DECADENCIA

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11/03/18 – Opinión – Essaí

 

            Define el Diccionario de la Real Academia Española la voz DECADENCIA como: “dicho de una persona o de una cosa: acción y efecto de ir a menos, perder alguna parte de las condiciones o propiedades que constituían su fuerza, bondad, importancia o valor”… Lapidario, porque la condición real y palmaria de la vieja Europa de estas ignominiosas postrimerías de su Renacimiento no es otra que esa pura, dura, lisa y llana decadencia. La misma Europa que brindó a la Humanidad la lógica y la ética de los clásicos griegos, la misma que rindió al Hombre el derecho y la técnica de la pax romana, la misma abrió el mundo con el imperio cultural español y la misma que liberó políticamente a la Humanidad con la Revolución Francesa, hace tiempo que sacrificó en el altar de la Historia la última migaja de dignidad humana que le quedaba: la esperanza, ese “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea” y, más primariamente aún, lo que se necesita.

            Con la desesperanza ocurre lo que sucede con cualquier enfermedad de la persona, que una cosa es ser paciente de una enfermedad y otra cosa es ser un enfermo y, consecuentemente, padecer dos dolencias a cual peor: la propia enfermedad y ese estado de postración y abatimiento que es ser un enfermo, es decir, alguien abandonado a su desesperanza y, subsecuentemente, alguien que malvive socavando la calidad de vida propia y de cuantos allegados intentan atenderle en su tribulación. Y Europa, enferma de aburguesamiento finirrenacentista, decae generando la desesperanza creciente de cada vez más capas sociales y alcanzando a cada vez más generaciones de europeos. Y lo peor de cualquier proceso histórico de decadencia es que la culpa, irremisiblemente, es del sujeto que decae, nunca de los sujetos coetáneos que en su decaimiento acuden a reciclar la poca energía almacenada en los exánimes tejidos sociales del agonizante. Porque nuestra Europa es ya un perro flaco al que todo se le vuelve pulgas.

            Mientras el nacionalismo más imperialista y desestabilizador va tomando cuerpo y cobrando fuerzas a sus mismas puertas, en el Kremlin moscovita, desde la arrogancia de la fuerza bruta que procura la seguridad de contar con recursos naturales ingentes, la Europa posmoderna sólo libra batallas retóricas hueras sobre el sexo de los ángeles y el significado de las palabras; lo último, un diputado de Los Verdes, en un lander alemán, aprovechó hace muy poco la notoriedad del estrado de ponentes de su parlamento regional para iniciar su intervención en materia de violencia machista saludando los “64 géneros reconocibles en la especie humana”… Mientras tanto, en la misma frontera oriental polaca y, por consiguiente europea, de las cenizas de la extinta U.R.S.S. renace con renovadas y beligerantes fuerzas la Madre Rusia, demostrando con sus formas y con sus hechos que el imperialismo que necesita para aquilatarse no tiene mejor víctima ni más a mano que Europa, y nuestros costosos políticos europeos no encuentran mejor modo de huir hacia adelante que yendo contra la Historia, contra la Ciencia y hasta contra el más elemental sentido común. En fin, se ve que son cosas consustanciales a ese heteropatriarcado que dice el mesianismo 3.0 que ejemplifica en España la degradación ética e intelectual generalizada en toda la Izquierda europea.

            Esta Europa del Renacimiento que ha brindado al mundo su liberalismo como lo que realmente ha sido, un paradigma sociopolítico destinado a recuperar la importancia existencial de la persona individual como motor de diversidad y progreso, se ha aburguesado tan profunda y libérrimamente que ya sólo piensa y respira por la herida de un feroz neoliberalismo económico ciego a todo cuanto no sea su avaricia, auténtico anarquismo de los apuntes contables privatizados por cuatro poderosos, que sigue comprando a precio de oro a una decadente U.S.A. que ya está dando inequívocos signos de estar muriendo de éxito. Mientras tanto, adosado a la frontera suroriental de la Madre Rusia, el dragón chino despierta como un cáncer que hace décadas entró en metástasis usando su excedente poblacional para colonizar hasta el rincón más recóndito del planeta, y hace décadas que no oculta que la guerra que le va a ganar al mundo va a ser la económica, jugando al juego capitalista de lo que Aristóteles definió en su día como crematística – etimológicamente, el arte de acumular riquezas –, pero desde los objetivos y fines de un nuevo imperio que ha nacido esta misma semana, cuando el Koming-tao comunista chino dio su aplastante visto bueno (sólo dos votos negativos y tres abstenciones entre más de 3.000 oligarcas) a la reelección indefinida de Xi Jinping, a todos los efectos prácticos primer emperador de la Nueva Dinastía Comunista, esa que se asienta sobre los hombros de una aristocracia de sátrapas político-financieros entre los que se encuentran algunas de las mayores fortunas del planeta.

            La decadente Europa, pues, tiene ya mayores problemas que los populismos y nacionalismos locales que proliferan como pústulas en la cadavérica agonía de su cuerpo social; y yo no sé cual es peor, si la zarpa del oso ruso o si las fauces del dragón chino. Para colmo, basta echar un vistazo al mapamundi para comprobar que la vieja Europa sigue estando donde siempre estuvo, como diría mi hijo, “en mitad del medio”, luego objeto de deseo para todos los parias de la Tierra y todos los sátrapas del nuevo orden mundial que no tardará mucho en ser instaurado a una o más bandas. Y, sin embargo, perdido todo indicio de razón y entregado indolentemente nuestro futuro a una conjura de necios de cuello blanco, posponemos irresponsablemente cualquier solución europea absolutamente convencidos de que vivimos en una fortaleza jurídica y económica inexpugnable, una alcazaba en la que lo más que podemos temer es que algunos renieguen del conjunto y pasen a la intemperie de este decadente jardín del edén donde tan alto y diáfano suena el “Himno de la Alegría”. A eso estamos reduciendo nuestra existencia, a una costosa escenificación del complejo de Peter Pan.

            Decían mis mayores que no hay potencia en este mundo mayor que la voluntad humana, pero también me enseñaron que la desesperanza es la única prisión capaz de contenerla sin necesidad de vigilantes ni barrotes. Y, sin lugar a dudas, hasta este deprimente estado hemos llegado por el galopante aburguesamiento de una Izquierda europea que hace mucho que perdió el norte y juega a salir victoriosa en la contienda neoliberal de Occidente jugando en campo contrario, con balón contrario, con normas de juego contrarias y con el equipo arbitral declaradamente contrario. A la derecha, a la reacción, a las fuerzas regresivas de este mundo, únicamente se las vence con un relato social y económico de nuestra existencia riguroso, actualizado y rendido al sentido común, es decir, con una idea de España y Europa capaz de movilizar la voluntad ciudadana trazando un horizonte de esperanza más atractivo cuanto mayor sea el reto; pero, contrariamente, acudiendo reiteradamente al ciudadano como mero consumidor, lo único que estamos comprobando que se obtiene es una ciudadanía acrítica que no tiene esperanzas en España y que, por ende, carece de la menor fe en Europa. Nadie ama a su verdugo como nadie cree en fantasmas.

            Yo echo en falta regresar a aquel punto crítico de 1976 en que nuestra modernidad se cifró en dar por finiquitado, por cuanto que inútil y contraproducente, el mundo de nuestros mayores, el mundo de unos niños de la guerra que, pese a su analfabetismo galopante, tanto estricto como funcional, conformaban una sociedad cohesionada en base a una serie de valores personales y colectivos ancestrales que permitieron sacar a España de las cavernas de la Historia; unos valores que el nacionalcatolicismo franquista quiso apropiarse como suyos, lo mismo que más tarde la progresía democrática los desahució de nuestra convivencia social acusándolos de patrimonio franquista, pero que eran valores éticos inmemoriales que se vivían en el seno de la familia y se legaban de padres a hijos como el mayor de todos los tesoros. Y de todas las alhajas de aquella herencia renunciada, la más preciada era ese sentido común que exhibían nuestros mayores en todas las tomas de decisiones de sus humildes vidas, aquel sentido común que les llevó a ser los artífices de la “revolución del arado”, sacrificando hasta su salud para comprarnos una esperanza de futuro tangible, realista y defendible con la que construir un mundo mejor para sus nietos, esos mismos que hoy por hoy tienen menos futuro que un submarino patrullando debajo de una gotera.

            Podrá parecer arrogante, no lo discuto, pero soy de los “locos” que piensan que una sociedad no se pondrá en pie hasta que alguien lo haga predicando con el ejemplo y, lo mismo que la insignificancia de una piedra al caer en un estanque desata una turbulencia centrífuga que no tarda en hacer olvidar la autoría singular de su perturbación, los pocos ciudadanos libres que quedemos en Europa tendremos que alzarnos de nuevo, sin más armas que nuestra razón ni más coraza que nuestro convencimiento, para hacer posible que 500 millones de personas recobren la esperanza tras recobrar la fe en ellas mismas; porque, de lo contrario, Europa seguirá siendo este ser decrépito cada año más harapiento, delgado y achacoso, que corroído inmisericordemente por las pústulas del aldeanismo étnico y los parásitos del populismo escatológico, no tardará en tumbarse a la sombra de un ciprés en espera de un amo que la rescate o, en su defecto, de una muerte dolorosa, lenta e inevitable, tristemente anónima en un revuelto río geopolítico con generaciones enteras de chinos y rusos deliberadamente educados para una horizonte bélico inminente, pues sus tiranías dependen de una externalización de los costes políticos de su arbitrario poder que, como desde hace milenios, no encontrará mejor desahogo que la determinación de un enemigo exterior culpable de todos sus males… ¿Estamos preparados?

            ¡Carpe diem!

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