INTELIGENCIA EMOCIONAL

 

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 26/04/18 – Opinión – Pedro José Navarrete (Essaí)

            Hará un par de días que me plugo alabar personalmente un artículo de opinión firmado por mi amigo @GuilleDValle para @Diario_16, porque a un cateto impenitente como yo le brinda un rayo de esperanza en medio de la negritud creciente de esta sociedad decadente que está a pique de fenecer de puro éxito. Y no me satisfizo por la brillantez del opinador, que conozco sobradamente, ni por la descarnada sinceridad de lo opinado, rara avis entre los nacidos, como él, en 1989 y aledaños del calendario, sino por el destilado de inteligencia emocional que supone que un joven abogado cultivado demuestre estar ya tan curtido como para saber, y reconocer públicamente, que a su vida siempre le aportará más enjundia Vallecas que la universidad. Ya digo, que un español tan joven tenga ya conciencia plena de que eres lo que demuestras y no lo que muestras, y además sea consecuente con ello, me ayuda a creer que todavía es posible que yo legue a mi hijo – diez tiernos años –, al menos, la misma esperanza de futuro que mis padres supieron legarme a mí con muchísimas menos herramientas sociales e intelectuales de las que yo disfruto gracias a su sacrificio: “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor”.

            Dice al respecto esa tabla de salvación para confundidos e ignorantes que es el Diccionario de la Real Academia Española que la inteligencia emocional es la “capacidad de percibir y controlar los propios sentimientos y saber interpretar los de los demás”, algo cada día más extraño en este mundo esclavizado por una abominable concepción de la política como “el arte de lo posible”, o sea, una suerte de ética líquida, tipo “Chicago, años 20”, con la que cualquiera llega al poder haciendo posible lo que puede y acaba instalándose en el Poder dictando como posible lo que se le pone por montera, lo cual no sería mayor problema si no fuese porque ese mal ejemplo ha cundido socialmente, tan rápido y tan hondo, que casi toda la Nación se rige estrictamente por la estética de las cosas, pues hace décadas que sabemos que la ética de esas cosas suele ser un tremendo obstáculo a la hora de hacer posible lo que a uno le viene en gana. En fin, cosas del liberalismo ambiente, tan telegénico y moderno que ese arte de lo posible lo ha desarrollado hasta el extremo de ingeniería social, entendiendo por ingeniería, con el DRAE, el “conjunto de conocimientos orientados a la invención y utilización de técnicas para el aprovechamiento de los recursos naturales o para la actividad industrial”… Y digo yo: ¿habrá, en democracia, recurso más natural que el voto y actividad más industrial que captar, transformar y gestionar e, incluso, vender y prostituir ese voto?

            Y resulta doblemente esperanzador en estos tiempos de izquierda populista, aburguesada hasta las trancas, que un joven activista de izquierdas haya llegado a asumir, a tomar conciencia plena, que los sentimientos son esa trampa subjetiva, esa argucia intelectual, a la que la mente humana acaba echando mano para explicarse malamente la arcana complejidad de las emociones, esos arrebatos instintivos del inconsciente que nos mueven a ser lo que verdaderamente somos porque constituyen el sistema operativo de nuestra especie; luego otro rayo de esperanza, ya que la ciencia nos enseña que el Homo sapiens se reinicia íntegramente con cada nuevo nacimiento humano, haciendo así posible que los vicios de la mala experiencia sólo sean acumulativos en el espacio y el tiempo ambientalmente o, lo que es lo mismo, que cada nuevo neonato pueda ser algún día esa revolucionaria piedra que sabemos en qué punto concreto del estanque ha caído, pero nunca hasta donde llegarán las ondas expansivas de su perturbación de la plácida charca del adocenamiento social. Por consiguiente, siendo coherente con lo que hace poco escribí sobre el honorcualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo –, me he sentido obligado a reconocerlo públicamente aunque sólo sea por respeto a la memoria de mis mayores, aquellos que me inculcaron que “al santo que se lo merece se le pone una vela y al que no se lo derriba de su peana”, no sea que, callando, acabemos haciendo verdad esa falacia neoliberal de que todos somos iguales, aunque algunos seamos más iguales que otros.

            Más que nada porque la inteligencia emocional no es “filosofable”, si se me permite el palabro, pues que, atendiendo a la definición hurtada al DRAE, requiere de autocontrol, “control de los propios impulsos y reacciones”, tanto como de empatía, “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”, precisamente todo aquello que hacía tan fuerte la sociedad de nuestros padres y que la pseudoizquierda española invalidó, a fuerza de real decreto, para que las nuevas generaciones más preparadas de nuestra historia no perdiesen el tiempo cuidándose de los entresijos de este arte de lo posible devenido aquelarre de títulos universitarios y galones aristoburicráticos tan bien vistos en la hoguera de las vanidades de una Nación inane camino del fallo sistémico. Porque, desde luego, es ese honor, son esa empatía y ese autocontrol, los que definen la Política como el arte de la convivencia y nos recuerda, en toda su crudeza, que la solidaridad, la igualdad y la libertad que fundaron la Izquierda universal no son más que propiedades de la naturaleza humana arracimadas, en bloque, con esa humana propensión a la justicia tan a flor de piel en esta Nación de quijotes. Y no tengo que estar escribiendo ninguna mentira cuando el liberalismo ambiente invierte crecientes cantidades de capital humano y financiero destinadas a convertir en volubles sentimientos lo que científicamente son rasgos definitorios del Homo sapiens desde antes incluso de su nacimiento, hace unos 150.000 años, en las inmediaciones geográficas del nada amable Desierto del Kalahari… Aunque, para travesía por el desierto, la que la izquierda tradicional europea ha hecho hacia el populismo oportunista en el que se encuentra placidísimamente instalada.

            En fin, nada que podamos solucionar de hoy para mañana, pero nada que pueda ser solucionable si no comenzamos hoy mismo a buscarle alguna solución perdurable en el espacio y el tiempo. Y esa solución pasa, necesariamente, por demostrarles a estos cachorros de la ardua lucha por la humanización del Hombre que no están solos, que aún quedamos ovejas negras que preferimos la correosa libertad de riscos y breñas a la plácida tibieza de la adoración de becerros de oro y, aunque las energías pudieran comenzar a flaquearnos, aún conservamos intacta la fuerza más incontenible del Universo: la voluntad humana.

            ¡Carpe diem!

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