¡BASTA!

 

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02/04/18 – Opinión – Essaí

            Dicen que el pueblo que no aprende de su historia está condenado a repetirla, y aquí estamos: no quisimos aprender de nuestra Edad Media y ahora nos enfrentamos a los IV Reinos Taifa peninsulares, todos enfrentados entre sí a costa de los despojos del todo. En las tres primeras ocasiones, una aristocracia local mozárabe asomaba sus fauces por los desgarros de un sistema califal previamente debilitado y corroído por ella misma; en esta ocasión, en cambio, una burguesía aldeana ha sabido aprovechar los miedos cervales de nuestra joven democracia para parasitarla, debilitarla y, en última instancia, destruirla en beneficio propio. Antaño fue una aristocracia del privilegio de la sangre, hogaño una aristocracia del privilegio de los dineros, que no otra cosa es realmente una burguesía; en ambas ocasiones, unos empiezan el aquelarre y los demás se van sumando a la bacanal poco a poco, a la chita callando, para que quede claro que ellos lo hacen para no quedar por tontos.

            Dice el DRAE que democracia es la “forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos”, y decía Platón que “el pueblo que se desentiende de la política acaba gobernado por los peores hombres”. Y en esas estamos: la Justicia, clave para la paz social en democracia, hace tiempo que le quitaron la venda, la amordazaron con la balanza y la pusieron a cuatro patas para montarla a placer de todas las formas posibles; la RTVE, progresivamente degradada a la triste condición de un órgano de propaganda gubernamental, ya no ejerce la única censura que entienden, acatan y cumplen los medios de comunicación privados: la competencia en calidad; el aburguesamiento político es tan profundo y hediondo que la desafección popular crece peligrosamente, amenazando con deslegitimar todo comicio electoral en el que la abstención supere el 50% del censo; y el pueblo, reconociendo su culpa, se excusa con todas las razones anteriores como si se trataran de eximentes legales en un juicio sumarísimo por alta traición.

            Ahora hace furor la moda de culpar a las fuerzas regresistas de la nefasta situación actual, como si la razón de su existir no fuese otra que la de regresar por sus fueros y privilegios cada vez que les dejamos vía libre; pero yo acuso a la deplorable izquierda oficialista española, bien de carecer del discurso progresista que equilibre la balanza, o bien de ser tan reaccionaria que o es nacionalista o se prostituye con los nacionalistas hasta los extremos de ver hombres de paz donde el común de los mortales únicamente vemos delincuentes convictos. Así las cosas, hermanados todos los partidos en una dinámica de poder caciquil que arrastramos desde tiempo prerromanos, más creadora de fortunas individuales que de logros colectivos, nuestra aristoburocracia hace malabares para garantizar que la maquinaria del Estado siga funcionando, no vaya que, si la gripan, sus últimos estertores atraigan la atención de la sociedad que parasitan y ésta descubra que el descarado saqueo sistemático de lo público no es cosa de cuentos de funcionarios desleales y empresarios resentidos con ganas de vendetta personal a través de esos juzgados populares en que han devenido los medios de comunicación.

            No obstante, comprendo perfectamente a nuestros compatriotas, aunque no comparta su indolencia. Que una partido desequilibra al turnismo gubernamental de esta II Restauración borbónica y lo laminan, era de esperar, pero no suponía el fin del mundo; empero, que los dos partidos que lo sustituyeron en la senda de la regeneración democrática hayan salido tan rana nada más nacer y que uno de ellos vaya que vuela hacia las cumbres del Olimpo empujado por la interesada financiación de los de siempre, mata la esperanza de la sociedad más pintada. Es justo reconocerlo: la izquierda española es un solar de escombros en el que cada primavera crecen multitud de hierbas adventicias que a lo sumo llegan a dar algo de flor, pero que no son capaces de granar en fruto. Echar un vistazo a esa izquierda residual y verla tan rala, tan caciquilmente fragmentaria, tan pinchuda de ego herido y frustración a flor de piel, tan rezumante de ese elitismo ético e intelectual que tanto recelo produce como aburrimiento provoca y tan acomplejada que hace auténticas contorsiones dialécticas para ser izquierda negándose a decirlo y parecerlo, entiendo que resulta descorazonador hasta para los intelectos más inmunizados. Yo, sin ir más lejos, siento un frío escalofrío de miedo cada vez que arropo a mi hijo por la noche: le veo un negro futuro de tiranía y adocenamiento que es superior a mis propias fuerzas.

            La democracia se ha convertido en la excusa perfecta para que cualquier desaprensivo con teléfono corporativo haga su agosto sin ser culpable de nada, salvo de estar a nuestro servicio. Esta vieja y doliente Nación tiene que ver como se homenajea a asesinos en las mismas plazas y calles en las que quedaron tendidas sus víctimas inocentes, mientras los aprendices de brujo locales la emprenden contra los archivos judiciales para blanquear el pasado mafioso de sus “chicos de las mochilas”. Esta anciana Nación tiene que comprobar, a diario, las consecuencias de que un voto sea mucho más o mucho menos que otro voto dependiendo del rincón del mapa en que los vasallajes hayan podido crecer hasta señoríos, así, la Espada de Castilla pone hoy en jaque al reino del que se sirve y ceba porque legítimamente se le ha quitado la patente de corso a la Armada de Aragón, aunque sólo un poquito y únicamente a ratos. Esta gallarda Nación, madre de temibles guerreros, tiene que comprobar con bochorno como sus fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado son sistemáticamente apaleados, impedidos hasta para su autodefensa, y que los próceres que deberían respaldarles callan como putas en cuaresma, no sea que las encuestas pinten bastos ahora que están tan calentitos en la cosa pública.

            Entiendo perfectamente que nadie quiera usar la palabra patria, pues ya no quedan patriotas ni para defender la más mínima esperanza de futuro, todas las banderas han sido arriadas, quemadas o vendidas y nuestra Constitución es una casta señorona que suspira lánguida tras la rica celosía de su conventual viudedad. Y en medio de este charco de pestilente cieno de codicia de poder y avaricia parasitaria, comprendo, al fin, que el común de mis compatriotas asista pasmado a la desmembración nacional, porque no se atisba esperanza por punto alguno del lejano horizonte. No nos extrañe, pues, que crezca el número de los nostálgicos del franquismo. Con la gangrena sólo sirve la amputación, entiende el pueblo llano.

            ¡Carpe diem!

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