VIOLENCIA

IMGP5025

Essaí – 13 de Agosto de 2017

 

            Los procesos degradadores de las ideas, en Política, son lesivos por dos vías: la indiscreta, que encumbra victoriosos en las instituciones del Estado a elementos intelectualmente viciados, normalmente por las exigencias instrumentales de sus propias ansias de poder, y la discreta, esa sórdida penetración social de la anterior que normaliza todo aquello que no tiene razón de existir, pero que viene promovido y alimentado por todos aquellos que viven de la necesidad de que exista. Tal ocurre con la violencia de género.

            Bien mirado, la violencia de género es una redundancia, pues si algo sabemos del Hombre es que el género Homo ssp. ha sido siempre de todo, menos pacífico. Hablar de violencia de género es, pues, recordarnos que la peligrosa naturaleza humana es muy propensa al recurso violento, a sustituir la dialéctica por el atropello y la saliva por el reguero de sangre; por consiguiente, denominar así a la violencia cada día más visible, y por tanto más preocupante, en el seno de una familia “tradicional” aparentemente en crisis, es de una bochornosa ligereza que debería sonrojar a cualquier demócrata con un mínimo de motivación social e higiene intelectual.

            De siempre se ha dicho que “los palos de la mujer envenenan como los palos del varón descuadernan”, poniendo nuestros mayores de manifiesto, con este aforismo, dos cuestiones: primera, que la violencia en el seno de la familia, cercana o extensa, es tan antigua como la propia Humanidad; y segunda, que la violencia femenina es de carácter psicológico como la violencia masculina es crudamente física. No en vano, cualquier biólogo podría justificar ese sesgo sexual en la violencia conforme al divergente diseño fisiológico de la mujer y el varón, ambos seleccionados, desde hace millones de años, para un perfecto ajuste individual a la estrategia ecológica general de una especie de naturaleza social, cooperativa y con división de funciones, tanto en razón de sexo como en razón de edad, que una cosa jamás existió deslindada de la otra.

            En ese contexto, debemos a los paleoantropólogos el desconcertante hallazgo en Tanzania de las “huellas de Laetoli”, el rastro fósil del deambular sobre un lecho húmedo de cenizas volcánicas de un macho, una hembra y una cría de seis años de Australopithecus, en ese riguroso orden de marcha, hace 3,6 millones de años; es decir: ya los antecesores de la Humanidad, sin ser humanos estrictos, basaban en la familia nuclear (padre, madre y prole) la garantía de la viabilidad de toda la especie, pues al tratarse de la unidad mínima de reproducción social y económica biológicamente útil, por sí misma podía constituirse en la regeneración de toda una población humana sucumbida a cualquier hecho catastrófico de esos que han menudeado tanto a lo largo de la historia geológica de Gaia. No en vano, esa misma estrategia, con variantes propias, la despliegan todas las especies sociales del planeta, desde los elefantes a las hormigas, tanto como estrategia colonizadora de nuevos espacios como estrategia protectora frente a imponderables ecológicos de la existencia.

            Sin embargo, a finales del siglo pasado, nuestra posmoderna “izquierda histórica” descubrió la familia tradicional como un compendio, un tarro de esencias, de todos aquellos elementos burgueses que más odiaba, comenzando por la religión sólo porque todas las religiones son grandes defensoras de la familia. Se negaba a ver esa izquierda en proceso de desnaturalización que todas las religiones, principiando por el poderoso catolicismo y como realidades de poder, son defensoras a ultranza de la familia nuclear por la misma razón que los rojazos de salón la odian como a la bicha: la familia nuclear continúa siendo, pese a uno y a otros – incluso pese a los nuevos formatos de familia legal, muy respetables, por cierto –, la unidad mínima de reproducción social y económica biológicamente útil. Por eso mismo todos se la quieren apropiar, pues dominar a la familia nuclear es dominar al Hombre.

            No nos extrañe pues que, atavismos socioculturales aparte, una sociedad cada vez más violenta vaya a inspirar una familia nuclear cada vez más violenta, en una retroalimentación social perfecta de la que sólo puede esperarse una escalada de violencia cuantitativa y cualitativamente mayor, con el paso del tiempo, si entre todos los humanos del planeta no ponemos remedio; porque el funcionamiento ecológico de la propia familia nuclear, además de ser una razón más de diversidad cultural y, por ende, de capacidad de adaptación añadida, es precisamente alimentar socialmente a una especie que automáticamente retroalimenta la dinámica interna de dicha familia nuclear que le es parte indisoluble. Y da igual si la familia es normalizada, homosexual o monoparental, pues en memética, el sexo biológico es puro ornato de la persona; en memética, es el rol social el que cuenta y, cuando alguien ocupa activamente un papel social concreto, ya es presa de sus ventajas y desventajas hasta el fin de su existencia o desgracia que lo remedie.

            Pero no, hablamos de violencia de género desde el punto de vista literario, femenino versus masculino, reproduciendo contumazmente una disparatada idealización romántica de nuestra existencia, pura filosofía de la autocomplacencia, mera melancolía de un tiempo mejor que jamás existió, que se encuentra en la raíz misma de todos nuestros males posmodernos; y quizá el más nocivo de todos ellos, motor y combustible de muchas carreras políticas sin más mérito que el oportunismo del sofisma sensiblero, ha sido homologar el término de violencia de género con un tipo muy concreto de violencia que puede reconocerse en el género Homo desde la noches de los tiempos: el supremacismo físico del macho sobre la hembra, con todos los mecanismos fisiológicos que puedan explicarlo y motivarlo; pero claro, eso le complica la conciencia a nuestra degradada izquierda histórica, porque presupone, necesariamente, reconocer que es parte indisoluble del supremacismo: del adulto sobre el niño y sobre el anciano; del rico sobre el pobre; de la mayoría sobre la minoría; de la norma sobre la excepción….

            Yo me niego a ello por más tiempo. De reconocer legalmente una violencia de cercanías por las propias limitaciones intelectivas del Hombre, que le empujan a tener que parcelar la realidad para poder comprenderla mejor, a lo sumo estaría dispuesto a reconocer una violencia intrafamiliar así, en crudo y en basto, capaz de inspirar una ley específica que proteja a la familia nuclear frente a la inaceptable violencia interna y externa que contra ella se ejerce y que sancione todas las formas de violencia por igual, sin distingo de sexo, procedencia, edad, etc.; pero eso sí, una ley con un exhaustivo elenco de agravantes de hechos como, por ejemplo, la supremacía física del varón sobre la mujer; mas una ley ecuánime y desacomplejada que proteja a la víctima frente al victimador y que, desde luego, cuente con los medios humanos y materiales para que sea una ley eficaz y efectiva, luego una ley con un marcado carácter preventivo. Ya, si eso, un sistema educativo digno de llamarse tal haría mis delicias, debo reconocer…

            O sea, que necesito una izquierda centrada, sensata y desacomplejada que intente dar respuesta legal a los problemas de la sociedad; y no esta mala caricatura de izquierdas especializada en generar un nuevo problema legal que añadir a cada drama social al que se acerca en busca de réditos electorales. Eso no es izquierda, eso es peligrosa necedad de modismos virales.

            ¡Carpe diem!

 

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