¿SOCIALDEMÓCRATA?

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Essaí: 7 de Junio de 2017

 

            Lo más incómodo de un radical es, precisamente, que en su búsqueda de soluciones viables, luego socialmente compartidas, tiene la fastidiosa costumbre de acudir a la raíz misma de los problemas, lo cual requiere: primero, definir objetivamente el problema por encima de intereses y prejuicios personales y/o sectarios; después, aislar la raíz del problema, la causa última de la falla social a corregir; y, normalmente, por último, dada la complejidad social de cualquier cuestión que nos ocupe en la actualidad, de no poder emitir una intervención reformista única, completa, integral, capaz de solucionar dicho problema, atreverse a pergeñar una hoja de ruta, en el espacio y el tiempo, tendente a solucionar dicha problemática, cuanto antes, evitando desmejorar cuestiones anejas que las prisas podrían empeorar. Por eso mismo el radical es persona tan incómoda hoy y siempre: odia los maximalismos, el populismo, el sectarismo, el corporativismo y, en definitiva, todo -ismo particular que impida apriorísticamente la resolución, viable, de cualquier problema.

            Sin embargo, en estos tiempos de cierre definitivo del Renacimiento de la Humanidad, en los que las creativas soluciones filosofales de emancipación del Hombre, respecto de su esclerosante Estado Antiguo, han devenido la muerte definitiva de las doctrinas por pura degradación de las mismas en orden al abuso sostenido de ellas, el Homo sapiens se enfrenta a un cambio de paradigma social de resolución incierta. Resolución incierta porque el llamado Mundo Occidental, mascarón de proa de la Democracia en el Planeta, hace décadas que se entregó a la tentación política de devolver a la ciudadanía a la animalesca condición de súbdita que todavía la encadenaba al arbitrio del Poder de las élites antes de la firma del Manifiesto Comunista. No olvidemos que el primer esfuerzo político del movimiento resultante de aquel “basta ya” ilustrado fue, precisamente, una furibunda lucha contra el analfabetismo popular, el cual imposibilitaba que la gran masa poblacional tomase conciencia plena de su condición social y, consecuentemente, luchase por encontrar su lugar justo en el mundo, siendo inmensa mayoría como siempre ha sido.

            No obstante, pasamos por alto que el Manifiesto Comunista se firmó en pleno Romanticismo europeo y que, como tal, las consecuencias del bastardo desarrollo emotivo-filosófico posterior, de las obras maestras que dieron lugar al dicho manifiesto, no se hicieron esperar: había que romper con el liberalismo clásico, que había dado su ser al propio manifiesto, y así se comenzó a argumentar a la contra en todo lo concerniente al Hombre bajo el sol. En la praxis, los bienintencionados revolucionarios se dedicaron a sustraer al proletariado de su inhumana condición proletaria, creando círculos de solidaridad y alfabetización que fueron acercando al vulgo a la deseable condición de ciudadanos de Derecho conforme lo alejaba, en conciencia, de la animalesca condición de súbditos sin derechos; pero los ideólogos de salón, la nueva élite de los parias de la tierra, esos que siempre alumbran doctrinas pero nunca se manchan las manos con sus consecuencias, diseñaron un asalto al poder que requiso una fractura total y definitiva entre dos posturas ideológicas: el capitalismo, ese becerro de oro sobre el que se enrocó definitivamente la parte “conservadora” del liberalismo, la élite burguesa, frente al proletarismo militante, ese aquelarre de bajas pasiones (populismo) sobre el que se enrocó definitivamente la parte “progresista” del liberalismo, la élite revolucionaria. Y las consecuencias del encarnizado enfrentamiento entre el populismo burgués (nacionalismo) y el populismo proletario las deberíamos tener bien presentes todos nosotros: sangre, sudor y lágrimas.

            Ahora, acuciados por esas consecuencias bajo la losa insostenible de una profunda crisis ambiental, económica y de valores, con la élite política encastillada en unas instituciones desacreditas por su abuso y una sociedad inane encadenada al Poder por el analfabetismo 4K – tan tecnificada y telecomunicada como acrítica y visceral –, asistimos a la tragicomedia de ver cómo el socioliberalismo, la rama liberal que sabe que el individuo se debe a la sociedad, pero que no lo practica, intenta superponerse y dejarse superponer por la socialdemocracia, la rama socialista que al fin ha comprendido que una sociedad no es nada sin el pleno y libre desarrollo del individuo, aunque no sabe cómo afrontarlo. Tragicómico, digo, porque resulta cómico ver cómo lo único que los pone de acuerdo es esa marcada tendencia ideológica de “centro-izquierda” que dibuja la Curva Normal de la distribución estadística de la intención de voto en España. Y dicen: España es sociológicamente de “centro-izquierda” porque la moda de la dicha distribución binomial se sitúa en torno al 4,6 sobre 10, con el valor 5 como centro teórico…. Perdonen que me ría.

            Deberíamos saber que la ideología de una persona – no confundir con la doctrina de un partido – es la proyección integral de todo su ser con todos sus estares y que admite muchas más motivaciones que la mera voluntad personal modulada por la formación académica y la presión ambiental; empero, lo que viene a determinar esa Campana de Gauss, en términos estadísticos, es que la Sociedad está genéticamente programada para escorarse ligeramente hacia la izquierda de la intención política, es decir, hacia el progresismo, porque nuestra especie, SOCIAL, como macroorganismo evolutivo, está programada genéticamente para no estancarse y, pese a la importante variabilidad genética que esa estrategia selectiva comporta, la expresión del carácter “intención de voto”, en términos sociales, sólo va a reflejar senso stricto el compendio final representativo de la sociedad en estudio. España no lleva 40 años siendo de “centro-izquierda” porque tenemos un alelo génico específico para esa opción de voto, sino que lo es porque los españoles somos humanos y nuestra tendencia natural es esa pese a que, circunstancialmente – y normalmente mediante voto de castigo a la izquierda, además dimisión electoral del votante de izquierdas –, se le otorgue el poder gubernativo a la derecha.

            Pues bien, ni socioliberales declarados ni socialdemócratas felizmente encontrados a sí mismos aprenden la lección en su terca pugna por ese “centro-izquierda” que ansían pero no acaban de comprender; y en esa pugna dejan sin dilucidar lo poquísimo que les separa a ambos frente a lo muchísimo que les une, insistiendo contumazmente en unas diferencias, fundamentalmente de actitud personal, que mucho me temo que, desde una perspectiva histórica, será la socialdemocracia la que las superará, pues el socioliberalismo sigue a la defensiva como desde hace siglos, entendiendo el gobierno desde una pulsión paranoide de promulgación de normas “que los demás habrán de cumplir para que mi libertad individual permanezca incólume”, o antinatural tancredismo hecho política. Y para colmo, todo esto ocurre en tiempos revueltos en los que la Sociedad, al menos la Occidental, se mueve tan deprisa que, pese a saber agotadas las viejas etiquetas políticas por el mal uso y el abuso de los políticos de todo color, necesita imperiosamente de conspicuas etiquetas políticas que con un único flash de imagen le reporten toda la información electoralmente útil para su intención de voto aunque, esquizofrénicamente, la use de modo automático mientras protesta porque sabe, piensa o recela que la están engañando como siempre…. Para hacérnoslo mirar todos sobre algún diván.

            Así pues, si yo debiera admitir alguna etiqueta “ideológica” que no chirríe demasiado con mi irascible condición de radical, evidentemente admitiría la de socialdemócrata, aunque me parece que el propio término SOCIALDEMOCRACIA, a fuer de querer ser redundante, encierra en sí mismo una sutil contradicción que lo convierte en un pleonasmo huero; porque decir social-democracia, o democracia social, es hacer dos afirmaciones del mismo orden y naturaleza y, consecuentemente, entendibles como una rotunda negación, ya que todos sabemos que sin sociedad no puede existir la democracia, lo mismo que, sin democracia, la sociedad no pasa de mero rebaño al albur de lo que manden el pastor y sus perros carea. De cualquier modo, como digo, se trata de una etiqueta que, desde su contradicción interna, lo único que me aporta es una razón más para reafirmarme en mi percepción del cambio de paradigma humano que tenemos en ciernes y que, necesariamente, va a comportar una revolución cultural sin precedentes en la historia natural de Gaia pues que, con toda seguridad, todo apunta a que nos enfrentamos a la primera especiación animal intrínsecamente cultural y eso, mal que nos pese, va a comportar una enorme fractura social, global, que personalmente lucho porque no se resuma en otro execrable baño de sangre.

            ¡Carpe diem!

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