HOMO HUMANUS

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Essaí: 12 de Junio de 2017

 

            Debo este nuevo artículo al cariñoso requerimiento de mi compañero Juan Suárez Guillén, avezado lector que ha sabido hacerme recordar que mis obviedades son mías, por lo que es bueno que las explique mejor a los que no las comparten. Y a ello me entrego con solícita atención.

            Doy por hecho que, para el grado académico medio actual en España, la inmensa mayoría de mis coetáneos saben de qué hablamos cuando usamos el término especiación así, sin más adornos, es decir: una especie determinada, con un área geográfica de distribución concreta, más o menos extensa, se readapta continuamente a su entorno, en el espacio y el tiempo, siempre de individuo en individuo; con tiempo suficiente, subpoblaciones de la misma sometidas continuamente a condiciones regionales divergentes, respecto del tronco común, pueden ver seleccionadas en su seno características divergentes que las distinga como razas geográficas, luego fenotipos diversos que permiten una rehomogenización por simple mestizaje. Ahora bien, cuando por razones geográficas, orográficas o meramente culturales alguna o algunas de las razas de una especie dada quedan aisladas genéticamente, en espacio y en tiempo, llega un momento que aparecen insalvables barreras genéticas – no tienen descendencia en un cruce con otros congéneres o, de tenerla, como ocurre con los mulos, toda la descendencia es estéril, o incluso muere prematuramente – y es cuando hablamos de especies distintas a la especie matriz.

            Esto es en el plano físico, como digo, o genético, en que un gen es una unidad discreta de información biológica útil; pero desde comienzos de este siglo, la Memética nos enseña que un meme es una unidad discreta de información cultural útil y que, lo mismo que la Genética explica la naturaleza de las capacidades físicas de una especie o un individuo para readaptarse a su entorno, la Memética se ocupa de la naturaleza de las capacidades intelectivas, conductuales, de una especie o un individuo para readaptarse a su entorno. De hecho, en todas las especies animales se comprueba con facilidad que el aprendizaje de las nuevas generaciones se realiza en base a conocimientos adquiridos por transmisión memética desde generaciones anteriores, comprobándose que, para una única especie determinada, cada población geográficamente aislada suele presentar una estado cultural relativamente divergente del que pudiera servir de patrón y denominador común para dicha especie. O sea, que cada especie tiene su cultura particular y específica, su singular modo de desarrollo, como cada población de dicha especie acaba con el tiempo desarrollando su propia tradición local, o modo particular de expresar localmente el hecho cultural de la especie.

            En dicho contexto, pues, existe toda una gradación de desarrollo memético de las especies en la que, por supuesto, las especies sociales ostentan el estrato superior de la pirámide y, desde luego, el Homo sapiens, por razones ruborizantemente obvias, se reserva de entre ellas la cúspide, el piramidión. Y cuando digo Homo sapiens me refiero al Hombre actual en su conjunto o, lo que es lo mismo, a toda esta compleja diversidad humana que preda en solitario sobre Gaia desde que nuestra especie hermana, el Homo neanderthalensis, acabase extinguiéndose hace aproximadamente 32.000 años; una especie homínida, pues, que lleva en la Tierra como mucho 150.000 años sin rendir al registro fósil diferencias estructurales dignas de tenerse en cuenta más allá de ciertas desviaciones estadísticas en datos biométricos en ocasiones difíciles de manejar incluso por los propios antropólogos que trabajan a diario con ellos, por más que en televisión y en los libros de texto la diversidad de rasgos y aspectos humanos nos llegue a abrumar al común de los mortales; porque no existe barrera genética alguna entre todas estas morfologías humanas aparentemente tan divergentes y, para colmo, desde la invención del imperialismo guerrero, más aún desde la invención de la navegación ultramarina, todavía más desde la invención del ferrocarril y mucho más si cabe desde la invención de la aviación, la Humanidad está entregada a un mestizaje constante que imposibilita la progresión de cualquier especiación física.

            Sin embargo, cualquier especie es tan presa de su entorno exterior como de su entorno interior, es decir, está tan condicionada en su cultura por el entorno físico como por su corpus etológico (conductual) y, esto último, la condicionará más extensa y más intensamente cuanto mayor sea la capacidad intelectual/social de la especie en cuestión. Así pues, en el caso del Homo sapiens, el que algunos teóricos del pensamiento llaman histriónicamente “Homo tecnologicus”, los condicionamientos intelectuales son tantos y tan intensos, y desde tan antiguo, que puede decirse que desde la Revolución Industrial a esta parte el Hombre prácticamente sólo tiene que readaptarse a sí mismo, a su propia cultura, y, por tanto, a sus credos, sus políticas, sus crematísticas y su creciente hedonismo; lo cual es una verdad a medias fruto de que nuestra percepción del mundo funciona a escala humana, cada década más acelerada, mientras que nuestro entorno (externo e interno) funciona a escalas humana-biológica-geológica superpuestas, como tarde o temprano nos va a dejar meridianamente claro la crisis climática que tenemos en ciernes, de origen humano, y que va a ser la desencadenante final de la primera especiación de origen enteramente memético, luego cultural, de la historia natural de Gaia.

            Que la Humanidad repentinamente se subdivida en multitud de sectas, comunas, organizaciones secretas, etc., a modo de subpoblaciones humanas divergentes es algo que ya está ocurriendo desde el Conflicto Neolítico y que no va a aportar a dicha especiación más que cierto tono de color; porque yo percibo el proceso mucho más deslocalizado, más íntimo, más individual, por regreso consciente de cada vez más personas individuales y anónimas a la esencial social cooperativa de todo el género Homo, a su vez heredada ésta del género Australopithecus. Y es triste, porque lo deseable sería que toda la Humanidad transitase, con el menor dolor posible, desde esta degenerada estirpe de Caín del H. sapiens hasta la más deseable y esperanzadora estirpe del H. humanus; pero eso únicamente sería posible si los gobiernos de este perro mundo pusieran la educación pública como locomotora del tren de nuestro futuro inmediato, sin adoctrinamientos, y diseñasen creativos modelos educativos encaminados a humanizar al educando además de tecnificarlo y, no como ahora, que la tendencia es la contraria: tecnificar a los educandos hasta su deshumanización al más puro estilo de “1984”, de George Orwell, o de “Un mundo feliz”, de Adolf Huxley. Por tanto, sin ánimo de ponerme apocalíptico, debo reconocer que la moda actual abunda en superar el peligroso homo lupus hominii de la Ilustración para acabar consolidando el deleznable homo hyaena hominii de esta Edad de la Posverdad que nos está tocando malvivir.

            Paradójicamente, nuestra última esperanza está precisamente en la Revolución de la Informática y las Telecomunicaciones, que desde el punto de vista memético ha reducido a toda la Humanidad a la condición de un poblado parental y que, consecuentemente, posibilitará que los individuos deslocalizados que vayan transitando a la nueva condición cultural del Homo humanus, interconectados como una red global, se vayan convirtiendo en la reserva humana que consiga prevalecer en este valle de lágrimas cuando la hora de la verdad llegue; porque, así se desertice toda Europa Central y Oriental, como en el anterior período interglacial, o el Círculo Polar Ártico se trague literalmente toda la Cornisa Cantábrica y Los Pirineos, como en la última glaciación, lo cierto es que a esta Humanidad megapoblada y megaestresada le espera enfrentarse a descomunales movimientos migratorios que únicamente podrán traernos ingentes riadas de sangre, sudor y lágrimas. Así lo veo con todo el dolor de mi corazón; pero lo peor es que estamos en un punto de nuestra diacronía apocalíptica en que, cayendo ya al vacío por el precipicio de nuestra soberbia sapiens, únicamente nos queda decidir, persona a persona, si queremos seguir en caída libre hacia el rocoso fondo del abismo o si, por el contrario, continuamos esa dura caída con el paracaídas memético de un cambio radical de paradigma social.

            ¡Carpe diem!

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