Contrarrevolución

IMGP5025

Opinión – Essaí (Pedro José Navarrete) – 20 de Octubre de 2017

 

 

            Afirmaba Platón, hace 2.500 años, que “el pueblo que no se cuida de la Política acaba siendo gobernado por los peores hombres”, y Europa toda, y en mucha mayor medida España, vuelve a darle la razón al pensador heleno, aunque con matices tradicionales que el sabio no quiso o no pudo tener en cuenta; porque mientras que en Europa crece la extrema derecha al amparo de una sociedad opulenta y acrítica que en vez de cuidarse de sí misma asume, sin más, excesiva población foránea para suplir las necesidades que sus remilgos no cubren, en España, tierra de cortadillos y rinconetes, nos estamos entregando con fruición a nuestro infeliz retorno a las cavernas prerrevolucionarias por la vía de la rebelión de los necios.

            Con una Constitución socialdemócrata permanentemente puesta en tela de juicio por la vía de los hechos consumados, es decir, a base de cumplir únicamente las partes que a nuestras élites interesan, y con el ejército estamentalmente desmantelado a resultas de un chapucero golpe de Estado que no secundaron ni los principales espadas del cartel, España lleva cuarenta años incubando huevos de serpiente como quien cría gallinas para vender artísticos huevos de pascua, que no sirven para engordar, pero que cuentan con un elevado valor añadido. Seguimos siendo el país de la renta y el pelotazo, la triste España esclava de la tierra en la que el señorico se limitaba a exigir cada año más rentas, dejándole el trabajo sucio de obtenerlas a mayorales lamebotas, necios y desalmados, capaces de arrancarle la piel a tiras a sus propias madres con tal de obtener más y mejor trabajo por menos.

            Así las cosas, gobernados por el que fuera secretario general y luego presidente de un partido político investigado judicialmente por corrupción, como persona jurídica, lo inevitable no se ha hecho esperar más: una horda de piratas aldeanistas, consentidos por el mismo gobierno central que durante décadas los ha cebado por un puñado de votos con los que gobernar a su antojo y sin sobresaltos, conocedores, como españoles de pro, que esta nación de hijos del agobio siempre es extremadamente fuerte con el débil y sonrojantemente débil con el fuerte, se han montado una sedición de salón que si no acaba con la nación por la vía de los hechos consumados lo hará de un insufrible ataque de vergüenza. No en vano, fue necesario que VOX denunciara al secesionismo catalán, en el juzgado Nº-13 de Barcelona, para que el gobierno del Reino de España tuviese a bien hacer como que paraba lo que no paró, que para sufrir el ridículo en carnes vivas ya cuenta con la fidelidad constitucional de la Guardia Civil y la Policía Nacional.

            Desde que tengo uso de razón a nuestra patria le ha podido parecerse a la envidiable Alemania, esa que fue capaz de reunificarse democráticamente a finales del s. XX; pero se ve que la prisa por confluir con ella ha sido tanta que de toda la aleccionadora historia alemana nuestras élites aristoburocráticas sólo han acertado a aprenderse el catecismo doctrinal de herr Joseph Goebbels, insigne ministro de propaganda del III Reich germánico que, desde Podemos al Partido Popular, ha cultivados doctos educandos distinguibles únicamente por su pereza, su indolencia o su déficit de atención, pero todos ellos sobresalientes en el arte de la alienación de una masa social previamente entumecida por siglos de fatalismo hispánico para que el que el mundo no tiene arreglo porque está diseñado así desde la noche de los tiempos. Por cierto, hablo de esa misma nación monolítica que en cuanto surge una nueva moda global la asimila y adopta como propia en tiempo récor. ¿Esquizofrenia quizá?

            Vistas así las cosas, no es de extrañar que el Mariscal Von Bismarck dijese de España que “seguramente sea la nación más poderosa del mundo, pues sus gobernantes llevan siglos intentando destruirla y no pueden”; claro que el canciller no contaba con el ingenio español y nuestra capacidad de inventiva, porque si llega a conocer el diseño y desarrollo de nuestras comunidades autónomas no dice esa frase, con toda seguridad. Y es que la España de las autonomías ha acabado resultando el mundo al revés y, de tener que ser conservada en el Museo del Prado alegóricamente como obra pictórica singular, seguro que sería “Saturno devorado por sus hijos”, o reverso tenebroso de una sociedad, analfabeta de sí misma, que, al contrario que Roma, siempre acaba pagando a sus traidores. A veces pienso que no fue el apóstol Santiago el que arribó a Hispania, si no el impostor de Judas Iscariote travestido de “hombre de paz”.

            Duele decirlo, pero dieciséis años de gobiernos socialistas sirvieron de mucho, sobre todo a esa diosa bastarda que se llama Hipocresía: se gobernaba al calor institucional de la bandera de España, pero se usaba el partido para inculcar en el vulgo que era la “bandera facha”; se rendía honores al escudo constitucional al tiempo que se llamaba y jaleaba como comunidades históricas a dos que no aparecen en los cuarteles oficiales del mismo; se usaba del partido para inculcar una cerril aversión popular hacia el clero, mientras se gobernaba ratificando el concordato con la Santa Sede y se miraba para otro lado entretanto el clero aldeanista usaba púlpitos y sacristías para dar marchamo de divinidad a un muy bien calculado odio visceral a España; y se arengaba a las masas a golpe de miedo a la derecha al tiempo que se gobernaba cada año más y más acorde a los rancios postulados de poder de la derecha de siempre. ¿Dos generaciones de catalanes que odian a España? Sí, cierto; pero es mucho peor contar con dos generaciones de españoles que la desprecian pese a desconocerla.

            No nos extrae pues que, llegados al punto histórico en que nos encontramos, con una izquierda oficiosa mitad reaccionaria y mitad oportunistamente aburguesada, por tanto, con todas las banderas de la izquierda rendidas al fango de las miserias humanas y vilmente pisoteadas para que nuestra acomplejada mugre moral las fuera convirtiendo a todas igualmente pardas, como hace la noche con los gatos, la pillería de cuatro piratas de la política, acuciados por los gravísimos problemas judiciales de sus señores feudales, estén haciendo humanamente reprochable pensar siquiera cumplir con el mandato constitucional de preservación del Estado de Derecho, porque Europa está mirando y, consecuentemente, hemos de regalarles el más que deseable espectáculo de ver cómo la inmensa mayoría se defiende de una inmensa minoría sin más armas que besos, vinos y rosas…. Ha resultado humanamente denigrante ver acosados hasta la nausea a los mismos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que fueron capaces de mantener la paz y el orden, ejemplarmente, en lugares tan poco amables para la vida humana como Bosnia, Líbano o Afganistán.

            Después de todo esto, hemos aprendido amargamente lo que quiso decir Alfonso Guerra con aquello de que “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”: sindicatos apesebrados, gobiernos de Aznar jugando a ser anglosajones, gobiernos de Zapatero emulando la buenista hipocresía vaticana y los gobiernos de D. Mariano, el “Manso de la Moncloa”, descubriendo el móvil perfecto de primera especie, es decir, que lo mejor para que este país se mueva es hacer virtud de una cabeza estática a la que le resbalan el espacio, el tiempo y quien los inventó. Así las cosas, validando con la praxis cotidiana la leyenda negra que pergeñaron otros para descrédito y decadencia del imperio que dicen que una vez fuimos, contestamos al grueso calibre del golpe de Estado promovido por un puñado de piratas del pedigrí con la contundencia ética y moral de aquel que le daba innúmeras oportunidades al torpe de Platanito.

            Y si únicamente fuese eso, el ridículo nacional, la cosa tendría un pase generacional, que peores sapos nos hemos tenido que tragar los españoles, y sin pelar; pero es que se han perpetrado, ante nuestras estólidas narices, crímenes de lesa humanidad organizados desde, lo público y lo privado, para imponernos por las bravas una inexistente nación catalana y, para colmo, hacerlo con la insultante chulería de ese prurito imperialista de los Países Catalanes. Y, de todos esos crímenes de lesa humanidad, el peor sin duda, el adoctrinamiento vil, rastrero y ramplón de la inocente chiquillería catalana que, cuando crezca y abra los ojos, comprobará con sumo dolor lo que significa el término “alienación” que tanto coreaba la izquierda histórica cuando todavía parecía de izquierdas; pues no hay peor crimen que impedir, entorpecer o sesgar el libre desarrollo individual de la persona.

            Y, por si faltaba poco, el baile de la yenka de un pusilánime gobierno del PP, además de apestar a miedo cerval a que el “molt deshonorable” tire de diario de las cloacas y ponga de mierda hasta el cuello blanco a todo lo más granado de nuestra élite partitocrática, si no más, como el novio que ronea a su moza tentando forzar por agotamiento la rendición que no se atreve a conseguir por las bravas, nuestro “Manso de la Moncloa” se comienza a bailar un agarrado con el “Trepaollas de Ferraz” y, al apretado ritmo del chotis de la “Nación de naciones cañís”, se comienzan a camelar la distracción del persona para reformar la Constitución hasta reducirla a la infame condición de un pedo con cáscara, ese tipo de esferoide rígido que cuando se casca sólo deja aire y mal olor. Precedente tuvimos en 2010 cuando, por el precio de un café con pasta que pagamos a escote todos los españoles, P-P-SOE pactaron la modificación del Artículo.135 de nuestra Constitución y aún hoy seguimos esperando que nos pregunten qué nos ha parecido la enmienda.

            Grotesco. La Revolución Francesa tuvo su contrarrevolución en una derecha aristocrática que reaccionó contra natura y acabó dándose de bruces con el motín jacobino posterior y sus refrescantes guillotinas y aquí, contrariamente, sospechosos de cualquier cosa menos de no ser originales, nos montamos nuestra contrarrevolución política a ver cuánto tarda la nación en responder con una revolución, ya sea a lo quevediano o a lo goyesco. En fin, como leí el otro día en twitter: “ha sido exhumar a Salvador Dalí y, de repente, todo se ha vuelto tremendamente surrealista”.

            Menos mal que aquí estará siempre España para pagar la factura.

            ¡Carpe diem!.

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