jamás sea más o menos asesino que otro por mor de en nombre de quien mataba, si en nombre de una mendaz Euskal Herria o simplemente “porque era mía”.

            Consecuentemente, hay que decir que todo el conflicto vasco surgió en el seno de la muy católica y carlista pequeña burguesía vasca allá por las postrimerías del s. XIX, cuando el romanticismo envenenaba las venas de la vieja Europa con una profusión de paraísos perdidos y arcadias felices que jamás existieron, pero que en Las Vascongadas, como en Cataluña, hizo posible que los vástagos burgueses entregados a la disciplina de poder de los seminarios católicos, además de cultivarse en estos mitológicos menesteres aldeanos, se entregasen al proselitismo de cultivar en ellos a la prole de sus iguales, esa pequeña aristocracia del dinero que creía ciegamente que su momento histórico había llegado y tenía que prepararse para ser locomotora social y no, como hasta entonces, triste vagón carbonero para alimentar la caldera de una aristocracia decadente mayormente arruinada. Por tanto, el relato exige que el propio Vaticano, Estado soberano rector de un imperio ecuménico, entone un sentido y muy contrito mea culpa un rato antes de exigirle lo propio a tantos obispos y curas vascos como obran en el relato de la responsabilidad moral del dicho conflicto.

            La derivada seminarista del carlismo euskaldun no pudo ser otra que el submundo jeltzale vasco, los autoproclamados gudaris (soldados) vascos, cuyo exponente político ha sido siempre el Partido Nacionalista Vasco con sus melancolías mitológicas y sus relatos eugenésicos más propios de la Sociedad Thule y de las Waffen S.S. De este clasista submundo vasco, mucho más amplio y sórdido que la militancia del PNV, nació el conflicto vasco real: el de una burguesía vasca dispuesta a sustituir en el relato de la historia a la rancia aristocracia vasca que ejerció de Espada de Castilla durante mil años; una aristocracia tan domesticada por el franquismo, ferviente protector político de la industria pesada vasca, que llevó a las cloacas identitarias jeltzales a vivir una compleja relación de amor/odio, con el régimen dictatorial, que sólo sirvió para espolear su odio a todo cuanto oliese a español, vascos no aldeanistas inclusive. Así que, el PNV debería hacer acto de contrición y pedir perdón por el siglo de calculada inoculación del odio a lo español, por tantas veces como se ha puesto de perfil ante los asesinatos de ETA, por tantas otras veces como ha sacado rédito político de esas matanzas y, por supuesto, todo hay que decirlo, por consentir que desde comienzos de este siglo estén desapareciendo expedientes judiciales de crímenes etarras.

            Y en este orden de cosas, sería bueno recordar que el submundo abertzale no surgió para combatir al franquismo, sino que, dicho por etarras históricos, nació de los mismos seminarios católicos por reacción alérgica de aquellos vástagos del proletariado que encontraron el modo de entrar en ellos para resarcir a sus linajes de la ignorancia secular del pueblo español. Y como toda reacción alérgica, no podía esperarse más que la desmesura de la propia reacción y el engangrenamiento de una disyuntiva moral que no tardaría en producir la primera generación de “antigudaris”, con su propio relato en bucle melancólico, pero con la determinación de todos los movimientos anticapitalistas que ha conocido la vieja Europa. Su guerra abierta contra el franquismo y posteriormente contra “el opresor Estado español” no ha sido más que la excusa teatral con que justificar ante sus paisanos el incalificable relato histórico de la banda terrorista que parieron, alimentaron, justificaron y jalearon a lo largo y ancho de 3.600 atentados, estos con: 853 asesinados, 2.597 heridos, 86 secuestrados, 1.635 huérfanos, más de 10.000 empresarios extorsionados, 10.000 amenazados de muerte y 250.000 vascos exiliados de su propia tierra.

            Sin embargo, esta semana ETA ha montado su particular teatrico de primera comunión democrática: primero, en la recoleta y pía intimidad familiar española, ha pedido melifluamente perdón a medias y a según quién, para después, ya en la gran festividad catedralicia europea de las mediaciones a precio de cojón de pato, sacar pecho, lucir traje de marinerito e imponer un relato que le han aplaudido desde el cardenal oficiante hasta el último de los invitados a la ceremonia pública. Ha sido para verlo y no creerlo. Con 358 crímenes sin resolver aún y hasta hace poco con lo más granado de su cúpula “militar” brindando con cava y langostinos de Sanlúcar a cada atentado etarra, un prófugo de los mejores cuerpos policiales del mundo, en búsqueda y captura por crímenes de lesa humanidad, ha puesto rostro y voz, en perfecto español, a un relato que su sanguinaria compañera traducía al francés desde una cárcel alemana… Y toda la izquierda española corriendo a aplaudirles el estreno y a escribir la segunda parte del sainete aunque, eso sí, ahora ya cada uno con su propio relato. ¿Será por relatos, ahora que sabemos que el papel lo aguanta todo?

            En fin, tanto luchar contra el franquismo para acabar como él, viviendo de un relato increíble e infumable al que lo peor de cada casa se va sumando por pura conveniencia de hiena.

            Pero, para relatos, la Historia…, le pese a quien le pese.

            ¡Carpe diem!

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