HONOR

IMGP5025

18/04/18 – Opinión – Essaí

 

            Tenemos en el Diccionario de la Real Academia Española una obra impagable de la que no usamos lo suficiente, y así nos va. Dice ese DRAE que honor es la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo” y, releída la definición un par de veces, encuentro la terrible condición nacional que se oculta tras la misma: los españoles vivimos en deshonor, un deshonor fomentado por una izquierda oficialista que encontró en esta semántica un gran perjuicio para lo que ha sido su negocio de poder y que ahora estamos descubriendo en toda su magnitud. La izquierda que nació humanizadora y libertadora ha usado las instituciones para adocenarnos y privarnos de las pocas cosas buenas que nuestros mayores llegaron a transmitirnos, aquellas que les hacían ser sociedad pese a la tiranía nacionalcatólica que atenazaba sus vidas; y una de ellas, el honor… De la derecha, mejor ni hablo.

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            Lo primero que llama la atención de la definición es que se trata de una cualidad moral y, por tanto, que transciende a la propia ética; porque se puede ser fácilmente ético cuando las cosas marchan bien, pero cuando la vida se pone dura y no encuentras correspondido tu esfuerzo ético en tu entorno, hasta el más santo varón cuelga sus hábitos para cambiarlos por otros mucho menos píos y mucho más livianos. Ese es el sentido real de aquel aserto de El Capital (Karl Marx): “la religión es el opio del pueblo” o, lo que es lo mismo, si no fuese por la esperanza y el consuelo que ofrece la fe, a modo de narcótico, la sociedad humana sería inhabitable. Por tanto, transcender la pura ética para encontrar siempre una razón superior, perfectamente inocente, inocentemente inmaculada, que de alguna forma haga ética y emocionalmente asumible hacer lo que uno debe aún cuando los demás hacen lo que les viene en gana, no es ningún mal invento humano, ni mucho menos. Eso sí, cosa bien distinta es cuando esa fe, canalizada a través de una religión organizada, trata de hacerse con las riendas del Estado; entonces topamos con la sectas y su codicia de poder; y da igual que sean religiosas, económicas o políticas.

            La segunda parte de la definición, en cambio, viene a prestarme una razón más para abominar de esta mendaz izquierda española que no es más que derecha pijiprogre ocurrente y amoral; y es, precisamente, la naturaleza social del honor. El honor no es un atributo castrense, por más que la milicia lo lleve por divisa y la provecta aristocracia lo tremole como pendón, sino que el honor inundaba las sencillas vidas de la generación de mis padres, aquellos niños de la guerra que siempre encontraban una razón de esfuerzo para “cumplir con los demás” aunque en algunas ocasiones pudiera parecer un cumplimiento del deber impostado o, como poco, insincero; pero era ese honor personal y familiar el que, armado del viejo “hoy por ti, mañana por mí” vertebraba a aquella sociedad pobre y desasistida en una suerte de solidaridad coercitiva que está en la base misma del Derecho Romano: “do ut des”, doy para que me des, es decir, yo primero cumplo antes siquiera de pensar si tú vas a ser capaz de cumplir conmigo. Claro que, cuando aquel honor no era correspondido, lo menos malo que podía pasar es que álguien te retirase la palabra de por vida, mas sin caer en el deshonor de despellejarte por las esquinas como una vulgar alcahueta. (aunque en este extremo creo recordar que había una amplia gradación de honores).

            Pero es que la última parte de la definición no tiene desperdicio, porque circulariza la semántica del término hasta hacerla indeformable, ya que no se puede cumplir con los demás si uno no es capaz de cumplir con uno mismo. Esa es la gran falla de nuestra sociedad posmoderna: produce y reproduce individuos cada vez más individualistas y menos honorables; pues no podemos negar que, apalancados en nuestra cómoda butaca de salón, cara al aparentemente inocuo fondo de caverna de la televisión y las redes sociales – si Platón levantase la cabeza se moría de la impresión –, ensoberbecidos de control absoluto sobre una vida de cubil que queremos hacer verdadera pese a que cada mañana nos topamos con la crudelísima vida real en la calle, vivimos: la solidaridad, como la emoción telegénica que nos producen los actores de teleserie; la igualdad, como ese fastidio de tener que compartir el mando a distancia de la caja tonta – no así el teléfono celular -; y la libertad, como la plena discrecionalidad para cambiar de canal o de actividad telecomunicativa si la cosa se pone medianamente aburrida. No digo ya cuando topamos en redes sociales o en televisión con alguien que te dice a las claras lo que menos te conviene escuchar… Y pensar que la solidaridad, la igualdad y la libertad son las tres emociones definitorias de la naturaleza humana…

            Consecuentemente, es el momento de reivindicar la memoria de D. Antonio Sánchez Bonil, maestro de pueblo, miembro de la institución libre de enseñanza, socialista de misa diaria de maitines y hombre de honor donde los hubiera – cuentan mis mayores que cada vez que entraba en la sacristía era para afearle a D. Fernando, cura mañico castrense, capitán de aviación y requeté, algún desliz de sesgo político durante la homilía –. Este hombre de honor, al que sus supuestos correligionarios tuvieron que ponerle una calle en su memoria, veinte años tarde, por pura presión popular, siguió redimiendo de su ignorancia a paisanos míos hasta después de su tardía jubilación y, entre aquellos, a los hijos de los que le mandaron a prisión durante la guerra civil y los pata negras de aquellos, que se negaron a detener la diligencia de Cazorla que le transportaba a Jaén para que pudiese decir su último adiós a su hijo varón, fulminado por un infarto al saber del prendimiento de su padre. No le extrañe al lector que mire a esta izquierda aburguesada, charlatana y follonera, y no pueda admitir que sean izquierda esos sectarismos oportunistas tan faltos de honor como se presentan; y, peor aún, tan engreídos como se muestra de su propio deshonor.

            Al final, pues, con el honor ha pasado como con la Nación: otra bandera de la izquierda tirada al barro y pisoteada con desdén por los mismos ganapanes que basan su negocio electoral, precisamente, en vivir arrogándose ser la única izquierda posible bajo el sol de España. Así nos va.

            ¡Carpe diem!

 

 

 

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