LENGUA

 

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18/02/18 – Opinión – Pedro José Navarrete (Essaí)

 

            Cuenta el Diccionario Oficial de la Real Academia Española, en adelante DRAE, que LENGUA es todo “sistema de comunicación verbal propio de una comunidad humana y que cuenta generalmente con escritura” y, más técnicamente, “sistema lingüístico considerado en su estructura”, por tanto, nada inherente a la persona, sino una propiedad accidental de cada partición social del Hombre – no hablaremos senso lato a nivel natural para no dispersarnos demasiado –. Asimismo, abundando indirectamente en su conceptualización lingüística, el propio DRAE asegura que IDIOMA es la “lengua de un pueblo o nación, o común a varios” lo que ya nos introduce un sesgo político que, no ocultando la naturaleza de herramienta comunicativa social fundamental a toda lengua, sí que la intenta acotar territorial, cultural y étnicamente en un tangencial sesgo histórico que no compete a la Real Academia calibrar, al menos como institución cultural de un Estado de Derecho.

            El problema de nuestra Real Academia es el mismo que el de nuestra Universidad: se siente mucho más cómoda con la sistematización de hitos que con los procesos, lo cual queda peligrosamente anacrónico en un mundo global en que desde Europa se está promoviendo ya la Economía Cíclica o, lo que es lo mismo, la renaturalización del Hombre por la vía que actualmente prima en la humanidad: la Economía. Desde este nuevo punto de vista, pues, podríamos establecer un perfecto paralelismo político entre los términos pueblo y lengua y entre los términos nación e idioma, es decir: el primer binomio nos habla de la condición comunicativa de una partición humana cualquiera por el simple hecho de su expresión oral y escrita habitual; sin embargo, el segundo binomio nos habla ya más políticamente de un pueblo soberano caracterizado, entre otras cuestiones históricas, por una misma herramienta de comunicación construida como un proceso evolutivo más del propio devenir de la sociedad y legalmente oficializada por una Constitución democrática. Por tanto, desde el 6 de Diciembre de 1978, el ESPAÑOL es el idioma de la NACIÓN española por refrendo SOBERANO del propio pueblo español.

            Ahora bien, este hito político singular, no puede ocultarnos el largo proceso previo. Cuando en el siglo III a. C. las tropas romanas cruzan el Río Ródano, en la Costa Azul francesa, sus geógrafos comienzan a sistematizar una realidad cultural distinta que cristaliza hacia el sur de Los Pirineos nombrando al gran valle nororiental peninsular según la realidad sociopolítica general de la Península: Ebro, es decir, Ibero. Y es de esperar que todos aquellos pueblos iberos tan consanguíneos como políticamente rivales, como siempre, dependiendo de los anhelos de poder de sus élites, conformasen un conglomerado dialectal de una lengua muerta, hablada y escrita, de la que se conservan numerosas contribuciones toponímicas desde la Bahía de Almería hasta los propios Pirineos. Y todo apunta que de aquellos dialectos perdidos el vascón fue relictualmente conservado en el Pirineo Occidental como poco más de 200 palabras de ámbito montano y algunas estructuras gramaticales que le otorgaban cierta coherencia lingüística, porque lo que hoy entendemos como EUSKERA, con perdón, es la reconstrucción lingüística que el aldeanismo vasco ha hecho con el vascón y el vasco – el español de las vascongadas – para dotarse de una muralla étnica que, visto lo visto, a ellos se le ha quedado en simple empalizada. Son varios los millones de vascos en España, sin embargo, apenas el 20% de ellos son euskaldunes – habladores del euskera – después de casi cuarenta años de ikastolas y aldeanismo lingüístico.

            Cuando Roma comprendió que la vieja Iberia era indomable, se unió a ella por la parte del león: se mestizó con su aristocracia guerrera hasta punto tal que la Hispania jenízara derivada alumbró a Roma tres emperadores y a Séneca, instructor de emperadores. La realidad lingüística española pasó a ser triple por primera vez en nuestra historia: latina culta, en las altas magistraturas políticas peninsulares; latina vulgar, en el ejército, base principal del mestizaje hispanorromano social (tanto por licencia legionaria con condición de colono como por carrera aristocrática ibera hacia la ciudadanía romana que garantizaba sus intereses elitistas); y el romance, esa compleja realidad lingüística popular emanada del sustrato dialectal prerromano por impregnación semita y helenística y aglutinación latina… Y cuando en el siglo VIII al-Ándalus fue ya una realidad política y militar, el complejo hecho romance reedita la colonización romana en tono semítico: árabe culto, para las inalcanzables altas magistraturas del Estado; árabe vulgar, para la milicia y el estamento religioso musulmán que en ella se amparaba; y el mozárabe (literalmente, cristiano bajo administración musulmana), o compleja evolución romance bajo estrecha influencia tanto del árabe vulgar como del hebreo sefardí, el ladino, reforzado por la preeminencia económica alcanzada por los hebreos en tiempos islámicos, sobre todo durante los 250 años de la Andalucía nazarí.

            Precisamente el Valle del Ebro, constituido en marca hispánica franca desde el siglo IX hasta la firma del Tratado de Corbeil (1258) entre la Corona de Aragón y el Trono Franco, posibilitó que el dialecto romance Provenzal pirenaico cohabitase establemente con el mozárabe nororiental hasta derivar en lo que los antiguos llamaron llemousí, o lemosín, y que se ha conservado como dialecto local en las demarcaciones pirenaicas de Huesca, Lérida y Gerona como un hecho lingüístico crecientemente influenciado por el español. Al menos hasta que la pequeña burguesía aldeanista catalana, con el clero doméstico a su cabeza, lo rebautizó como català y lo asoció sentimentalmente a Cataluña en espera de que la inmersión lingüística pujolista iniciada en 1990 lo constituyera en muralla visceral tras la que resguardar y acrecentar la hegemonía política de sus élites provincianas. Porque no es bueno olvidar que en la década de 1980, únicamente el 15% de los catalanes sabían “parlar llemousí”, muy principalmente en Lérida y Gerona; como tampoco es bueno olvidar que su nada desdeñable tradición escrita obedece a su condición elitista, aristocrática primero y burguesa después, que no pudo disfrutar el vascón, hoy euskera, porque precisamente las élites vascas se constituyeron en “la Espada de Castilla” desde el mismo instante y fecha del nacimiento del reino castellano a medio camino de Santander, Vizcaya y Álava, allá por el siglo X.

            Así las cosas, imputar al castellano intenciones imperialistas sólo porque el rey Alfonso X encargase al clero burgalés la primera norma castellana, al verse tan capaz de entenderse con todos sus súbditos castellanos en el campo batalla, del Mar Cantábrico hasta Sierra Morena, como incapaz de encontrar congruencia alguna en los despachos administrativos de sus reinos y señoríos, es un hecho interesado que sólo pone de manifiesto las carencias de una intelectualidad española que no acaba de encontrar todavía su lugar en el mundo. De cualquier modo, la contrastable asunción del vernáculo castellano como norma lingüística por un pueblo mayormente harapiento y analfabeto, sólo pudo ser posible gracias a que el sustrato lingüístico popular preexistente era común; es más, la actual realidad del ESPAÑOL peninsular como conglomerado de hablas y dialectos españoles, regionales y comarcales, no viene más que a reforzar mi tesis. O sea, que el vasco es el español de las vascongadas como el catalán es el español de Cataluña y el gallego es el español de Galicia, pues el euskera, el lemosín y el galego no son más que herramientas de comunicación caídas en desgracia por su propia cortedad de alcance comunicativo antes de que determinadas élites regionales del siglo XIX los comenzasen a utilizar como seña de identidad étnica de pueblos oprimidos por un hecho imperialista del que, contradictoriamente, aquellas mismas élites se sirvieron con fruición, en beneficio propio, durante siglos de negocio de sangre, sudor y lágrimas ajenas.

            La única lengua que fue borrada del recuerdo de los vivos por la fuerza de la Santa Inquisición fue, precisamente, el mozárabe final, lengua hablada y escrita que duerme el sueño de los justos en los fondos documentales de la Escuela de Traductores de Toledo y al que llamo lengua por tres restricciones históricas impuestas por los 250 años de historia de la Andalucía nazarí: primera, cobró rango diplomático y económico gracias al zagre – la frontera –, que es precisamente lo que buscan en la actualidad los aldeanismos periféricos; segunda, su aislamiento social de los demás mozárabes que fueron progresivamente transitando hacia lo que hoy día reconocemos como español; y tercera, los helches – renegados –, ese constante goteo mozárabe de Castilla a Andalucía en busca de un refugio cultural llamado a extinguirse. Y por si nos faltaba algo, la voraz apertura de nuestras élites imperiales hacia América, África y Asia acabó condicionando la rica diversidad lingüística de una lengua que únicamente es idioma en España, nación de la que toma nombre pero a la que trasciende, jenízaramente, con la asunción de innumerables neologismos indígenas de otras latitudes y que lo convierten en patrimonio de la Humanidad por la vía de los hechos consumados, es decir, del uso, el abuso y la fusión con realidades lingüísticas locales que encontraron en el español el puente hacia el resto del mundo que sus élites políticas domésticas necesitaban para poder medrar. Condición de puente cultural, por cierto, que está haciendo posible que el español crezca con más vigor en U.S.A., China y Rusia de lo que puede hacerlo demográficamente en su ámbito territorial poscolonial. Y es que la comunicación es poder, se mire como se mire; de ahí el tremendo poder de la Matemática, en la praxis, el idioma universal de la Ciencia humana.

            De todos modos, del 6 de Diciembre de 1978 a esta parte, toda manifestación lingüística de ámbito territorial español es patrimonio nacional y, consecuentemente, más allá de comportar un derecho para unos u otros conciudadanos nuestro, presupone la insoslayable obligación estatal de preservarla y, consecuentemente, fomentar el libre uso que da esplendor a toda lengua; ahora bien, eso no obsta para que la única lengua oficial del Estado que dota de persona jurídica a nuestra Nación sea la lengua común, el español, luego de obligado uso sistemático en todos los ámbitos territoriales y jurisdiccionales del mismo, sin excepción posible. No se trata de defender al español, que no al castellano, del furibundo acoso y derribo sometido en Cataluña, sino de cumplir y hacer cumplir la ley; y si esta no es coherente con la realidad histórica y social de la Nación, cambiarla; pero, claro, eso tal vez ocurra a partir de que los españoles metamos en cintura a esta aristoburocracia política – aristocracia de burócratas de partido – que sólo están para aquello que es consustancial a la aristocracia: acrecentar y preservar los privilegios de su poder a toda costa.

            ¡Carpe diem!

 

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