PATRIOTISMO

IMGP5025

Essaí: 4 de Septiembre de 2017

 

            Dice el DRAE que el vocablo patria significa “tierra natal o adoptiva, ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”, luego, patriotismo, evidentemente, sólo puede ser la emoción de apego que alguien siente por su patria, un paisaje común de seres y estares humanos que comúnmente depende de factores externos a la persona, todos sobrevenidos a la biografía individual por ese azaroso hecho que es el nacimiento. Con la patria pasa como con la familia, que uno no la elige, pero la construye y la padece, a partes iguales, mientras el cuerpo le aguanta y la razón le asiste. Y nos puede gustar más o menos, pero patria sólo tenemos, realmente, aquella en la que la vida del individuo puede desarrollarse como tal y no como una sucesión de circunstancias opresivas y deterministas; porque uno es realmente de donde puede forjarse un futuro digno y ampliar su linaje a generaciones siguientes, pese a que siempre nos asalte esa melancolía inconsciente de escenarios de la niñez más o menos lejanos; pero la melancolía no da de comer y, además, se sabe de personas que han llegado a morir de melancolía.

            Consecuentemente, el patriotismo es una cuestión delicada, pues depende de toda una compleja serie de circunstancias personales que lleva al individuo a emocionarse, positiva o negativamente, con sólo evocar un símbolo o un acontecimiento o una imagen alusiva a lo que su experiencia personal denomina patria, esa cosa que se dice sólo se echa de menos en cuanto se deja de tener al alcance de la mano; luego la patria, esa cosa aparentemente etérea, inconsistente, es un marco emocional que ancla al ser humano a una comunidad de origen, o nación, con cadenas afectivas que ni él mismo domina, pese a las filias y las fobias que dicha realidad pueda despertar en su ánimo con sólo ver la bandera o el escudo que simbolice a dicha comunidad original. Es irremediable sentirse apegado a la patria, como es irremediable acabar viéndola allí donde tu vida alcanza un sentido pleno, más allá de los recuerdos de niñez y las ansias de juventud; porque la evolución del ego social humano es una cuestión biológica tan esencial que escapa a todo control humano, ¡a Dios gracias!

            Ineludiblemente, por encima de paisajes comunes y paisanajes más o menos estables, la patria siempre ha estado definida por un marco normativo común en el que dar protección y fundamento a la vida del individuo, un marco histórico que deriva de la acumulación en el espacio y el tiempo de generaciones de compatriotas afectados de sus seres y estares comunes y un marco cultural que no es más que la cosificación de unos particulares usos y costumbres destilados de todo lo anterior. Uno puede estar a favor o en contra de su patria, pero uno no puede negar a su patria sin negarse a sí mismo, con sus antecesores y con sus sucesores. Consecuentemente, reconocer la patria no tiene ni más ni menos valor que reconocerte parte de una comunidad humana diferencialmente conformada por los avatares de la vida, lo que no implica amor y adhesión incondicionales por la misma, como pertenecer a tu familia no es razón de amor o de odio a lo que es, representa y supone para tu vida esa familia. Uno tiene la madre que tiene porque no puede tener otra. Pues bien, la patria es la “madre social” de la persona: va donde quiera que estés, lo quieras o no.

            No envidio a esos extranjeros, de gloriosas u opulentas patrias jóvenes, por sus emotivos alardes de patriotismo frente a sus símbolos nacionales, pues hace tiempo que aprendí la mucha falsedad que puede esconderse tras las muestras de adhesión masivas y viscerales a emblemas sociales que uno siente tan propios que se cree con la propiedad material de los mismos y cuanto representan. Son personajes del mismo pelaje social hirsuto y ralo que aquellos otros que se mueven al odio constante, visceral y automático hacia todo cuanto les pueda recordar una comunidad de origen que es absolutamente suya por más que la aborrezcan hasta el dolor de corazón. Se trata de extremos enfermizos, cuando no de elementos antisociales, que no aportan a la patria más que la pátina de follón y estridencia que suele acompañar a todo grupo humano… Yo, lo que envidio, es la naturalidad con que los extranjeros suelen reconocerse como sociedad en sus símbolos nacionales y, más si cabe, la exhibición de los valores positivos de sus patrias pese al reconocimiento de lo negativo y ruin que toda sociedad intelectualmente sana reconoce en su Historia común.

            El problema del patriotismo no es, desde luego, el patrioterío de esa minoría social propensa a la exaltación de los “valores patrios”, comúnmente forofos de apropiaciones indebidas de la patria por parte de estamentos y poderes que han encontrado en ese catecismo identitario la base social ciega que todo poder fáctico necesita para perpetuarse, porque, a fin de cuentas, son sentimentalismos mal entendidos que duran lo que duran y no aportan más sustancia que cierta espuma folclórica que acaba cansando, con el tiempo, incluso a ellos mismos. El problema del patriotismo radica justo en el lado opuesto, en el otro extremo, allí donde las emociones que desata la patria suelen ser visceralmente destructivas de esa misma patria a la que confunden, interesadísimamente, con los poderes y estamentos que se han apropiado de su soberanía en mayor o menor medida. Porque de los pruritos exultantes puede que se saque poca cosa buena, pero de los resentimientos destructivos todo cuanto se obtiene es intrínsecamente malo y antinatural. Ninguna sociedad moderna puede esperar nada bueno de quién sólo ve vergüenza, crimen y oprobio en su historia común; se olvida, malintencionadamente, que la Historia la cuentan con tinta china unos muy pocos sobre el llanto, el sudor y las lágrimas de la inmensa mayoría anónima de personajes constructores de la Nación en primera persona.

Verbigracia: el abuso de patria realizado por el movimiento nacional franquista, pura caspa nacionalcatólica sobre los hombros de una vieja nación con muchos males endémicos que corregir, pero con gloriosas páginas de servicio a la Humanidad que exhibir, tuvo como consecuencia la abusiva reacción de una petulante progresía universitaria, ni tan erudita ni tan progresista como se nos vendió, que, llegando a los mullidos escaños del poder, se conjuraron con sus resentimientos, filias y fobias para demoler anímica y emocionalmente a una Nación de hijos del agobio que, por fin, en 1977 creyó vislumbrar un puente hacia el futuro. Prensa, radio, televisión, cine y teatro, pertinaces como una gota malaya, nos fueron adoctrinando en el aborrecimiento de España desde su modernidad vehementemente militante de una leyenda negra que otros más antiguos forjaron, aquí en casa, para mayor honra y gloria de potencias extranjeras – traición con traición se paga –. Que nuestra leyenda negra la ha usado muy bien el mundo anglosajón para combatirnos, es un hecho; pero no es menos cierto, como nuestros historiadores están comenzando a poner de manifiesto, que únicamente los intelectos más recalcitrantemente resentidos de nuestro país podían haber diseñado esa leyenda negra e inocularla en nuestro imaginario colectivo hasta el grado de descomposición emocional en el que nos encontramos. Y no me sirve como excusa que nuestro profundo y sostenido mestizaje nos adorne con una laxitud patriótica especialmente comprometedora.

Así pues, en estos funestos tiempos en que la patria, luego nosotros mismos, se ve sitiada y acosada por enemigos externos a ella: neoliberalismo económico, neoimperialismo político, descomposición económica, terrorismo, crisis climática, crisis migratoria, nacionalismo, xenofobia…., enemigos formidables todos que únicamente podríamos vencer con un acto sostenido de patriotismo, es decir, de defensa infatigable del Estado de Derecho que nuestros abnegados padres nos legaron en la Constitución de 1978, España – y mucho me temo que nuestro hermano Portugal igual – languidece hundiéndose en las arenas movedizas de sus propios descreimiento, Posverdad y antihistoria, anegada de lodos pestilentes de antipatriotismo hasta la peligrosa cota de las narices y abocada a ir muriendo, poco a poco, por descomposición en vida del cuerpo que tantísimos millones de “células” humanas han construido y mantenido vivo pese a los avatares de los siglos. Porque no hay peor decadencia que la que hace deseable, además de posible, que problemas comunes, que únicamente pueden contar con soluciones comunes, se enquisten hasta la gangrena social porque el sectarismo de falsos profetas, superpatriotas por exceso o por defecto, mantienen esclavizado el corazón de nuestra Nación con pesadas cadenas de culpas y complejos que ningún país socialmente sano consiente que le impongan.

Obviamente, somos una “patria apátrida” porque, abducidos por la parafernalia posmoderna de la conjura de nuestros necios, hemos consentido que trepen a nuestras instituciones los elementos más asociales, zafios y ruines de nuestra sociedad; ahora bien, que eso no nos oculte el hecho de que ellos prevalecen desde hace cuatro décadas porque nosotros hemos sido incapaces de sobreponernos a nuestras propias miserias vecinales. Nuestros padres se sobrepusieron y hoy somos una democracia, falaz y decadente, pero democracia a fin de cuentas. ¿Nosotros seremos capaces de sobreponernos, como ellos, por encima de credos e ideologías, sin más razón que el patriotismo del bien común…?

Ese sería un patriotismo, desde luego, capaz de convertirme en todo un patriota.

¡Carpe diem!

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