PERPLEJIDAD

 

 

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Essaí: 25 de Junio de 2017 

 

            Este año en curso está siendo verdaderamente fructífero en contradicciones históricas, con pueblos acomplejados de serlo y aldeas jugando a ser pueblos que jamás fueron; y con cada destello de luz en las tinieblas, parece que éstas se tornan cada vez más densas a nuestro alrededor. Me refiero, por ejemplo, a que meses después de la insospechada petición de laicidad del Estado, por parte del Papa de Roma, lo que en sí mismo supone ya el abandono vaticano de un modelo político contrario a las propias enseñanzas de Jesús, una televisión cordobesa, financiada por un jeque wahabita saudí, pugna a diario para inculcarnos un modelo social universalista, según parece, pero anacrónico incluso para el pasado histórico de la propia nación semita de la que los árabes sólo son un pueblo del desierto.

            De cualquier modo, lo que los árabes hagan en Arabia me puede preocupar, pero nunca me va a ocupar a no ser que el mundo cambie y yo me vea con responsabilidades que ni busco ni espero; pero que un jeque árabe, por muy adinerado que sea, reabra sutilmente el melón de al-Ándalus con una televisión de corte “coránico” a un paso de la mezquita-catedral de Córdoba, esa es harina de otro costal de la que espero que nadie quiera hacerme un pan como unas hostias. Hace mucho que me interesé por la sangrienta transición de al-Ándalus a Andalucía y cada día, en el espejo, tengo la posibilidad de contemplar el reflejo de un mundo pasado que muchos intentaron contarnos a su modo, según sus intereses, para así conseguir, precisamente, lo que el avispado telejeque pretende conseguir ahora: ir conquistando una supremacía de sus intereses y su linaje sobre una Nación que hace tiempo que va en pos de otro modelo.

            No hace falta ser un erudito para saber que cuando los romanos cruzaron el Río Ródano por primera vez, su república y no su nacionalidad –el derecho de ciudadanía romana no entendía de sangre ni colores-, supo a ciencia cierta que se encontraba en otra Nación: Iberia. Una nación ibérica tan singular que les llamó sobremanera la atención tres cosas: la devotio ibérica, el peligroso fielato personal que podía llevar a todo un pueblo a seguir a su caudillo hasta la misma muerte; el ideal estético femenino, de mujeres esbeltas y bronceadas en una cuenca mediterránea más propensa al antiguo culto a la fertilidad de las níveas damas mullidas de carnes; y, otra de mujeres, que las féminas iberas intervenían libremente en los asuntos políticos, siendo determinantes en decisiones prohibidas a las “hembras” en el resto de los países recorridos por las legiones romanas. El feudalismo gótico, en primera instancia, y el nacionalcatolicismo que se fundamentó sobre él, después, consiguieron durante siglos de imposición y fuerza darnos un aberrante modelo social parecido al del resto del “mundo civilizado”. Nuestro telejeque habría sido muy feliz en el siglo VIII ibérico, o no…

            Yo, por mi edad, he conocido la costumbre católica de acudir las mujeres a misa con la cabeza cubierta: de un simple maizal, pañuelo de herencia ber-ber en el caso de las más humildes; de una mantilla de encaje, reminiscencia del velo mozárabe, en caso de las féminas más acomodadas; y con rica peineta de carey, reminiscencia de los tocados iberos bastetanos, en el caso mucho más desahogado de las señoras de la burguesía terrateniente. Ahora bien, aunque no diré yo que el lugar político y social de aquellas mujeres fuese mi ideal personal, en caso de que tuviera que volver a nacer, de puertas de casa para adentro no había cuestión divina o humana de la que la mujer no entendiese y en la que no dejase su impronta, en ocasiones, sinónimo de dicho y visto para sentencia; de hecho, de esa realidad hispana proviene el chascarrillo para “machos ibéricos” que todos conocemos tan bien: “en casa siempre mando yo, con el permiso de mi mujer”.

            Que la curia católica, con su secular amancebamiento con los poderes públicos y con el poder que le conferían púlpitos y confesionarios sobre el corazón de personas tan sinceramente creyentes como ignorantes, consiguiera que las mujeres iberas aceptasen un papel social más que segundón con una aparente naturalidad con la que no se adornaban en la intimidad de casa, es razón histórica que justificaría una profunda investigación antropológica, sobre todo, porque abundan los ejemplos históricos de gestas y movimientos que se iniciaron desde el lado femenino de la Humanidad. Ahora bien, que en pleno s. XXI, tras casi cuarenta años de Constitución social y dos décadas de negocio político a costa de la igualdad – porque carreras políticas ha alumbrado la cuestión de género muchas más de las esperables desde el estado actual de la igualdad mujer/varón –, que un jeque extranjero, por muy jeque que sea, venga a ampararse en nuestro Estado de Derecho, garante de su libertad de expresión, para así construirse un púlpito dorado desde el que predicar contra el fundamento de ese mismo Estado de Derecho, es un extremo que yo no pienso admitir. Y comprobar que haya elementos que se temen de “izquierdas” que apalean monjas y queman capillas mientras rinden pingüe pleitesía a cierto Islam, ya es que me subleva.

            Pero, claro está, uno no hace lo que quiere, sino lo que los demás nos dejan hacer, y es así que uno entiende cómo estas barbaridades altomedievales vuelven a gozar de predicamento y protección en una España, acomplejada de sí misma, socavada por una presunta izquierda, resentida e indocta, que suele usar ese descrédito infundado para distraernos de las imágenes sociopolíticas que no pueden explicar, es decir, todas aquellas que les dejan las vergüenzas al aire en cuestiones como el laicismo del Estado, la igualdad efectiva entre ciudadanos (no sólo entre sexos), la violencia machista, la precarización educativa y la degradación del espíritu crítico ciudadano que en tan alta estima tuvieron durante su despertar revolucionario, allá por el s. XIX. Porque es curioso comprobar que la única izquierda real existente en España hoy, el resiliente UPYD, vive acomplejado a causa de los pésimos ejemplos de izquierda que hay a su alrededor, y por eso evita por todos los medios el término; por el contrario, la izquierda que se teme de tal, reaccionaria como nunca, cuando no pare inconstitucionales y antihistóricas plurinacionalidades de nuestra Nación, es que directamente preserva todo lo musulmán mientras ataca todo lo cristiano, lo cual no sé qué es más peligroso.

            Como nazareno de convicción, creo y defiendo con Jesús de Nazaret que “a Dios lo que es de Dios y a César lo que es de César” y, precisamente, me alegro sobremanera de que el soberano del Estado Vaticano haya visto la luz tras 1.800 años de oscuridad política al respecto; como radical de izquierdas – por favor, no confundir con extremista, maximalista, fundamentalista, integristas y otros ladradores a la luna varios –, quisiera que el Estado de Derecho funcionase como es debido y cerrase ese medio de comunicación por apología del supremacismo, en este caso sexual, u cuantas otras figuras legales con las que nuestro estimado telejeque haya estado, está y esté dispuesto a mancillar nuestro marco jurídico democrático, a golpe de petrodólar y en pos de cualquier ensueño o maquinación personal que para sí se puede quedar; y como andaluz, por si acaso, le recuerdo a todo muslim, de esta u otra geografía humana, que España es de los españoles, españoles somos los que acatamos y cumplimos la Constitución de 1978 y nuestras fronteras territoriales son las legalmente reconocidas por nuestros vecinos, por la ONU, por la OTAN y por la Unión Europea y que, por tanto, abrigar cualquier melancólico sueño de requeteconquista son ganas de provocar que hasta las piedras de los caminos se alcen sedientas de sangre.

            Porque, señores de Dar al-Islam: al-Ándalus es de cuantos la hemos construido con nuestra sangre, nuestro sudor y nuestras lágrimas y, en este al-Ándalus, vamos siendo mayoría los que creemos firmemente que, pese a sus defectos, que los tienen, nuestras abuelas, madres, esposas, hijas y nietas valen tanto o más que lo que paren, crían y educan, o sea, que bastante castigo tienen con ser personas que acaban retratándose con la talla humana que acabe pudiendo exhibir el fruto de sus entrañas.

            ¡Alhorría!

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