¿Islamofobia?

IMGP5025

 

21/08/17 – Pedro Navarrete

Es muy propio del Occidente democrático actual acuñar ampulosos términos sociopolíticos para todo; tal es nuestro grado de consumismo que nos movemos según etiquetas sin detenernos a discernir lo que es un hallazgo intelectual, rara avis, de una ocurrencia modal o una necedad sibilina. Así pues, como en la épica decadencia del Imperio Romano, asistimos cada día con mayor frecuencia al acuñado de necedades sibilinas que tienen por objeto aislarnos de los problemas reales por la vía rápida: simplificamos una cuestión, buscamos un culpable que se ajuste a dicho simplismo y, por último, enquistamos esa culpa en el imaginario colectivo como los cerdos enquistan con deposiciones calcáreas los huevos de triquina. Ojos que no ven, corazón que no siente.

En mis tiempos universitarios, durante uno de mis ratos de lucidez, tuve a bien adquirir un facsímil del Corán, pues me pareció imperdonable que un andaluz, que en razón de su cristiandad tenía en la Biblia el Antiguo Testamento (Torah judía) y el Nuevo Testamento (Evangelios cristianos), desconociese el libro de cabecera de sus antepasados musulmanes – esos que cada mañana me dice el espejo que haberlos, los hubo –. Y en mi lectura coránica, con el más profundo de mis respetos, llegué a la conclusión de que el Corán es una readaptación de la Torah a la mentalidad ismaelita, a la mentalidad de las tribus del desierto a las que Israel les usurpó su progenitura patriarcal mucho antes de que el judaísmo fuese un proyecto religioso. Y todo ello sin salir del imaginario colectivo de una de las naciones más antiguas del mundo: la semita.

El Islam es tardío, muy tardío. Coincidente con la decadencia del Imperio Romano de Oriente y venido a poner orden moral en una efervescencia de tribus guerreras, politeístas, que hacían de las arenas del desierto el mar más peligroso de la Tierra y sus rutas comerciales de las más temidas. No en vano, Mahoma adoptó como bandera propia el verde oliva, el árbol sagrado de los semitas, símbolo de paz y prosperidad desde tiempos diluvianos y toda una declaración de intenciones para el “caudillo” de un despertar ismaelita que no tardaría en encontrar una sangrienta reacción a su modelo social de “inspiración divina”. Por entonces, en Iberia, tras ríos de sangre inocente derramada, los visigodos abandonaban su arrianismo natal rendidos a la evidencia política de una muy mayoritaria población hispanorromana, católica, a la que estaban muy lejos de dominar pese a la ferocidad de su feudalismo gótico. Así las cosas, no tardarían en poblar Hispania los señoríos y regalías de obispos guerreros. Sería cuestión de poco tiempo.

Cuando en el año 652 Mahoma sale de Medina con un buen puñado de fieles procesionando tras la bandera blanca del Islam (adoptada por Occidente como bandera de paz) y recogiendo a multitud de acólitos por el camino, en peregrinación a La Meca para emular tantos antiguos pasajes bíblicos de profetas semitas anatemizando la idolatría como la peor blasfemia al dios único y verdadero – la Kaaba no es una roca negra, realmente es un templo politeísta, sellado y vestido de negro por el Islam como “sepulcro del pecado” al que el buen muslim debe acudir a purificar sus pecados de corazón –, los príncipes de La Meca encabezaron una coalición de tribus que salió a su encuentro, los sitió en el Monte Arafat y obligó a que Mahoma pronunciase por primera vez la palabra “yihad”, la guerra santa, la defensa militar de la fe a la que las circunstancias les obligaban, es decir, la legitimidad de la violencia en defensa propia. La yihad nació para defender a los musulmanes, no al Islam.

59 años después de aquella victoria, los musulmanes alcanzaron Tarifa tras la caída del califato omeya de Damasco y, aparte de un Islam que seguro se parecía en lo práctico bien poco al actual, reintrodujeron en Hispania, desde La Cesarea (actual Siria), el mismo ideal bizantino (grecolatino) que perduraba en el protectorado hispano que ocupaba las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería, con porciones importantes de Jaén y Murcia. 40 años después, los francos financiaron las marcas hispánicas pirenaicas, ocho señoríos guerreros que, aparte de contener a los musulmanes por los pasos centrales de los Pirineos, servirían a Iberia de impermeabilizante contra la profunda negritud social que supuso la Edad Media europea: “Europa” acababa donde ellas; lo cual no quiere decir que nuestra Edad Media fuese un estado social deseable, todo sea dicho.

Se nos olvida, pues, que aquella Europa sangrienta, ignorante, supersticiosa y feudal promovió tres cruzadas a Tierra Santa sin otro ánimo que exterminar al Islam en “nuestros lugares sagrados”. Se nos olvida, malintencionadamente, que la mal llamada Reconquista contó con cuatro bulas papales de cruzada – lo que en sí mismo equivale a convertirla en la madre de todas las cruzadas –, alimentando a una insaciable aristocracia clerical, guerrera, que abusaba del púlpito y de la espada por igual. Se nos olvida que nuestro catolicismo, “religión del amor”, promovió una secular y sangrienta persecución de judíos llegados a la Península mil años antes que el propio cristianismo y que, por tanto, con los musulmanes no iba a ser menos. Se nos olvida, porque la memoria del vencedor es así de selectiva, que los andaluces desconocemos nuestra lengua vernácula, el Mozárabe – idioma hablado y escrito, con relevancia económica y diplomática, que duerme el sueño de los justos en las estanterías de la Escuela de Traductores de Toledo –, porque el renacimiento español se construyó sobre la base doctrinal católica del genocidio, la limpieza étnica, el crimen de Estado y el destierro en régimen de semiesclavitud, es decir, NACIONALCATOLICISMO, en demasiadas ocasiones mediando interesadas denuncias falsas sin más objeto que ganar en subasta los bienes confiscados a moriscos y marranos (cristianos judaizantes). Se nos olvida, en definitiva, que la vieja Europa es un charco de sangre e inmundicia moral del que nos salvó la Ilustración, en fecha tan tardía como el siglo XXVIII y con no poco sufrimiento.

Se nos olvida, deliberadamente, cómo el imperialismo mercantilista europeo atenazó a toda la nación semita y la mantuvo anclada en la Edad Media a sangre y fuego. Se nos olvida, dolosamente, que ese mismo imperialismo occidental ha financiado y consentido, cuando no promovido, el enrocamiento de reyes y príncipes en una perpetua Edad Media de petrodólares y etnocentrismo religioso que tarde o temprano ha de estallarnos en la cara. Se nos olvida que el actual Estado de Israel, de promoción y fundación terrorista, es un pésimo ejemplo de geopolítica occidental y una razón de inestabilidad permanente en una de las regiones históricamente más inestables del planeta. Se nos olvida, en definitiva, que al-Qaeda fue el fruto podrido del voraz imperialismo USA en la región, como se nos olvida que, cuando quiere, Occidente, erradica manu militari al elemento, grupo o país que le viene en gana, y le da lo mismo Bin Laden, que al-Qaeda, que Irak….. Y, por supuesto, se nos olvida que una parte creciente de la comunidad islámica española está constituida por españoles conversos.

Menos mal que el obispo de Roma, soberano del Vaticano, esta pasada primavera exigió la laicidad del Estado, lo cual, bienvenido sea aunque llegue con 2000 años de retraso respecto a la máxima nazarena de: “dad a Dios lo que es de Dios, y a César lo que es de César”. Eso me ha hecho asimilar este nuevo término pretendidamente de izquierdas, la ISLAMOFOBIA, con aquella ponzoña aldeanista de la CATALANOFOBIA acuñada por el clan Pujol, y su corte, para enmascarar la palmaria HISPANOFOBIA – complejo entramado de sentimientos negativos hacia todo lo que pareciese español – en que el aldeanismo catalán viene cifrando su ganancia política desde 1978 a esta parte: la emasculación de la educación pública catalana hasta la triste condición de centros de adoctrinamiento de nuevas generaciones de españoles visceralmente antiespañoles. Ellos no han necesitado entes específicos como las ikastolas jeltzales, la inmersión lingüística y los complejos nacionales les ha bastado para conseguirlo.

Hoy, tras el atentado de La Rambla barcelonesa, con los golpistas catalanes usando desde las instituciones la memoria de las víctimas y el sufrimiento de sus familiares en beneficio de su estafa social, mancillando el buen nombre de Cataluña y despreciando al terrorismo islámico que les golpea, mientras ellos mismos sostienen a los desbocados cachorros de su negocio que tan entusiastamente comprenden y jalean ese terrorismo islámico cuando golpea a otros, yo estoy padeciendo un inesperado ataque de memoria. Así he recordado cosas como que: ETA nació en un seminario, la curia vasca, como la catalana, ha sido entusiasta expendedora de legitimidad aldeanista y el terrorismo español perpetró en Barcelona el atentado de Hipercor, un hecho verdaderamente dantesco protagonizado por las amistades peligrosas que tanto frecuentan los próceres del separatismo catalán, ese terrorismo hispano que parece menos terrorismo porque es nuestro y porque el sanedrín de la izquierda reaccionaria española ha bautizado a sus caudillos como hombres de paz.

No, yo no transijo. Aquí no hay más espacio posible que el Estado de Derecho, por muy debilitado que lo tenga esta aristo-burocracia política, tan necia como voraz, que está más pendiente de no cambiar su sillón por una celda que en justificar medianamente su costoso ritmo de vida. Así que, todo lo que ocurre tiene una razón histórica que nos señala a todos como corresponsables de los hechos, la sangre inocente sólo debe caer sobre la cabeza del asesino desalmado y los musulmanes de todo el mundo deben comprender que su problema sólo comenzará a tener arreglo cuando ellos hagan como aquellos miles de vascos de bien que un día ocuparon sus calles gritando ¡basta ya! y se encontraron con el eco de millones de gargantas de toda España que les respondió ¡no son vascos, son asesinos! Para colmo, mis mayores me enseñaron que las personas, vengan de donde vengan, sólo pueden gustar de una en una; y la vida me ha demostrado que todo el mundo es intrínsecamente bueno, hasta que comenzamos a movernos en compañía.

La respuesta sólo puede ser social y ha de comenzar por los principales damnificados de esa problemática: los propios musulmanes. Mientras los musulmanes no paguen el precio que los europeos pagamos para librarnos de nuestros demonios: intransigencia religiosa, xenofobia clasista, populismo fascista, etc. que edulcoraban la ponzoñosa realidad de una sociedad democrática a medio cocinar, su existencia va a servir de excusa para que iluminados, resentidos y psicópatas de pelaje vario articulen justificaciones de sus desmanes desde dogmas de fe que, por cuanto que dogmas de fe, encierran en su naturaleza ser razones indemostrables. Yo sólo puedo decirles que la yihad, como guerra defensiva, les obliga a revolverse justo contra aquellos que los quieren dominar a su antojo haciéndoles corresponsables de su iniquidad y su codicia: los principados arábigos, con su obsceno boato; los ulemas e imanes que nada pierden con el conflicto, pero que tanto poder ganan generándolo y gestionándolo; los usos y costumbres medievales que establecen inhumanas desigualdades en el seno mismo de la familia nuclear….  Los mismos demonios que vencimos los europeos y que nuestra acomodada desmemoria puede volver a liberar de sus cadenas.

¡Shalom haberit!, ¡salam alaik um!, ¡pax vobiscum!

¡Carpe diem!

essai6811

Es muy propio del Occidente democrático actual acuñar ampulosos términos sociopolíticos para todo; tal es nuestro grado de consumismo que nos movemos según etiquetas sin detenernos a discernir lo que es un hallazgo intelectual, rara avis, de una ocurrencia modal o una necedad sibilina. Así pues, como en la épica decadencia del Imperio Romano, asistimos cada día con mayor frecuencia al acuñado de necedades sibilinas que tienen por objeto aislarnos de los problemas reales por la vía rápida: simplificamos una cuestión, buscamos un culpable que se ajuste a dicho simplismo y, por último, enquistamos esa culpa en el imaginario colectivo como los cerdos enquistan con deposiciones calcáreas los huevos de triquina. Ojos que no ven, corazón que no siente.

En mis tiempos universitarios, durante uno de mis ratos de lucidez, tuve a bien adquirir un facsímil del Corán, pues me pareció imperdonable que un andaluz, que en razón de su…

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