NACIÓN

IMGP5025

Viernes, 31 de Julio de 2017 – Essai

 

            Ya dije en su día que el Renacimiento fue una tremenda cosa. Con su antropocentrismo militante e inventos como la imprenta, no tardaría en dar un sentido nuevo a hechos como la erudición: “lectura varia, docta y bien aprovechada”, e incluso nos abocó al nacimiento de las ciencias experimentales, que vendrían a gozar de un lugar excepcional en la percepción de la realidad que tiene cada generación del Hombre. Así pues, nunca mejor dicho, “el verbo (palabra) se hizo hombre y habitó entre nosotros”; pero tanto uso y abuso de las palabras, inevitablemente intencionado, principió por borrar del acervo cultural humano el gran poder que las mismas tienen y, así, jamás la Humanidad ha masacrado tanto y tan obscenamente como desde el Renacimiento a esta parte, y siempre por mor de grandes palabras.

            Una de esas grandes palabras, agigantada durante el romanticismo, ha sido el vocablo nación: “acción y efecto de nacer”, pues quizá sea el acto más transcendente que realice el ser humano antes de morir. Así pues, todos nacemos de nuestra madre con el concurso de nuestro padre, evidentemente miembros de nuestra nación, y compartimos ese mismo hecho incontrovertible  con nuestros hermanos, dada la inevitable coincidencia nacional de nuestras biografías; pero eso, tan prosaicamente inexcusable para el neonato, comienza a tener consecuencias indeseables en cuanto nuestra naturaleza humana, matrilineal y patrilocal, le añade durante nuestro desarrollo los hechos totémicos de: el linaje, pues la nación es sencillamente extensible por consanguineidad tanto a nuestros antepasados como a nuestra generaciones por venir; y el territorio, ese paisaje de cercanías que durante nuestro desarrollo oficia de escenario de nuestras filias y fobias personales representadas como teatro de la vida.

            Ahora bien, esa erudición, llevada hasta las últimas consecuencias por aquel revolucionario invento que fue la imprenta, consiguió con el tiempo que toda la Humanidad fuese colonizada por su bestia oculta, la exégesis: “explicación, interpretación”, construyendo así una sociedad humana en la que el individuo interpretaba su realidad cercana y lejana, y la interpreta, sobre la base de interpretaciones ajenas, más o menos afortunadas, a las que automáticamente convierte en premisas: “señales o indicios por donde se infiere algo o se viene en conocimiento de ello”. Con el tiempo, el uso y el abuso de las palabras, la acumulación de premisas erróneas en nuestras tristes vidas, actualmente amplificada ad infinitum por internet y televisión, además de vaciar a la palabra de todo su poder etimológico, ha hecho posible que construyamos una realidad paralela en la que lo más normal es que una cosa y su antítesis puedan coexistir constructivamente en la misma frase como, por ejemplo, la ocurrencia de la nación de naciones, algo así como un color de colores, pero con inquietante carácter de cortina de humo o de venda en ojos ajenos. Porque hoy día, las palabras sólo son ya meras notas en la desquiciada partitura cacofónica de todos los que tratamos de defendernos de la realidad construyendo nuestras propias realidades paralelas.

            Porque hablar de nación en sentido amplio, lo cual se ha vuelto últimamente algo extremadamente gratuito, entraña asumir una comunidad de linajes y paisajes que en ningún tiempo fue definible desde el Poder, por más que éste siempre haya estado entregado a invocarla con fruición en defensa y justificación de sus intereses espurios; por eso, históricamente sólo se han podido reconocer naciones en función de que lo admitiese o no el vecindario nacional, ese mismo que comparte la necesidad y el poder de ser reconocido como tal. Porque las naciones no son más que hechos culturales derivados de la evolución, en espacio y tiempo, de linajes humanos condenados a reproducirse, solapadamente, en el contexto ambiental de un territorio particular  que, de un modo u otro, ha contribuido a establecer “insularidades geográficas” meméticamente muy homogéneas, aunque poco uniformes.

            Lo queramos o no, las dolorosas reunificaciones nacionales iniciadas en la Edad Media desde la prevalencia de los privilegios aristocráticos no pueden ocultarnos la realidad subyacente: no hay estabilidad nacional si el hecho político-militar no se asienta sobre un hecho social histórico; si los españoles no hubiéramos sido todos iberos, no habría existido poder en el mundo capaz de retenernos bajo una única administración, ni borbónica, ni Austria, ni califal, ni romana: Roma se encontró Iberia, nada más cruzar el Río Ródano, y se la anexionó en bloque bajo el patronímico de Hispania; Hispania dejó de serlo, sin cambiar gran cosa, en cuanto los musulmanes la bautizaron como al-Ándalus para dejar constancia de su sustitución en el Poder; y el retroceso califal, como la resaca de una ola, fue dejando un espeso reguero de Españas, permanentemente en guerra entre ellas para clarificar la titularidad única de ese Poder con la llegada de los Austrias; pero el hecho cultural, a poco que uno mire bien, ha sido precisamente el culpable último del asentamiento y perpetuación de ese poder sobre la base de una memoria social que trasciende en mucho a las manipulaciones históricas. Es por eso que yo, que sólo reconozco para nuestra especie una cultura, la Humana, comprendo que el devenir de los tiempos haya posibilitado la expresión regional de la misma según grandes tradiciones diferenciales que, como tales, mal que bien han acabado estabilizándose como Estados nacionales internacionalmente reconocidos.

            Comprendo también que la derecha burguesa decimonónica reivindicase fervientemente los derechos locales, de origen feudal, para garantizarse cuotas de poder que el Estado centralista estaba a cada generación menos dispuesto a compartir; pero que ciertos sectores políticos autoproclamados de izquierdas justifiquen ahora identidades territoriales de pureza de sangre, ideológicamente idénticas a credos deleznables como el que inspiró la superioridad aria nazi, es querer retrotraernos a tenebrosas épocas de nuestra historia de minorías con derechos de pernada sobre mayorías esclavas de la tierra. Y eso, además, va contra natura de una Humanidad cuya naturaleza es matrilineal en lo social y patrilocal en lo territorial, pues confiere ambas titularidades políticas, siempre, a un elemento legendario patriarcal que en sí mismo representa la superioridad de unos linajes humanos, teóricamente puros, sobre otros, impuros, desde el sentimiento de pertenencia a una identidad xenófoba e inhumana que, para colmo, sólo es alcanzable por sectores muy minoritarios, profundamente endogámicos, cuyo sentido social no va más allá de mero calor de horda.

            Yo, que soy de izquierda desacomplejada, luego social y consecuente, soy español porque mis padres me legaron una Constitución democrática en la que no hay más patriarca que el Estado de Derecho que de ella emana; y aún así, reconozco que mi nación, Iberia, trasciende culturalmente a dicho Estado en razón de la propia diacronía histórica de repartos de poder entre élites que, cuanto más apelaban a la nación, más buscaban justificar la supuesta prevalencia de sus linajes en razón de cuna, de credo o de cuenta corriente. Así que, de querer hacer coincidir mi Nación con la nación política que me permite vivir con la suficiente paz social para intentar ser yo mismo, es decir, con el Estado de Derecho que me reconoce como ciudadano libre, no como súbdito alienado, no me queda otra que procurar negociar con portugueses, y quien se tercie, la reunificación nacional en Derecho y no la fragmentación social que persiguen electoralistamente gentes mal llamadas “de izquierdas” y que únicamente intentan ocultar su espuria pretensión de tener una idea del mundo mucho exitosa u oportunista que la del resto de los mortales; por supuesto, una idea del mundo en la que ellos serán el piramidión de la dócil estratificación social abrigan sus retorcidas entendederas.

            No, en absoluto. España, esplendorosa historia aparte, pese a lo que predica tanto indigente intelectual, es desde 1978 un hecho jurídico libre y soberano que alcanzó personalidad jurídica por libre cesión de las titularidades matrilineal, social, y patrilocal, territorial, de nuestros padres a una Constitución política, de marcado carácter social, que sancionó la existencia “patriarcal”, exclusiva e indivisible, de un Estado de Derecho independiente, para colmo, históricamente reconocido como tal por la comunidad internacional. Romperlo es antidemocrático por definición; defenderlo es democrático por imperativo legal; y meter la cabeza bajo el ala a ver si escampa es una gallegada que sólo viene a debilitar aún más al propio Estado de Derecho, persona jurídica que, como cualquier persona, para ser respetable debe, necesariamente, principiar por respetarse a sí mismo.

            ¡Carpe diem!

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