Se hipotecan sueños. El gran día

 

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09/07/17 – Alicia Choin Malagón

Mecachis, nunca aprendería a hacerse el nudo de la corbata. No había tiempo que perder. Llegaba tarde al que probablemente sería uno de los días más importantes de su vida. La llamó para que lo ayudara. Listo, ya estaba. Hasta el último momento… ¡qué haría él sin su madre! Se miró de arriba a abajo en el espejo. Vaya, no había quedado nada mal. Había que reconocer que el traje era precioso. La orgullosa madre no se lo podía creer. Le dio un beso emocionada con lágrimas en los ojos.

En el trayecto no pudo dejar de pensar en cómo cambia la vida, en su infancia, su trabajo, lo que había luchado para que ella se fijara en él… Sí, le había costado, pero al final la había conseguido.
Subió la escalinata nervioso y un poco taciturno. A punto estuvo de dar un traspiés. Abrió la pesada puerta, que no paraba de chirriar, y los vio. Allí estaban todos los que tenían que estar, vestidos también elegantemente para la ocasión. Y por supuesto, allí estaba ella: con actitud solemne, preparada para unirse a él durante, probablemente, muchos años.

A pesar de que era lo que deseaba desde hacía tiempo, le entró miedo. Empezó a sudar y rezó para que ese sudor no se mostrara en la zona de las axilas de la camisa de seda. Le dieron ganas de levantarse y salir corriendo. La volvió a mirar de reojo. Seguía con esa actitud tan segura junto a su padre, que estaba metido muy en el papel de progenitor hecho y derecho, apoyando a su hijo hasta el último momento. Por fin dio el «sí, quiero». Todos los presentes lo felicitaron. Después de la tensión, se le escapó una carcajada. Vaya, su móvil no dejaba de vibrar en el bolsillo derecho. Era Lidia. Puso una excusa y dijo con la más amplia de las sonrisas que los vería en un par de horas en el banquete. Y salió entusiasmado, corriendo, por patas, dejándolos allí, incluido a ella.

Se sentía tan eufórico que no podía esperar el ascensor. Ahora sí que subió las escaleras de tres en tres. Se encontró la puerta del piso entornada. Solo pensar en Lidia y notaba cómo se le derretía el cuerpo; la boca se le hacía agua. Había un gran silencio. ¿Dónde estarían sus compañeros de piso? Va, daba igual, lo importante era que estaban allí ellos dos, solos.

Entró en el dormitorio. Lidia yacía sobre la cama, desnuda, con la sábana estratégicamente colocada sobre sus partes más innobles. ¡Qué hermosa era! Miró el reloj. No disponía de mucho tiempo, pero… No, no podía esperar más. La tentación era demasiado fuerte. En el fondo, había estado toda la mañana deseando besarla, abrazarla, tocarla… «¿La has dejado allí?», le preguntó. «Sí». Lidia estaba muy excitada, lo notaba. Solo hicieron falta unos segundos para que los dos cuerpos se entregaran con toda su pasión.

La alarma del móvil le avisó inquisidora de que tenía que irse. Estaban esperándole en el Palace. Salió corriendo a la calle, todavía con esos ojos brillosos que indicaban que la lujuria había estremecido su cuerpo apenas unos minutos antes.
Por suerte, encontró un taxi libre.

—¿Dónde te habías metido, hijo? —le preguntó su madre,
algo molesta por la espera—. Has estado con Lidia, ¿verdad?
—continuó. Estaba claro, ella sí se había dado cuenta de la
estela que había dejado el deseo en sus ojos.
—¿Dónde está ella? —preguntó Miguel, aún un poco
atolondrado.
—Ahí, en el asiento que hay junto a tu padre.

Se acercó y la abrazó con locura delante de todos los presentes. También estaba vestida para la ocasión. La habían guardado dentro de una carpeta de fina piel marrón. La abrióy la sacó con sumo cuidado. Sí, allí estaba ella, allí estaba su HIPOTECA. Por fin, por fin la había conseguido… Ahora Lidia y él tendrían ese pisito para ellos solos. Ya no sería necesario compartir vivienda con un vaivén continuo de estudiantes.

Al fondo del comedor se escuchó un irónico «Vivan los novios».

 

      Se hipotecan sueños – Relato corto: El gran día – Publicado en Esdrújula EdicionesEsdrújula

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