ORFANDAD ABSOLUTA

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Essaí: 19 de Junio de 2017

 

            Este fin de semana, recién acabado, el PSOE ha celebrado su 39º Congreso Federal con un resultado, al menos en lo que políticamente importa a la Sociedad, que más que resoluciones políticas ha parecido la versión política del entierro de la sardina. Si el canto del cisne del guerrismo fue comulgar amargamente con el abandono de la “O” de obrero, es decir, romper con el marxismo que alimentaba sus posturas y consignas, y el canto del cisne del felipismo fue conseguir el abandono de la “S” de socialista, pero sin poder dejar en su lugar un cohesionado partido socialdemócrata al más puro estilo alemán – los grandes casos de corrupción de la época lo apartaron del poder institucional antes de tiempo –, este último congreso, da carta de naturaleza a una nueva edad psoísta, la del sanchismo, que con su decidida apuesta por la inconstitucional y ahistórica plurinacionalidad de España, no es más que la certificación de que su Partido acaba de perder la “E” de español y, por consiguiente, es una organización política a la que únicamente la asiste ya la “P” de partido hasta el punto de que el inminente Congreso Federal del PSOE-Andalucía nos dirá cuánto de partido está o irremediablemente desmembrado que se encuentra.

            Por mi parte, entiendo que una sindicación de intereses como Ciudadanos, sublimación nacional oportunistamente coyuntural de una partido regional catalán, presuntamente antinacionalista, financiada para ofrecerle al rancio PP una telegénica y neoliberal vía de escape de esa cueva de ladrones que amenaza ruina inminente sobre sus cabezas, pase de socialdemócrata a liberaldemócrata, sin despeinarse, en cuanto ha tenido oportunidad de afianzarse en las instituciones mayores del país, esas que te nutren de pingües subvenciones al tiempo que te dan calor y cobijo al amparo de un PP que tarde o temprano decidirá qué hacer con la bastardía de su vástago naranja; pero me resulta incomprensible que un partido centenario, de amplísima base social y aún nutrido de personas de gran valía intelectual, de hoy para ya, pueda abordar un congreso federal, tan cainita como se quiera, haciendo compatible el canto de “La Internacional” con el parto de ese nuevo dogma de fe de la secta soçias que va a ser, de ahora en adelante, el mantra de la plurinacionalidad de España. Porque puedo entender todas las presiones fácticas, a todos los niveles, para que un partido internacionalista se tire al fango electoral de los nacionalismos periféricos esperando pescar peces donde no hay, porque desde Zapatero a esta parte han venido jugando a eso y lo único que han conseguido es perder cada vez más apoyo social en las regiones atenazadas de nacionalismo; pero no puedo comprender la descomposición intelectual de un ideario centenario que venía a dinamitar fronteras entre los hombres y ahora eso lo quiere hacer compatible con levantar fronteras entre los hermanos. Jamás nadie consiguió la cuadratura del círculo.

            De cualquier modo, esas son vendettas en casa ajena que mejor miro desde la distancia con todo el respeto del que soy capaz, el cual es mucho dadas mis circunstancias personales; porque lo único que verdaderamente me preocupa a mí es la consecuencia inmediata de esa explosión del progresismo español, roja hacia la izquierda reaccionaria y naranja hacia la derecha, reaccionaria por definición, que deja políticamente huérfana a una mayoría social que se corresponde, mayormente, con una cultivada clase media literalmente laminada por las consecuencias prácticas de una profunda crisis económica que es cierto que fue provocada por una crisis financiera internacional, pero que ya no oculta a nadie que vino a poner de manifiesto un cáncer económico nacional, de politización y corrupción, que es la seña de identidad de casi cuarenta años de bipartidismo cañí. Y ese vacío político de desencantados, decepcionados y frustrados en edad de votar, mucho me temo que no lo van a  poder rellenar manifestaciones, asociaciones o clubes de amigos del país, a no ser que todos estos movimientos de fragmentación sociopolítica española estén pensando concurrir a las próximas citas electorales, como agrupaciones de electorales mil, que todos sabemos qué nos traerán con su atomización del voto: el regreso al bipartidismo rojiazul que tanto daño nos está haciendo.

            Yo no creo en las etiquetas políticas por más que la acelerada sociedad actual las necesite para decidir en décimas de segundo su voto o, en su defecto, su renuncia a votar; y no creo porque todas aquellas ideologías de partido, que parecíamos tener tan claras en mente, hemos aprendido en carnes propias, de comienzos de siglo hasta ahora, que realmente eran doctrinas que unos demasiados pocos impartían para el cumplimiento de la inmensa mayoría, luego argumentarios electoralistas y de poder sin más utilidad práctica que la autoperpetuación de cada secta partitocrática y, por tanto, vil engaño que igual sea razón coadyuvante para explicar por qué el PP continúa ganando elecciones pese a todo lo que sabemos que es y representa: la derecha jamás ha mentido al respecto de para qué quiere el poder institucional del país, así que, puestos a elegir a ganapanes y arrebatacapas, mejor elegir a los que les viene de casta y cuna. Empero, repitiendo lo dicho en una artículo anterior, si alguna etiqueta he de lucir para que mis conciudadanos sepan ubicarme en el arco político electoral, entretanto mentes preclaras van reconstruyendo la nueva oferta ideológica de la Humanidad, sin lugar a dudas será la etiqueta de socialdemócrata, es decir, aquel socialista de convicción que ha aprendido que va contra natura concebir la sociedad como un macroorganismo teóricamente uniformable, porque sabe a ciencia cierta, nunca mejor dicho, que cualquier sociedad es el resultado de la suma sinérgica de sus individuos y, por tanto, el progreso de la misma será directamente proporcional al grado de igualdad de oportunidades con que puedan desarrollarse las capacidades individuales de los mismos, o sea, un socialista que ha acabado reconociendo y asumiendo que el capital es al capitalismo lo que Jesús de Nazaret al catolicismo: la excusa perfecta para conquistar el poder.

            ¡Carpe diem!

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