¡MÁRCHENSE!

Essaí: 10 de Octubre de 2017.

 

Desde el pasado primero de Octubre, a esta parte, la sociedad española ha asistido estupefacta a la crisis definitiva de la Izquierda, maravillada por las lecciones de autoridad política que personajes como Alfonso Guerra (PSOE), Josep Borrell (PSOE) o Francisco Frutos (PCE) han impartido a unas organizaciones aburguesadas, oportunistas y veletas que, cada una con su sectarismo electoral bien asido por el mango, no paran de darle de sartenazos en la frente a la misma Constitución de la que Julio Anguita (PCE), en sus último años de actividad parlamentaria, aseguraba que “la mejor reforma que se le puede hacer es cumplirla íntegramente”. Eso sí, estamos hablando de personajes cultivados y comprometidos que, para bien o para mal, jugaron un papel decisivo en la modernización de nuestra Nación.

Ya llevaban semanas, dichas viejas glorias, usando platós de televisión y emisoras de radio para decir alto y claro, a quienes lo quisiéramos escuchar, que lo que se iba a desencadenar el 1 de Octubre era un imperdonable atentado contra el pueblo soberano y, sin embargo, en la primera manifestación masiva barcelonesa en defensa de la Constitución y la unidad de España, salvo socialistas y comunistas de bien, todos a título personal y sin identificar, y la delegación oficial de un incombustible UPYD al que los dueños del sistema quisieron ajusticiar, ni un solo representante de la izquierda oficial hizo acto de presencia en la Plaza Urquinaona. Para eso ya estaba Borrell, aquel que fue laminado – como antes lo fue Guerra –, por atreverse a poner en marcha en 1998 un movimiento de regeneración y oxigenación del hegemónico PSOE que, necesariamente, pasaba por dinamitar el cáncer clientelar y nepotista que gangrenaba al Partido. Y eso explica perfectamente lo que ha ocurrido en este país desde principios de siglo a esta parte.

Muchas cosas criticables en el régimen felipista, desde luego, pero ninguna tendente a trastornar una Constitución socialdemócrata que habían respetado hasta los viejos comunistas del exilio. Muchas más cosas criticables en el aznarismo, por supuesto, pero ninguna de ellas su ardor obsesivo por presentar a España como una unidad pujante, fiable y competitiva en el concierto internacional. Y por ambas razones, errores de fondo aparte, los esfuerzos exteriores, principalmente europeos, por refrenar la pujanza política de una vieja nación que, con mucho menos, había llegado a conquistar y gestionar el imperio más grande jamás conocido y, para colmo, descendiendo hasta la imperdonable colonización política, religiosa, económica, cultural y  consanguínea que ningún otro imperio europeo quiso ni supo alcanzar. Sin embargo, ahora lo que viste y gana votos es, precisamente, llevar al paroxismo la taifalización de España para no se sabe muy bien qué más allá de arañarle un puñado de votos al enemigo de la trinchera de enfrente.

De la descomposición ideológica del PSOE, incapaz de completar su reconversión en un genuino partido socialdemócrata al estilo alemán y a causa de los desmanes sangrientos del nacionalismo vasco, surgió en 2007 UPYD como herramienta política de representación política promovida por una intelectualidad española que ya veía venir el desastre. Una intelectualidad hispana, variada en ocupación y edad, que marcó el rumbo de una restructuración ideológica de la Izquierda levantando las banderas de Nación, unidad, libertad, igualdad y fraternidad que el aburguesamiento socialista hacía tiempo que había tirado al fango del campo de batalla político, pues las contemplaba como un lastre, un anacronismo, un freno para sus ansias de poder. Y su único error, nada malintencionado, fue diseñar un partido “transversal” a sabiendas de que lo único transversal de la Humanidad es, precisamente, la Sociedad, dónde sí que caben todas las causas y todas las justificaciones, por peregrinas que sean.

Llegado lo peor de la crisis en 2010, con un PSOE modificando la Constitución de espaldas a la Nación – esa “palabrota” que la Izquierda acuñó en el s. XVIII como sinónimo de pueblo soberano –, y una derecha económico-financiera engallada de impunidad – el P-P-SOE ya se estaban encargando de que los españoles remendásemos los agujeros de los bolsillos de sus élites –, el pequeño partido magenta se atrevió a plantar batalla al viciado sistema llevando al Congreso de los Diputados una arrolladora actividad política dedicada a enfrentar a los partidos clásicos a sus propias contradicciones y miserias; pero el incómodo partido “transverso” tenía algo bueno para la partitocracia: primero, su única diputada era fácil de anular en el hemiciclo votándole sistemáticamente en contra; y segundo, su molesta actividad pública y en los medios de comunicación contribuía a dotar de credibilidad a un sistema político corrompido hasta el corazón.

Así llegó 2011 con la explosión social espontánea de una Nación con su clase media dinamitada por los excesos de políticos y grandes empresarios, y el pequeño partido magenta volvió a quedarse solo en las Cortes defendiendo, esta vez, la legitimidad de la explosión callejera de indignación de una Nación inocente de todos sus males, excepto de su indolente desentendimiento de la política hasta entonces. Días después, como ha ocurrido con la segunda manifestación masiva convocada en Barcelona por Sociedad Civil Catalana, la misma izquierda oficial que se reía cuando otros tachaban de perroflautas y desocupados a los manifestantes concentrados en nuestras plazas, se sumaba a la solemne letanía del pueblo siempre lleva razón. Eran demasiados votos irritados y con demasiada determinación. Y tal fue así que hubo quien en un recuento preliminar de plausibles votos, se asomó al púlpito de su ventana universitaria y se autoconcedió el privilegio de una nueva religión de pobres presta a llegar a la política española con la misma actitud constructiva de un elefante de excursión por una cacharrería. Y su primera víctima, el propio Movimiento 15M.

Y como siempre en la historia moderna, cuando la supuesta izquierda da un campanazo social, la verdadera derecha, la económica, acude con artillería pesada. Hay que inventar un Podemos de derechas, dijo el presidente del Banco Sabadell y lo más granado de nuestra élite hispana se puso a rebuscar el candidato más idóneo, es decir, un partido estrictamente catalán e inequívocamente equidistante de todo que llevaba años sesteando en los escaños del Parlamento de Cataluña. Contra la mercadotecnia retro, falsamente jacobina y descaradamente escatológica del problema morado, la cataplasma de mercadotecnia new age, profundamente oportunista y fotogénicamente guapa de la píldora naranja. Únicamente faltaba la ocasión para administrarla adecuadamente, y esa llegó en cuanto el pequeño partido magenta, que tan molesto y necesario resultaba, tuvo la osadía de llevar a los tribunales a lo más granado de nuestro podrido sistema. Y no es una queja, pues si consiguieron hacernos la casa unos zorros fue porque había fisuras de cimentación que invitaban a introducir cuñas y golpear con fuerza hasta el derrumbe: cuñas mediáticas (silencio informativo) y cuñas partitocráticas (el famoso cascanueces del P-P-SOE) para un pesado mazo presupuestario de golpeo incesante. Los magentas ya no éramos molestos, sino peligrosos, máxime cuando en 2015 nos atrevimos a acusar de sedición al núcleo duro del gobierno y el parlamento catalanes, tan aritméticamente necesarios para la tranquilidad gubernativa de los inquilinos de La Moncloa.

Imperdonable era que se pudiera ir judicialmente contra facinerosos de guante blanco que estaban llamados a ser los grandes gestores del colapso económico de nuestra clase media, o doma de todo un pueblo a través de ese estómago plastificado que es la cuenta corriente, cuando hasta el propio franquismo comprendió en su etapa final que una amplia clase media es el futuro de cualquier país moderno; pero defender la unidad de España y la inviolabilidad de la Constitución era sinónimo de romper con la base del poder político nacional de los dos grandes partidos, aquellos que siempre imperaban con absoluta comodidad gracias al oportunismo político nacionalista. Total, si el credo nacionalista se resume en crecer en poder para romper la Nación que aborrece enfermizamente, lo mismo da cobijarse a la sombra de un árbol pintado de rojo que a la de otro pintado de azul. Y en esta dinámica de empoderamiento aldeano, como siempre desde su nacimiento, continúa estorbando este molesto UPYD que, resistiéndose a morir: estorba al nostálgico neofeudalismo federal del PSOE; estorba a la arbitraria supremacía burguesa del PP; estorba al ideal disgregadoramente individualista y neoliberal de Ciudadanos; y estorba al furibundo divide y vencerás tardocomunista de Podemos. Pero aquí seguimos: estorbando deliberadamente a todos los estorbos de España.

Porque en esta misma fecha que escribo: Ciudadanos baila feliz y contento de haber obtenido las elecciones autonómicas que tanto mendigaba durante el proceso de sedición catalán por entregas; PSOE sigue justificando su exigencia de que TV3, ese órgano de propaganda del VReich catalán, continúe siendo el instrumento de intoxicación social que venía siendo; Podemos está ocupado, un ratito nada más, intentando taponar las hemorragias que le ha producido su apoyo incondicional a los separatistas y, peor aún, el rictus de constitucionalidad que su sumo sacerdote ha colocado, contra natura y hemeroteca, durante el proceso sedicioso para despistar al personal; y el PP, fiel a su credo de derechas de cuanto peor, mucho mejor, ha permitido que cinco cargos autonómicos catalanes, formalmente acusados de rebelión, escapen a otro país riéndose, una vez más, de nuestro maltrecho poder judicial. Y por si fuera poco, los cuatros jinetes del apocalipsis, al alimón, han decidido que tres partidos políticos activamente sediciosos y rebeldes puedan volver a presentarse a las próximas elecciones autonómicas del 21 de Diciembre, solsticio de invierno y, por tanto, la noche más larga del año.

Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?… España no necesita una reforma constitucional, ni otros partidos políticos, ni otro modelo socioeconómico, que pudiera ser; España lo que necesita imperiosamente es otra categoría de políticos, a ser posible antes de que la Nación se quite de sus ojos la última de las vendas y donde otros pusieron guillotinas aquí se pongan garrotes… Mejor, márchense todos y dejen sus puestos y nuestros dineros expeditos para uso más noble por políticos más leales; ¡pero márchense, malditos!

Mientras tanto, con nuestros desajustes, nuestras limitaciones y nuestros poderosos enemigos, los de UPYD continuaremos firmes, irreductibles, en defensa de la ley, la razón y la ética en la política, ese servicio público de primer nivel que no debe obedecer a otra cosa que a su naturaleza: el arte de la convivencia, la cual no es bueno confundir con cohabitación a cualquier precio.

¡Carpe diem!

 

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