TRAICIÓN

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30/03/18 – Opinión – Essaí

 

            Dice el Diccionario de la Real Academia Española que traicionar es “fallar a alguien, abandonarlo”, y me pregunto yo si lo que estamos viviendo actualmente en España no es lisa y llanamente eso, una traición, y, si se me apura, la más alta de todas las traiciones, o sea, el traicionarnos a nosotros mismos. En ese sentido, voces más autorizadas que la mía ya se alzan, desde nuestra “élite intelectual”, hablando grandilocuentemente de nihilismo, es decir, de la “negación filosófica de un fundamento objetivo en el conocimiento y en la moral”, aunque a mí me interesa más la definición que atañe a cómo cursa dicha afección filosofal en la sociedad posmoderna actual: “negación de todo principio religioso, político y social”. Vamos, lo mismo, pero en una versión igualmente asumible por Agamenón y por su porquero.

            Ser miembro nato de la “generación transitoria”, la generación cero, la de ni chicha ni limoná, la generación que estrenó su pubertad, año arriba año abajo, por la misma fecha de la defunción de un generalísimo de todos los ejércitos al que la curia vaticana quiso titular como caudillo de las Españas, llegando a procesionarlo bajo palio como a cualquier dolorosa, implica ser lo suficientemente joven para tener resabios franquistas al tiempo que lo suficientemente mayor como para no conocer la oscura alma del franquismo y, por tanto, lo que vino después al grito nada esperanzador de: “ahora nos toca a nosotros”; pero supone algo socialmente más profundo: nosotros somos la generación de españoles venida al mundo para operar la deserción del arado que supuso la vida entera de nuestros padres, los niños de la guerra. Claro que, también, supone conocer a la generación inmediatamente anterior, esa que se autoproclamó generación de Mayo del 68 en un país al que dicha minirrevolución francesa no llegó ni por la prensa.

            Del exceso de elitismo intelectual en la aburguesada izquierda española actual no voy a decir nada, ya lo dice todo su incapacidad para llegar al corazón de los españoles, tan hartos como están de púlpitos titulíticos diseñadores de soluciones únicamente aptas para los que jamás estuvieron dispuestos a ensuciarse las manos; pero de la traición nacional a nosotros mismos sí que me apetece hablar, porque va siendo hora. Y comenzaré, cómo no, por la institución estamental que hizo posible que este país use constantemente el barbarismo “líder” para no tener que usar el equivalente término español “caudillo”, no sé si por el abuso constante que la curia vaticana hizo de esa noble palabra durante cuarenta años o, más probablemente, porque ninguno de nuestros próceres ha sido capaz de exhibir la autoridad moral y actividad ejemplar que históricamente revistió a caudillos como Viriato, Ibn Quasy, Don Pelayo, El Cid, Abenhumeya y tantos otros como contaron con la adhesión inquebrantable de los suyos porque aquellos encarnaban en la abnegación sus biografías personales, hasta la muerte misma, independientemente de sus errores y omisiones, todo aquello por lo que sus pueblos luchaban en justicia.

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José de Madrazo (1781-1859): La muerte de Viriato – Óleo sobre lienzo, 307 x 462 cm 

 

            En aquella España de mi niñez, a los más nos intentaban educar alejados del resentimiento derivado de una guerra civil que nunca conocimos y, al mismo tiempo, a hacer lo que decían los curas pero nunca lo que los curas hacían, pues la ética que deseaban transmitirnos era propiedad de la sociedad, no de la curia católica. Con el tiempo, la lectura y los desengaños, comprendí lo que querían transmitirme con su ejemplo: el clero cristiano llevaba dos milenios apropiándose de las costumbres, los mitos y las leyendas locales hasta hacerlas suyas, propias e intransferibles, para así incardinar su poder terrenal en el mismo corazón del Hombre; y no otra cosa han hecho los partidos políticos españoles desde 1978 a esta parte: permear a la sociedad civil, desde una simple comunidad de vecinos a la más potente colegiación profesional, para hacerse con las riendas de su existencia o arruinarlas desde dentro para que no estorbasen a sus hambres de poder. Quien haya formado parte de una asociación cultural, o de otra índole, estará recordando con mis palabras lo grotesco que resulta ver a los partidos políticos actuales usar dicha asociación como simple campo de batalla.

            Así llegó la nueva izquierda al poder: negando a la curia hasta extremos tales que acabaron negando todo cuanto procediese de nuestros padres, como si una sociedad pudiera construirse a base de dogma y fuerza. Una nueva izquierda en las formas, extremadamente vieja en los fondos. Una izquierda de modernidad de cine y revista que se arrogó la clarividencia elitista, siempre universitaria, de diseñar una España posmoderna que les duró un suspiro; porque comenzaron copiando las formas del clero al que decían despreciar tanto, para acabar copiando la naturaleza segregacionista del clero burgués que todos creíamos que venían a combatir. Porque no es bueno olvidar que aquí en España, como en otros muchos países occidentales, los nacionalismos nacieron y se armaron dialécticamente en seminarios eclesiásticos del siglo XIX rebosantes de vástagos segundones de la pequeña burguesía local, un clero, por cierto, de profundas raíces carlistas, o sea, nostálgicos de un modelo de España imperial, marcial y supremacista que encontraba mejor acomodo en la dinastía Habsburgo que en la dinastía Borbón.

            Actualmente, rizando el rizo de lo grotesco, esta nueva izquierda de Posverdad, pelotazo y tentetieso, conocedora del profundo aburguesamiento que la corrompe hasta los tuétanos, ha encontrado un modo muy llamativo de seguir negando cuanto somos: suplantar el catolicismo español por un islamismo buenista que no es bueno ni para los musulmanes españoles – españoles conversos al Islam –. Qué fue de aquella izquierda histórica que tenía en la razón su luz y guía, no se sabe, pero probablemente haya fenecido de vergüenza al ver cómo la actual vive del dogma, la homilía y el anatema, todas ellas cosas excluyentes, y persigue con fruición el mesianado, el corporativismo, el clientelismo y el nepotismo, tan propios de la derecha, como única vía de expresión de esa mayoría popular que dice venir a servir. Y es que España lleva más de dos décadas esperando que su Izquierda sea capaz de construir un relato nacional creíble, realista y sostenible capaz de llenar el inmenso vacío político en el que retumban, como caja de resonancia, los mantras neoliberales que nos están retrayendo a tiempos peores de los que nuestros padres quisieron salvarnos.

            Ayer mismo se supo que el Secretario General del centenario Partido Socialista Obrero Español cobra de su partido 108.000 €/año brutos, cuantía que supera en más de un 20% el salario bruto que el Presidente del Gobierno de España cobra del presupuesto público. Hablo de la misma persona que ocupó puesto estable en el mismo consejo de administración de la Bankia abisal, la que nos ha costado ya a los españoles más de 30.000 mill. € a fondo seguramente perdido; el mismo personaje que votó a favor de la congelación de las pensiones, que ahora tanto reprocha, cómodamente sentado en su escaño de rica piel castellana del Congreso de los Diputados; el mismo diputado que no puso ni un triste pero cuando su jefe de filas, en calidad de Presidente del Gobierno, pactó con la derecha la reforma del artículo.135 de la Constitución para garantizar el pago de la deuda a los grandes acreedores del Estado – por cierto, ninguno de ellos entre los damnificados del agujero de Bankia –… ¡Cosas veredes, amigo Sancho!, que protestaba el Quijote.

            Desde luego, hablar de nihilismo sólo porque es una forma intelectualmente elegante y cultivada de hablar de la traición de los españoles a nosotros mismos, a nuestros mayores y, lo que es peor, a nuestros menores, a los que les estamos dejando una España mucho peor que la que recibimos de nuestros padres, equivale a aplicar paños calientes a la eventración del harakiri nacional al que asistimos impávidos. Esto no lo arregla más elitismo. O nos remangamos y metemos las manos en la sentina social en la que malvive el pueblo metido hasta el cuello, o sólo seremos otra clase distinta de clero dogmático diciendo lo que deberíamos hacer, pero sin hacer lo que hay que hacer, luego otra forma torpe de seguir traicionándonos a nosotros mismos. Aunque, eso sí, démonos prisa porque el escenario ya está ardiendo por una esquina de la tramoya y eso quiere decir que, o nos aprestamos a apagar entre todos el fuego de la traición o dejamos que otros vengan a apagarlo con la gasolina de su tiranía de salón.

            ¡Carpe diem!

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