ABURGUESAMIENTO

IMGP5025
11/03/18 – Opinión – Essaí

 

            Dice nuestro diccionario oficial que aburguesamiento es la acción y el efecto de aburguesarse, es decir, “adquirir cualidades de burgués”, o sea, ser “persona que tiende a la estabilidad económica y social”, entendiendo por burgués, en la más amable de sus acepciones, “ciudadano de la clase media y acomodada”, con lo cual, a mí sólo me queda que preguntarme cuan de aburguesado debe estar el responsable de todo este complicado circunloquio que tan poco resuelve a cualquier hispanohablante. Por tanto, me veo impelido a consultar en la misma fuente el vocablo burguesía y a ordenar cronológicamente las dos explicaciones que me ofrece, a saber: primero, “en la Edad Media, clase social formada especialmente por comerciantes, artesanos libres y personas que no estaban sometidas a los señores feudales”; y después, “grupo social constituido por personas de la clase media acomodada”. Y por último, el mismo pozo de sabiduría reconoce una pequeña burguesía que es la “clase social intermedia entre burguesía y proletariado”, con lo que parece dibujarnos esa interminable gama de grises que tanto apasiona a los que viven de no tomar nunca un partido bien definido.

            Pues bien, para constituir una clase social hacen falta intereses y hechos diferenciales que, sin duda, nos introducen de soslayo la primera definición de burguesía. Tras la caída de Roma, la Edad Media no es más que el sanguinolento sepulcro histórico de un mundo antiguo que ya no regresaría jamás. Hablo de diez siglos de tiniebla humana en la que había señores feudales, dueños de la tierra, siervos, esclavos de la tierra de su señor, y “profesionales liberales” que encontraban en su pericia y su conocimiento singular el hecho diferencial que les permitía ser libres de todo vasallaje, excepto de la obediencia debida a un clero aristocrático y guerrero que no tardaría en comprender que el nuevo mundo por nacer iba a conocer un poder mucho mayor que la fuerza de las armas: el caballero don dinero. Consecuentemente, la burguesía original fue aquella clase aparte de mercaderes, profesionales especialistas y prestamistas con una solidaridad de clase muy cohesiva: la acumulación de riquezas, símbolo de prestigio social y fuerza de creciente influencia política.

            Cuando el Renacimiento viene al mundo con el heliocentrismo copernicano cabalgando sobre el antropocentrismo que iba a posibilitar la invención de la imprenta tipográfica, los siglos de guerras religiosas y nacionalistas en Europa acabarían aquilatando a la burguesía como lo que realmente soñaba ser: la aristocracia del dinero y las finanzas, luego la clase pudiente del nuevo orden mundial que hemos heredado de la II Guerra Mundial. Consecuentemente, no hemos cambiado de régimen aristocrático, sino de fuente de poder de la aristocracia que rige nuestro destino como personas, es decir, hemos pasado de la fuerza de las armas por la gracia de Dios a la fuerza del dinero por la gracia de los mercados; pero el hecho sustancial sigue siendo el mismo que antaño, el elitismo, esa “actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común” que tan melifluamente define nuestro diccionario oficial, el mismo que nos asegura que: élite es la “minoría selecta y rectora” e –ismo es “sufijo que forma sustantivos que suelen significar ‘doctrina’, ‘sistema’, ‘escuela’ o ‘movimiento’”, lo que ya me aclara bastante más las cosas: el elitismo es la doctrina y sistema de la minoría selecta y rectora, otrora, los poderosos e influyentes.

            Durante estos siglos de Renacimiento del Hombre, en los que hemos vivido una vorágine de ensalzamiento de la individualidad suicidamente tendente a abolir por decreto la naturaleza social humana, nuestra burguesía ha encontrado un nexo de unión mucho más denso y férreo que los derechos de sangre que cohesionaba a la aristocracia antigua: el elitismo, o sea, una profundamente egoísta doctrina del poder y la influencia que, tras la Revolución Francesa y la ruina definitiva de la decadente aristocracia europea, ha acabado constituyéndose en sistema sociopolítico en el que debe de imperar una minoría selecta y rectora. Y tal está siendo la fuerza de dicho sistema visceralmente egoísta y xenófobo que, meritología aparte, este inicio de milenio está siendo el del regreso al zarismo que personaliza Vladimir Putin, el imperialismo yanqui de Donald Trump y el nuevo imperio chino de Xi Jim Ping. Ahora, el campo de batalla no son el honor y la gloria que te ofrecían la fuerza de las armas sobre la desdicha de multitudes esclavas de la tierra que les vio nacer y que otros poseían a capricho y heredaban con desparpajo por dudoso designio divino, heredad de la sangre, sino el éxito y la preeminencia que te ofrecen abultadas cuentas corrientes sobre las vicisitudes de legiones de estómagos en permanente búsqueda de satisfacción personal, familiar y colectiva, de necesidades crecientemente creadas para mayor ensalzamiento de la élite y debilitamiento de la plebe.

            Lo dije en otra ocasión y lo reitero: “Jesús de Nazaret es al catolicismo lo que el capital es al capitalismo”. Síntoma de que el nuevo paradigma humano en ciernes aún debe desprenderse de atavismos del pasado es, precisamente, su necesidad de contar con una religión inefable e infalible que aquiete los ánimos y adormezca las conciencias; y no otra cosa ha sido el capitalismo con su escalada tecnológica permanente y la gestación de una nutrida pequeña burguesía profesional que contribuyó a hacernos creer que esa cada vez más poblada clase media que propició el estado de bienestar de posguerra iba a durar eternamente. Sin embargo, estos aciagos días asistimos atónitos a cómo el precariado europeo, cada mes más desprovisto de derechos por mor de la inevitabilidad de lo económicamente dispuesto por los mercados, hace una década que comenzó un lento, doloroso e inexorable deslizamiento por la embarrada pendiente de nuestro pasado reciente hacia el fondo abisal del proletariado del que salió, con sangre, sudor y lágrimas, contra la ferocidad mercantilista de la Revolución Industrial. Y nunca segundas partes fueron mejores.

            Ahora bien, de todo el aburguesamiento europeo actual, el peor, el más vil, el más ruin, el aburguesamiento de unas fuerzas políticas de izquierdas que han sacrificado la identidad de la Izquierda en el altar de ofrendas del capitalismo rampante. Esa izquierda traidora a sí misma, neoderecha desprovista de relato y, por tanto, necesitada de continuas ocurrencias, malvive agónicamente como maquinaria electoral que va perdiendo fuelle conforme se va reduciendo el acceso de su feligresía al presupuesto público. Y echo de menos hombres valientes, mujeres y varones, capaces de sacudirse la contaminación burguesa y reconstruir un relato social, político y económico, de izquierdas, para el siglo XXI, pero desde los fundamentos políticos y jurídicos que aquella izquierda histórica y revolucionaria acuñó para redención individual y colectiva de la Sociedad humana.

            Los echo de menos, y no me resigno a negarme a ser uno de ellos.

            ¡Carpe diem!

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