Autoridad

 

22/10/17 – Opinión – Essaí (Pedro José Navarrete). 

 

            La acepción semántica más completa que el DRAE expende a propósito de la palabra autoridad, dice lo siguiente: “prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia”, que no es otra cosa que esperado del Gobierno de la Nación en este penoso trance, del golpe de Estado catalán, que lleva camino de convertirse en todo un culebrón televisivo; porque, la verdad, del pasado primero de Octubre a esta parte únicamente han obrado con autoridad el Juzgado Nº-13 de Barcelona, previa denuncia por parte del partido político VOX, y ahora la Audiencia Nacional, previa denuncia de un particular. Por eso, a los que aducen que el gobierno está midiendo muy bien los plazos y pasos de sus obligaciones institucionales al respecto, les contesto que eso es así porque lo hacen todo como buen cubero: midiéndolo a ojo y desde lejos.

            Sonroja pensar por un momento la respuesta institucional que la República de Francia, sospechosa de todo menos de antidemocrática y novel, habría dado a los catalanes de estar aún las marcas hispánicas del Sur en territorio galo; pero de eso se libran gracias a la firma en 1258 del Tratado de Corbeil, cuando la Corona de Aragón y el Trono Franco se repartieron las marcas hispánicas y fijaron definitivamente – no sin seculares litigios – la frontera pirenaica donde la conocemos. Por supuesto, ni se me ocurre imaginar lo que habría ocurrido si una turba vociferante hubiera bloqueado y pisoteado una caravana de vehículos del FBI, todos con sus dotaciones policiales dentro y reglamentariamente armadas con munición de guerra; de hecho, eso no se le ocurre ni al más frenopático de los manifestantes estadounidenses, porque saben que la munición de guerra es allí argumento de autoridad indiscutible.

            Ahora bien: Spain is diferent!. Desde que en 2012 el catalanismo del ínclito descendiente de negreros Artur Mas calentase motores, para que poco más tarde pisase el acelerador a fondo el nada honorable Jordi Pujol, al grito arrogante y desafiante de que “cuento con información que haría caer al Estado español”, nuestras élites políticas vagan taciturnas y afligidas por los montes de la retórica del Poder; y cuando dicen algo al respecto, mayormente es según una huida personal hacia adelante que todo lo embarra más en el de por sí espeso fango de la confusión política nacional. ¿Tendrá eso algo que ver con que el aspirante a la Moncloa sea el sucesor del responsable de una reforma del estatuto de autonomía catalán enfocada hacia el Olimpo taifal de los fueros vascos? ¿Tendrá también algo que ver con que en la Moncloa resida el que es presidente y fuera secretario general de un partido político investigado por corrupción a título de persona jurídica? ¿Vendrá todo ello a colación del espeso silencio nacional en torno a las grandes causas judiciales de corrupción, como Gürtel, EREs y Pujol?

            No sabemos la respuesta exacta y, conociendo a nuestras élites políticas, lo más probable es que no la conozcamos nunca; pero eso no obsta para que contemos con datos objetivos sobrados para afirmar que ni el Gobierno de España ni la oposición principal cuentan con autoridad para seguir arrogándose la potestad de ser solución sin antes solucionarse ellos como parte fundamental del problema patrio, este chusco fenómeno que quedó sociológicamente acuñado en nuestra Universidad como “franquismo sociológico”, o una forma corrupta, arbitraria e insolente de administrar la cosa pública para enriquecimiento y empoderamiento de sus subalternos, parientes, pescavotos y amiguetes varios. En verdad, los únicos que han demostrado autoridad en este chusco acontecer son, precisamente, los separatistas, que la han ejercido acorde a la primera acepción semántica que el DRAE otorga al término: “poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho”, porque sin duda la han ejercido, por pelotas y pasando insolentemente por encima del mismísimo Tribunal Constitucional al que suelen acudir hipócritamente, en busca de amparo, cada vez que les interesa.

            Hay quien habla rotundamente de que la abdicación de Juan Carlos I en Felipe VI es el hito temporal de la II Transición española, pero, llamadme pesimista, yo lo veo como un síntoma más de la decadencia española hacia un nuevo estado taifal travestido de moderno y progresista; porque, sin entrar a valorar pormenores poco edificantes de nuestra Historia – muy lejos, por cierto, de los fondos y maneras de los impulsores y gestores de nuestra leyenda negra -, España pudo crear y sostener el imperio más grande jamás conocido por dos razones de enorme calado: primera, el profundo mestizaje de nuestro pueblo, acreedor de todos las virtudes y miserias del civilizador Mediterráneo y, por tanto, ingenioso y adaptable como ninguno otro jamás conocido en la historia de la Humanidad; y segunda, la creación del Estado moderno unitario con la unificación política, religiosa y militar de los Reyes Católicos y la consolidación jurídica y económica de Carlos I – lástima que la cerril megalomanía de Felipe II impidiese la unificación definitiva de Iberia –. Sin embargo, desde 1975 a esta parte, la mal llamada izquierda española ha roto todas y cada una de las banderas ideológicas de la Izquierda a golpes con esa doble realidad nacional noble e indómita. Y yo, como recalcitrante español de izquierdas, me rebelo contra tanta infamia.

            Desde el punto de vista jurídico, político y social, no reconozco más España que la emanada del referéndum del 15 de Junio de 1977 y sancionada en la Constitución Española de 1978, igualmente aprobada aplastantemente en referéndum por un pueblo soberano que llevaba cinco siglos evolucionando como Estado unitario. Pretender para la España actual, pues, un marco federal simétrico, al estilo alemán, o asimétrico y por tanto discriminatorio, como propone el decadente PSOE, sería el segundo paso activo para descomponer definitivamente a la Nación, pues el primero ya han sido estas autonomías mendaces que han convertido a nuestra sociedad en una torre de babel. Podría entender que el Reino Unido de la Gran Bretaña, andando el tiempo, se dotase de una constitución federal que acabase unificándolo política y jurídicamente como una Nación moderna, pues eso mismo es lo que hicieron esas cincuenta colonias suyas de ultramar que hoy llamamos los Estados Unidos de América; y hasta me parece deseable una supranación europea fundada sobre la base de una equilibrada Constitución federal, simétrica, que unifique política y jurídicamente este conglomerado de naciones independientes disimilares entre sí. Pero en la vieja Iberia yo no admito más experimento que la unificación democrática, luego en derecho, de la España y el Portugal que Austrias y Braganzas condenaron a languidecer espalda contra espalda por los siglos de los siglos.

            En ese contexto, reformar la Constitución se antoja necesario, pero no para ahondar la brecha abisal que los aldeanismos periféricos han abierto en la sociedad española al amparo del imperdonable reconocimiento constitucional de comunidades históricas y nacionalidades allí donde sólo hay regiones; porque en verdad, España no cuenta con más comunidades históricas que las recogidas en el escudo constitucional y que no están ahí por capricho, sino por el hecho de que todas ellas fueron, en su tiempo, estados independientes, luego diplomáticamente reconocidos en todo el mundo posromano, reunificados en base a un derecho de conquista que puede que no guste a los ojos del español medio actual, pero que fue un derecho ampliamente reconocido en la Edad Media y ejercitado en el mundo antiguo incluso por el propio Vaticano. Que era perentorio descentralizar el Estado, muy cierto, pero, entonces, ¿por qué no se invirtieron tanta energía y tantos dineros en perfeccionar y consolidar una efectiva separación de poderes de ese Estado?, porque parece algo fundamental y consustancial a cualquier otro elemento descentralizador que pudiera asegurársenos bueno. Aparte de que eso sí que habría procurado un Estado perfectamente revestido de autoridad.

            Por mi parte, me abstendré de valoraciones jurídicas que son viaje arduo para tan flojas alforjas como poseo; pero, desde el punto de vista estrictamente político y con los datos empíricos que poseo como ciudadano español, nuestra élite política va camino de hacerse legítimamente acreedora del peor de cuantos delitos pudiera contemplarse en cualquier Estado de Derecho: ALTA TRAICIÓN. Porque es cierto que nos estamos jugando el futuro de España, pero no con la burricie tardía de una aplicación del Artículo.155 por fascículos, a tropezones y procurando que no moleste demasiado al que ya creció, vive y morirá absolutamente molestado por todo, menos por su capricho, sino con la entrega de toda la autoridad, por la vía de los hechos consumados, a los mismos sediciosos que no han parado mientes en conculcar derechos fundamentales para mejor consumar esa altísima traición que son los delitos de rebeldía y sedición. No quepa duda que en el preciso instante de que los tres partidos sediciosos ganen la batalla de la autoridad, es decir, de la reforma constitucional o las medidas de paños calientes que mejor les convenga, no serán los grandes partidos nacionales ni el Gobierno de España los que habrán perdido la autoridad, sino todo el Estado de Derecho español el que quede desautorizado para otra cosa que no sea la independencia inmediata de todas y cada una de las taifas que así lo deseen.

            Y mientras toda esta galopante merma de autoridad acontece, ¿qué estamos haciendo los españoles de a pie que indefectiblemente oficiamos de religiosos paganos de todas esas facturas…?

            ¡Carpe diem!

Un comentario en “Autoridad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s