CORRUPCIÓN

 

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26/09/17 – Opinión –  Pedro José Navarrete (Essaí) 

 

            Asegura el Diccionario de la Lengua Española que CORRUPCIÓN es “en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”, vieja conocida española, pues, que a fuer de costumbre mucho me temo que nos esconde la raíz misma de su insana naturaleza, pues que nos contentamos con nombrarla sectorizada, nepotismo, cohecho, clientelismo, etc., como quien recita un ensalmo que nada cura pero sus males espanta. No obstante, se trata de un tumor sociaeconómico que, creciendo sin freno, puede llegar a esclerotizar el tejido social hasta extremos tales que poco o nada de lo vivido tenga algo de sentido para el común de los mortales, al menos, algo distinto al irritante “las cosas siempre han sido así”.

            Para empezar, yo no creo que haya una corrupción pública y otra privada, sino que la pública se asienta y expande con la cooperación necesaria de la segunda, que se siente a su vez justificada y necesitada por la primera; es decir, que la corrupción es sólo una por más que adopte mil caras distintas como mil procederes diferentes. Además, en el caso concreto español, la corrupción demuestra ser única porque nace en lo privado, el seno de los partidos políticos, para alcanzar lo público, las instituciones gestoras del sustancioso presupuesto público, para enriquecer a los corrompidos, esos públicos y privados que se reparten descaradamente lo que es de todos y tienen a gala privatizar los beneficios de su corrupción al tiempo que van socializando las marras y fracasos de su espuria gestión.

            Y es que la corrupción no es otra cosa que el motor del Poder. Cualquiera que descolle medianamente en el seno de una organización política cooptativa, o sea, sin medidas democráticas de conjura de la corrupción, no tarda mucho en ir pergeñando su red local de confianza y promoción como único modo posible de ir escalando puestos de relevancia en el seno de dicho partido; y es cuando alguno de esos puestos de relevancia se traduce en la consecución de un cargo público cuando, con la nutritiva savia de los presupuestos públicos como alimento, sobre el estiércol de la clientela política original comienzan a germinar el nepotismo y el clientelismo como organismos con vida propia, malas hierbas enraizadas en la tierra fértil del político cooptado que a su vez es cooptador de otros de mayor nivel y, consecuentemente, con acceso más amplio al presupuesto público que riega, nutre y vigoriza la estructura toda de la mala hierba original. Así, con tiempo y éxitos electorales, cada político con relevancia acaba creándose su corte de parásitos y necrófagos plácidamente coexistente con otras tantas de otros tantos focos políticos de corrupción, siempre y cuando se respeten mutuamente sus áreas de predación, claro está.

            Pero lo que no cuenta nadie es dónde anida el huevo de la serpiente, luego el germen mismo de toda corrupción. Se ve que no es plato de gusto reconocer que, como animales que somos, estamos genéticamente diseñados según la ley del mínimo esfuerzo – máximo rendimiento al mínimo coste energético posible –, lo que nos dota de unas artes congénitas para el escaqueo de funciones sociales y la rapiña sobre la redistribución de la riqueza y los frutos del trabajo ajeno; y se ve que esto es así porque vemos muy feo que, por cuanto que humanos, luego con un intelecto superior y una historia intelectual ya milenaria, estamos capacitados desde muy antiguo para un código moral que minimice la injusticia productiva que supone el parasitismo del Hombre por el Hombre, máxime cuando hace mucho, al menos en el mundo industrializado, que nuestro sustento diario no depende tanto del ahorro de energía productivo como de la inversión de esa energía para producir ese mismo sustento o, en su defecto, el salario que lo haga regularmente posible.

            Visto así, la raíz de toda corrupción fue la corrupción moral hasta que los clásicos griegos, inventores e instructores de la Ética, sustrajeron a la superstición y a la fe religiosa el poso ético universal que enmascaraban, universalizando la ética humana hasta alcanzar por igual a todo nacido de mujer. Porque desde que tenemos registros documentales de la actividad humana, cualquiera que sea la tradición estudiada, el rincón del planeta observado o la confesión religiosa de culto particular, la corrupción siempre ha estado castigada por cuanto que afrenta al código moral de la comunidad y, por ende, perjuicio de todos en beneficio espurio de unos pocos. Así que, en el mundo antiguo, con las vertientes religiosa y política sin deslindar, la corrupción fue un hecho profundamente inmoral hasta que la vida humana, renacida con el final de la Edad Media, comenzó a verla como un atentado contra la ética, o sea, contra la humanidad, digno de persecución y castigo…. Hasta que el fin de la II Guerra Mundial y su dura posguerra dieron paso a la etapa de bonanza socioeconómica que ahora parece hacer aguas por doquier.

            Porque en este mundo de fríos números jerarquizados, en los que los números financieros imperan sobre todos los demás, a los que compra en servidumbre alienante, se ha abierto camino una posibilista moda intelectual que vive y actúa según la más estricta amoralidad. Nuestras universidades, venerables santuarios del saber, de hace algunas décadas a esta parte, nos han ido obsequiando con levas crecientes de “sacerdotes de lo amoral” que, con total desparpajo, justifican su ausencia de código tanto en el hecho mismo de que un código es un elenco estandarizado de normas de comportamiento, luego puro convencionalismo humano, como en el éxito rápido, arrollador y deslumbrante que suelen alcanzar los elementos más relevantemente amorales de la sociedad. Y en algo sí que llevan razón: en ausencia de código ético, o su trascendencia moral, el horizonte del ego humano alcanza latitudes cuasi infinitas y todos los techos se vuelven aire que se puede remover, por viciado que esté, pero que nunca se rompen como lo harían de ser de cristal. Al amoral no le atañe ni su propio código, su catecismo, con que suele asentar su poder local en cuanto tiene la oportunidad de hacerse con su cortesana clientela, bien desde un púlpito, bien desde una tribuna.

            Y, desde luego, el máximo exponente de dicha corrupción ética y moral no es otro que esta izquierda reaccionaria que corrompe Europa, una izquierda universitariamente titulada que ha encontrado en la defensa simultánea de cada cosa y su contraria la garantía de éxito de cualquier empresa que emprenda. Es la vieja ley del mínimo esfuerzo de tiempos de nuestra animalidad estricta, pero con la espectacularidad argumental y sensiblera de estos tiempos de Posverdad en los que vales lo que aparentas. Una izquierda reaccionaria que con absoluto desparpajo es capaz de defender la solidaridad social que funda el Estado del bienestar, cimiento y argamasa del proletariado, y la insolidaria xenofobia burguesa de los aldeanismos regionales secesionistas; una izquierda profundamente reaccionaria que inventó el término Nación al que trasvasar constitucionalmente la soberanía popular, anulando así la soberanía estamental del Antiguo Régimen, y que ahora inventa la nación de naciones para retornar esa soberanía nacional a anacrónicos estamentos regionalistas que perviven anclados en el siglo XIX; y en definitiva, una izquierda reaccionaria que, al igual que el estamento históricamente más odiado por ella, el clero, vive con la doble vara de medir que supone la antidemocrática ley del embudo: lo ancho para ella y lo estrecho para todo el que no piense igual.

            Mas lo peor de esa izquierda reaccionaria es que la factura de su traición intelectual e ideológica también la vamos a tener que pagar todos a escote.

            ¡Carpe diem!

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