¿CAMBIO CLIMÁTICO?

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Essaí (Pedro José Navarrete) 10/07/17

 

            Como no me canso de decir, lo menos soportable de un radical es que, buscando la raíz de los problemas, necesita definir adecuadamente la problemática, y eso siempre principia por no pervertir las palabras; quizá por eso gozamos los radicales de la mala prensa que tenemos y se nos asimila con maximalistas, extremistas, fundamentalistas e integristas, para provocar la repulsa visceral de la Sociedad y que los ciudadanos libres no paren mientes en nuestro congruente modo de enfrentarnos a la vida con todas sus aristas; y máxime en este mundo posmoderno en que la posverdad ha sustituido a la realidad palpable y sus herramientas de trabajo, la eufemización y el circunloquio, son leña y humo de una hoguera de nuestras vanidades que nos ha devuelto al platónico Mito de la Caverna: todo es lo que parece porque interesa al Poder que así sea. ¡Conciudadanos: estamos en Matrix!

            Y como sangrante ejemplo de lo dicho, traigo a colación el socorrido binomio “cambio climático”, esa cosa ecologera que ha costado décadas de agrios debates científicos y presiones ecologistas para que los gobiernos occidentales se hayan avenido a reconocer, que no a combatir, no sea que nuestras élites económicas se irriten al ver cómo sus cuentas de resultados se resienten en un exiguo porcentaje anual. Y lo traigo porque es un ejemplo palmario de cómo la eufemización “cambio”, en cuanto añade su apellido de casada “climático”, lejos de reconocer una realidad ambiental estremecedora, nos pone de cara a la pared del fondo de la cueva neoliberal imperante y nos inocula la interesada falsedad de que la culpa de nuestras cuitas ecológicas la tiene el caprichoso clima, al que le ha dado la caprichosa repentina de cambiar y nos está cogiendo con el paso cambiado… Y yo me río por no llorar.

            Que lo anterior es falso de toda falsedad se comprueba fácilmente conectando el aire acondicionado de casa y fijándose, durante un rato, en el comportamiento de la bomba de calor: el aparato comienza a expeler aíre minuto a minuto más frío, con el compresor funcionando a pleno rendimiento, hasta que la temperatura baja a un mínimo preestablecido, hace saltar el termostato de mínimas, éste obliga al paro de la bomba de calor y el resto lo hace el ventilador de la consola, reciclando aire enfriado, hasta que la subida de la temperatura hasta un máximo también preestablecido obliga a saltar al termostato de máximas y éste fuerza a la bomba de calor a reiniciar el proceso descrito. Es decir, incluso en el salón de nuestra casa, el clima es intrínsecamente cambio pues clima, por definición, es el conjunto de variables fisicoquímicas que definen el entorno inmediato de cualquier persona o cosa, aunque coloquialmente llamemos clima al conjunto de esas variables respecto al planeta Tierra, nuestra casa común.

            Consecuentemente, y sé que esto me va a suponer el anatema neoliberal, lo que nuestros paternalistas gobiernos denominan cambio climático, traducido a lenguaje de la gente común, el que se habla a las luminosas puertas de la caverna, no quiere significar otra cosa que alteración humana del clima, o lo que es lo mismo: el clima, ese conjunto de variables fisicoquímicas de nuestro entorno terrestre inmediato, ha padecido en espacio y tiempo una evidente alteración cuantitativa y cualitativa, de sus variables, a causa de perturbaciones sistémicas sostenidas, y todas ellas de origen humano; lo cual, además de ser verdad en crudo, presupone un hecho históricamente mensurable y científicamente abordable. Y es curioso, porque visto en perspectiva, que le escuece aún más si cabe a la dogmática neoliberal, la alteración humana del clima es un hecho consustancial al Conflicto Neolítico y la desnaturalización del Hombre que lo acompañó: sedentarización, rápido crecimiento demográfico, aristocratización, imperialismo, desforestación, crematística (Aristóteles dixit: arte de acumular riquezas) y supremacismo, nada que desconozcamos hoy día.

            Pero claro, reconocer esto es un tremendo inconveniente para el neoliberalismo rampante, última vuelta de tuerca del feroz capitalismo decimonónico, pues supone reconocer que la desnaturalización humana, además de desacoplar al Hombre de los ciclos de la Naturaleza que lo sostienen, lo ha llevado a sustituir su economía de especie por una aberrante crematística elitista que no tiene más objeto que su insaciable sed de poder. Que el capital, “conjunto de los medios y bienes de producción” en su definición clásica, es un hecho universal que afecta lo mismo a un átomo que a Gaia, la Madre Tierra, es una verdad incontrovertible; y que dicho capital se resume en un constante balance energético de transformación, de las especies, en base al cual el sistema Gaia decreta su viabilidad ecológica, es una verdad manifiesta que todos deberíamos conocer y acatar, para luego obrar en consecuencia. Sin embargo, confundiendo capital con capitalismo – tanto como confundir a Jesús de Nazaret con el catolicismo –, las élites crematísticas y políticas de la Humanidad han encontrado el mejor modo de justificación de su perpetuación como locomotoras sin las que la masa vagón jamás iría a ninguna parte. ¡Descabellado, a la par que infame!

            Así las cosas, nos hemos autoinflingido un problema muy serio, tanto que nuestra viabilidad como especie está al borde del abismo y el no enfrentarnos al estudio de nuestra economía, como ciencia física, actualmente es un mal menor. La biomasa equivalente a la población humana actual, si pudiera ser traducida a una columna de agua destilada de un m2 de base, partiendo de la superficie terrestre rebasaría la Luna; excuso decir lo que puede suponer hacer otro tanto con la biomasa actual de nuestras especies acompañantes: vacas, cerdos, gallinas, etc., todas sostenidas a costa de los equilibrios ecológicos del Planeta. Añadamos a eso que el emblema del Conflicto Neolítico, la desforestación, lleva operando 9.000 años en Gaia, sin parar, en razón directa a la presión demográfica del Hombre, lo mismo que la acumulación de residuos sólidos, líquidos y gaseosos propios de una demencial estrategia crematística, suicidamente lineal y biológicamente extravagante, que sólo sabe extraer-consumir-acumular-desechar sin tasa ni medida. Y rematemos la faena viendo en perspectiva cómo todo ello ha ido construyéndose con tasas crecientes de desigualdad de acceso de las personas a la redistribución de los excedentes de producción que originariamente se inventaron, precisamente, para prevenir a la Sociedad de la irregularidades cíclicas de provisión de alimentos conforme a la naturaleza cambiante del clima original.

            Y no consuela que algunas mentes pensantes, de esas que el sistema desoye constantemente cuando no las pone directamente en la picota, lleven desarrollando la Teoría del Decrecimiento desde comienzos de este Milenio III, que aquí sólo contemplamos como posible ese pingüe decrecimiento por el que abogaba la ínclita entidad neoliberal Goldman Sachs esta semana pasada: una nueva lucrativa guerra como único medio para relanzar la economía norteamericana y, por ende, esa economía mundial que ellos tan altruistamente contribuyeron a hundir con sus sucios manejos financieros. Claro que, también podríamos pensar que la culpa de cuanto acontece no es tanto de estos elitistas desaforados como de esa inmensa mayoría de ciudadanos hedonistamente acríticos que, además de consentírselo, les aplauden los oropeles de éxito que suponen las continuas cascadas de datos numéricos con las que nos adormecen, verdadero teatro chinesco sobre la pared del fondo de nuestra caverna. Desde luego, debo reconocer que adorar al becerro de oro resulta bastante más entretenido que venerar el trabajo, la cultura y el consumo consciente, además del reciclaje, la reutilización y el autoabastecimiento energético, o la tercera edad del ferrocarril y la reconversión energética del transporte público…. Hasta que se nos venga encima la crisis climática en ciernes y nos tire a la testuz las pétreas tablas de las leyes universales, esas que, mal que les pese a los neoliberales, hasta el más pillo de los mortales está obligado a cumplir.

            ¡Carpe diem!

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