La diáspora vasca (V). Experiencias de un periodista. Texto de Eugenio Narbaiza

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“Tampoco puedo olvidar aquellos funerales en la parroquia de los padres agustinos de Bilbao, junto al Gobierno Civil de la provincia, en donde se realizaba el funeral y a todo correr, casi sin la serenidad necesaria, se metía el cuerpo del finado en un coche fúnebre que salía a todo correr hacia el destino en donde el servidor del orden asesinado, recibiría la cristiana sepultura con el amor y el cariño de sus seres queridos”.

Hoy en estos capítulos de LA DIÁSPORA VASCA, toca hablar de experiencias personales como periodista con las FCSE destacadas en la Comunidad Autónoma. Antes de relatar alguna de éstas, sí quiero significar que mi opinión sobre ellas es la mejor posible, inmejorable, puesto que considero que han sido desde la década de los 70 unos héroes silenciosos abnegados con su trabajo, cargados de responsabilidad y con una vocación de servicio digna de admirar y que resumiría con dos palabras: LES QUIERO.

Ser Guardia Civil o Policía Nacional en el País Vasco no era nada fácil, teniendo en cuenta que, en la mayoría de los casos, su procedencia era de lugares muy alejados a esta comunidad autónoma, con un claro desconocimiento de la realidad de la misma, tanto en núcleos rurales como en las tres capitales de provincia. Al llegar al País Vasco se encontraban en acuartelamientos no demasiado bien acondicionados donde, además de trabajar, prácticamente convivían las 24 h del día tanto con sus compañeros como con sus familias, sin tener la libertad necesaria que necesita cualquier ser humano, para moverse o distraerse, o tener una convivencia normal con sus familias. El ambiente en el que se desenvolvían era generalmente de hostilidad hacia ellos, mezclado con un cierto miedo a tener tratos personales tanto de ellos con la sociedad, como de la sociedad con las FCSE, puesto que existía una desconfianza mutua propia de una situación dominada por la existencia del terrorismo y por un nacionalismo excluyente que les rechazaba completamente.

Para ser sinceros, el trato con los miembros de las FCSE era escaso también por parte de los periodistas, dado que en aquella época apenas había sindicatos policiales tanto de la Guardia Civil como de la Policía Nacional, por lo que generalmente se tenía un contacto directo con ellos y sus familias cuando se producían atentados y en los posteriores funerales.

En estas circunstancias, resultaba complicado separar el ser periodista de la condición de persona, cuando después de producirse el atentado en cuestión, llegaba la familia del finado a la capilla ardiente. En muchas ocasiones venían de Jaén, Córdoba, Cádiz, Sevilla, Badajoz o Cáceres, aunque había ocasiones en las que la familia era de otros lugares.

Cuando me vienen a la mente aquellos recuerdos, todavía me asaltan las lágrimas al ver esas madres, mujeres o hermanas, vestidas de luto riguroso frente al cadáver de su familiar, sin entender nada de lo que estaba pasando y ante cientos de personas que les venían a dar el pésame, incluidos políticos que acudían de manera expresa desde Madrid. Tampoco puedo olvidar aquellos funerales en la parroquia de los padres agustinos de Bilbao, junto al Gobierno Civil de la provincia, en donde se realizaba el funeral y a todo correr, casi sin la serenidad necesaria, se metía el cuerpo del finado en un coche fúnebre que salía a todo correr hacia el destino en donde el servidor del orden asesinado, recibiría la cristiana sepultura con el amor y el cariño de sus seres queridos.

En esas ocasiones, conversando con ellos, es cuando nos contaban parte de las penalidades que estaban pasando tanto en sus actos de servicio como en su vida personal y siempre reclamando la necesidad de mejorar sus medios materiales de trabajo, bien fueran vehículos, armas o las condiciones en las que se encontraban en sus acuartelamientos. Estos lugares fueron mejorando con el tiempo, porque fueron modernizados y construidos nuevos cuarteles, pero en realidad se convirtieron en una cárcel de oro para los guardias, teniendo en cuenta que dada la situación política y riesgo de atentado ni tan siquiera salían del mismo en sus ratos de asueto.

Por otra parte, el hecho de haber prestado servicio en el País Vasco, tenía consecuencias para estos hombres, puesto que en algunos casos, a causa de la gran tensión existente por razones personales y profesionales, adquirieron ciertos problemas que más tarde se conocieron como “síndrome del norte” y que no solo era una enfermedad propia de las FCSE, sino que estaba generalizada entre las víctimas del terrorismo y los amenazados que terminaban abandonando el País Vasco para fijar su residencia fuera.

Las CFSE han sido y son sin lugar a dudas uno de los garantes del estado de derecho, de nuestras libertades y como suelo decir, los guardianes de nuestra democracia. Ellos dan todo a la sociedad sin que conozcamos su sacrificio, su trabajo y sus dificultades para desempeñarlo, con poca compensación por parte nuestra, ya que actualmente resulta lamentable el estipendio que reciben por su servicio, discriminado en comparación con otros cuerpos dependientes de comunidades autónomas, a los que también hay que reconocer, felicitar y apoyar, como es el caso de los mossos de escuadra catalanes en su intervención durante estos atentados de Barcelona o Cambrils, quienes se han comportado como valientes servidores del orden, a pesar de sus jefes políticos y también, cómo no, a ese cuerpo de la Ertzaina cuyo mejor valor son sus profesionales y el trabajo que realizan cada día.

Me permitís terminar repitiendo a las fuerzas de seguridad de mi querida España algo importante? LES QUIERO, OS QUIERO.

 

Blog de Carmen Álvarez Vela

“Tampoco puedo olvidar aquellos funerales en la parroquia de los padres agustinos de Bilbao, junto al Gobierno Civil de la provincia, en donde se realizaba el funeral y a todo correr, casi sin la serenidad necesaria, se metía el cuerpo del finado en un coche fúnebre que salía a todo correr hacia el destino en donde el servidor del orden asesinado, recibiría la cristiana sepultura con el amor y el cariño de sus seres queridos”.

Hoy en estos capítulos de LA DIÁSPORA VASCA, toca hablar de experiencias personales como periodista con las FCSE destacadas en la Comunidad Autónoma. Antes de relatar alguna de éstas, sí quiero significar que mi opinión sobre ellas es la mejor posible, inmejorable, puesto que considero que han sido desde la década de los 70 unos héroes silenciosos abnegados con su trabajo, cargados de responsabilidad y con una vocación de servicio digna de admirar y que…

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