PLURI – NACIONALIDAD

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Opinión – Essaí : 10 de Septiembre de 2017.

 

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            Hay aportaciones a la Historia que valen un mundo y la ocurrencia del término plurinacionalidad es una de las que más van a dar que hablar, al menos, durante la próxima década, pues viene a ser como la cuadratura del círculo, pero sin compás ni escuadra. Ha sido tal mi pasmo con tamaño hallazgo dialéctico que he tenido que echar mano al diccionario para comprobar que NACIONALIDAD es, en Derecho, el “vínculo jurídico de una persona con un Estado, que le atribuye la condición de ciudadano de ese Estado en función del lugar en que ha nacido, de la nacionalidad de sus padres o del hecho de habérsele concedido la naturalización”, quedándome claro, pues, dos cosas: que la nacionalidad es una condición jurídica, en ningún caso cultural o sentimental, y que la PLURINACIONALIDAD, pues, debe ser necesariamente pluralidad de vínculos entre el ciudadano y el Estado, o sea, “pluralidad de vínculos jurídicos de una persona con un Estado….”, cuando todos sabemos que el único vínculo posible con un Estado de derecho, como el español, es ese contrato social que supone nuestra Constitución de 1978.

            El problema de esta terminología no es la inadecuación epistemológica del ponente que teoriza sobre el sexo de las palabras y el significado de los ángeles, sino la trampa semántica de esos grandes y ampulosos términos que, bien exhibidos en público, dan realce y esplendor a cualquier discurso; aunque algunos como NACIÓN, etimológicamente, “pueblo, tribu” y más coloquialmente “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común” son realmente indicativos, en su uso, del estado mental y social al que nos quisiera llevar el orador para mejor descanso de sus afanes personales. Los problemas llegan cuando el promotor de semejantes lindezas es requerido para explicar el significado exacto de sus ocurrencias en el contexto histórico en el que las defiende frente al público en general, pues que entonces suelen acabar apareciendo las patitas de lobo sectario por debajo de las puertas políticas y el ganado social comienza a ponerse agitado y revoltoso; porque el problema no es el término nación, ya de por sí cambiante con el devenir de los tiempos, sino el apellido que porte tan distinguida dama.

            Nos olvidamos, intencionadamente, que la vida humana, por el simple hecho de ser vida, carece de solución de continuidad y, por tanto, por mucho que queramos huir de la realidad a conveniencia, cada generación es inevitablemente subsidiaria de la anterior, o lo que es lo mismo, la realidad coetánea del individuo sólo puede construirse desde el legado social de sus mayores. Nos olvidamos, pues, de que nación, etimológicamente, no es más que la cosificación de “la acción y el efecto de nacer”, luego un atributo más del individuo, un estar en el mundo de los vivos en razón de un país, un paisaje y un paisanaje que nos viene impuesto por el simple hecho de haber nacido donde lo hemos hecho y no en otro lugar; por eso se hace tan necesario apellidar al término nación, pues no es lo mismo una nación étnica, que una cultural, que una religiosa, que una histórica o que una política, pese a que todas ellas son expresiones evolutivas de un mismo hecho biológico primario e intransferible: el nacimiento. Dicho de otro modo: estamos sometidos al imperativo biológico de pertenecer a la nación que nos toca en suerte, por más que el ideal romántico, que tanto sufrimiento nos ha provocado desde el siglo XIX a esta parte, construya naciones de elección sentimental como sublimación de los territorios de cercanías, lo que en realidad devuelve a la persona a la triste condición de “esclava de la tierra”, propia de la Edad Media, que siempre perjudicó al siervo para favorecer a su señor. Peor aún, en estos tiempos posmodernos, ese romanticismo trasnochado nos deviene esclavos de un mapa, de un triste trozo de papel que, como tal, lo aguanta estoicamente todo.

            Hay que tener mucho cuidado porque, en nuestro caso concreto, el español, invocar la nación étnica es reivindicar nuestra condición mediterránea y, por tanto, asumir seres y estares que nos alejan de nuestra aldea más de lo humanamente asumible; de invocar la nación cultural, habría que asumir una hispanidad que muchos entenderían como un neoimperialismo metropolitano, agresivamente colonial; de invocar la nación religiosa, nuestra condición cristiana nos llevaría a enrocarnos peligrosamente frente a retos medievales que creíamos definitivamente superados; de invocar la nación histórica, Iberia, estaríamos reclamando soberanía sobre Portugal y todo el sur de Francia, conforme a la sistemática imperial romana, hecha ya desde el Estado y para el Estado con conocimiento sistemático sobre el terreno; pero si invocamos la nación política, mal que nos pese, no nos queda más remedio que apañarnos con la que tenemos, fruto de la reunificación peninsular, efectiva con el reinado de Carlos I, y su evolución sociopolítica hasta el actual Estado de Derecho que parece quedársenos estrecho tan sólo porque nos negamos a desarrollar su potencial constitucional. Porque, creámoslo o no, desde que ciñera la corona Carlos I de España y V de Alemania, emperador del Sacro Imperio Romano, el reconocimiento internacional de España como singularidad jurídica nos imposibilita hablar de otra nación que no sea la Nación política y, por tanto, en los tiempos que corren, eso nos circunscribe taxativamente al marco jurídico de la Constitución de 1978 actualmente vigente, respaldada soberana y abrumadoramente en las urnas por la generación de los excombatientes y la de sus hijos, los raquíticos niños de la guerra.

            Dice nuestro ínclito nieto del “carnicero de Vallecas” que España es un Estado con tres naciones, a saber: Vascongadas, la histórica espada de Castilla; Cataluña, el histórico corso aragonés, germen y fundamento de la armada española; y Galicia, la noble España paupérrima que reyes y señores usaron en todo momento para repoblar y poner en producción los territorios que los ardores guerreros patrios iban vaciando, a sangre y fuego, a lo largo y ancho de tres continentes. Ninguna de esas tres regiones tienen armas y blasones en el escudo constitucional directamente heredado del escudo imperial de la nacionalización hispana; pero las dos primeras, soldadas de fortuna, llevan cinco siglos siendo sumideros de capital humano, mercantil y financiero del resto de las Españas, desde las murallas de Lugo a Río Grande y Tierra de Fuego; lo cual ya es razón de agravio, oprobio e ignominia histórica para otras que sí cuentan con su blasón oficiando de cimiento de esa nacionalización peninsular. Y es que se olvidan que hasta la infame segregación definitiva de España y Portugal en 1640, riada de sangre inocente de por medio, se debió a la megalomanía, la arrogancia, la prepotencia, la codicia y la dialéctica mendaz de reyes y cortesanos para los que el pueblo sólo contaba como ganado productor o como carne de cañón. Y se olvidan interesadamente de ello porque la mismas megalomanía, arrogancia, prepotencia, codicia y dialéctica mendaz de austrias y braganzas, con sus cortes de sables y sayones ganapanes, son la que arma la retórica huera y las ansias de poder de las más estólidas inteligencias políticas españolas a fecha tan actual como estos comienzos de Septiembre de 2017.

            No y mil veces no. España es nuestra Nación y no cabe más nación en ella misma que la que garantiza la ciudadanía española en base a una Constitución democrática que sólo tiene dos cosas criticables: primera, los complejos que llevaron a sus redactores a facilitar interpretaciones jurídicas que imposibilitaran la deseable descentralización del Estado tanto como han favorecido su paulatina degradación hacia el cuarto al-Ándalus taifal; y segunda, la deslealtad de una aristoburocracia partitocrática que ni ha acatado ni ha cumplido ni el espíritu ni la letra de una carta magna alabada por todos los juristas del mundo civilizado menos los paniaguados sectarios, de una u otra trinchera política hispana, que se han engordado su ego y su bolsa a la cálida sombra de la higuera de poder cañí que tanto PSOE como PP llevan abonando desde antes de la ruina política de la UCD. Sería un ultraje a nuestros mayores y difuntos continuar un minuto más con este sainete sofista que pretende desandar nuestra turbulenta Historia a paso de gigante y que no puede perseguir otro interés y fin último que la sustitución de nuestro válido marco constitucional por otro nuevo más acorde a los intereses de nuestra cainita política partidista… ¿Pero qué modelo a seguir: sanchista, iglesista, garzonista o, directamente, urkullista, puigdemontista, u oteguista?, porque, si nuestros padres conquistaron en las urnas su libertad, su ciudadanía, a estamentos y caciques, ¿ahora se trata de que pijiprogres y neopaletos reconquisten en parlamentos y televisiones nuestra servidumbre, nuestra servil condición de súbditos, ante los inocentes ojos de nuestros hijos y nietos.

            No seré yo el español que se acompleje y arrugue ante el griterío de hordas aldeanistas cebadas con los recursos y dineros de toda España, creyendo como creo, aunque Naciones Unidas aún no haya llegado a este punto de la discusión, que el peor de todos los crímenes de lesa humanidad, tan antiguo como la desertización de Oriente Próximo, es precisamente el adoctrinamiento dirigido, sectario y falaz de la población civil desde las instituciones públicas y con medios y dineros públicos. Eso mismo es lo que hizo el movimiento nacional franquista que tanto y tan amargamente recuerdan los separatistas, aunque a niveles comparativamente tan livianos y periféricos a la construcción íntima de la persona que, sin ser disculpables, hoy se nos antojan un juego de niños frente a lo que los soberanistas vascos y catalanes llevan haciendo casi cuarenta años; porque negar al ciudadano en formación, al educando, las herramientas dialécticas y la información veraz y oportuna con que construir libremente su conciencia individual sin más límite que sus capacidades personales no es otra cosa que entregarse con fruición a esa alienación de la persona que tanto y tan furibundamente ha combatido la izquierda histórica desde la fecha y hora de la firma del Manifiesto Comunista de 1856, esa misma izquierda europea cuyos cachorros nos vienen ahora con esclavitudes de mapas, fueros y lenguas que ya creíamos superados, principalmente, por la lucha política infatigable de ellas mismas cuando eran izquierdas de verdad y abominaban del aburguesamiento que hoy las corrompen. Así que, si necesitan renegar de algo, no renieguen de España, mejor renieguen de sus propias siglas y doctrinas políticas, que con ello no ganarán demasiados adeptos, pero sí que ganarán coherencia, honra y mucha saliva.

            ¡Carpe diem!

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