NECEDAD MALICIOSA

 

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Essaí: 4 de Junio de 2017

 

            No hay nada como trabajar a plena intemperie para ser consciente de la crisis climática en ciernes y de lo rápido que se nos está echando encima: los vientos monzones se han desplazando entre 800 y 1.000 km. hacia el Norte, incrementando la humedad relativa y el polvo sahariano en suspensión en la Península Ibérica; el incremento global de la temperatura ha elevado tanto el punto de saturación en el aire patrio que es difícil que llueva y, cuando lo hace, acaba en episodios torrenciales muy dañinos para el suelo fértil, lo que implica desertificación por lavado del suelo fértil; la localización de las lluvias, cada vez geográficamente más restringida a zonas montañosas – luego de elevada pendiente que incrementa la pérdida de suelo –, hace que el polvo y las cenizas en suspensión estén incrementando la intensidad relativa de la incidencia de la luz ultravioleta, por simple reflexión, justo en un período de mínima actividad solar; y el incremento poblacional de nuestras aglomeraciones urbanas, fruto de un modelo crematístico especulativo y desigual, está convirtiendo nuestras urbes en auténticos acumuladores de calor justo donde más se necesita la lluvia con cierta periodicidad: en las boinas de polución urbanas. Sin embargo, lo que nadie parece caer en la cuenta es en el incremento medio de las horas de sol peninsulares que se deriva de la acción conjunta de todos los procesos mencionados y algunos más.

            En la España del “impuesto al sol” auspiciado por un Estado con 36 ex muy altos cargos públicos cómodamente apoltronados en los consejos de administración de las cinco mayores empresas eléctricas hispanas, las horas de sol están aumentando lenta e inexorablemente; lo cual sería muy poca cosa si no fuese porque la producción media de 1 m2 de panel fotovoltaico de componente monocristalino de máxima calidad produce, pasivamente, 130 W (vatios)/ día, o lo que es lo mismo, una terraza de 100 m2 produciría 13 Kw/día en un ejemplo teórico ideal. Así pues, en una localidad como la mía, Huétor Vega, con aproximadamente 3.000 viviendas censadas – contando los pocos bloques de pisos existentes como si de una única vivienda se tratase cada uno – y una superficie media en planta de 70 m2/vivienda, grosso modo, el potencial de producción fotovoltaica teórico sería de 27.300 Kw/día ó 27,3 Mw/día, que si no me falla mi memoria, equivale diariamente a un 36,5% más de los 20 Mw/h. que se atribuye en promedio a cada una de nuestras centrales nucleares, sólo que a riesgo ecológico y humano nulos. Es decir, que Huétor Vega, Granada, tiene potencial productor suficiente para verter a la red eléctrica, diariamente, la misma potencia que una central nuclear, en una hora, una vez detraídos 7,3 Mw/día en forma de consumo termosolar para producción de agua caliente sanitaria o, lo que es lo mismo, 24 poblaciones como la mía producirían diariamente la misma electricidad que una central nuclear y sin necesidad de consumir energía para calentar agua sanitaria.

            No obstante, lo que nadie toma en cuenta de estos cálculos teóricos meramente aproximativos es, precisamente, el mayor beneficio instantáneo que nos podría reportar ese potencial: 210.000 m2 de terrazas y tejados acumuladores de calor que pasarían a ser 210.000 m2 de superficie absortora de calor, pues que la luz del sol no es una energía renovable, dado que fotón que alcanza una teja o una placa fotovoltaica es un fotón que se transforma, en calor o en electricidad, de una vez para siempre. Nada en el Universo es renovable, todo es transformable; y de tener 210.000 m2 de superficie transformando luz en calor a tener 210.000 m2 de superficie transformando luz en energía limpia, nos topamos con 420.000 m2 de distancia en términos de eficiencia energética y sin olvidar que parte energética importante de cada fotón, lejos de transformarse en calentamiento cerámico, es reflejada a la atmósfera en forma de radiación infrarroja que contribuye al creciente efecto invernadero; pero claro, tal vez de lo que estamos hablando es de un sistema de autoproducción que rompería con el oligopolio eléctrico dueño de la factura energética más cara de Europa, luego una condición crematística que bien merece el sacrificio de la independencia energética nacional en el altar de los crecientes beneficios empresariales y, por ende, de los pingües repartos de dividendos anuales.

            Puede parecer una tontería ecologera más, pero Huétor Vega se encuentra justo al Este de una mina de cesio a cielo abierto, que denominamos Montevive, y que cuenta con la particularidad de que cuando las nubes aparecen desde poniente de ese cerro en la Vega de Granada llueve abundantemente durante días. O llovía, porque, últimamente, cada año falla más esa experiencia social predictiva por algo tan aparentemente fútil como el efecto acumulador de calor de la aglomeración urbana de Granada. De hecho, los municipios que median entre Montevive y Huétor Vega han crecido tan exageradamente durante estos últimos veinte años que sus límites físicos se desdibujan y confunden por doquier; es decir, el efecto acumulador de calor ha crecido tanto que este invierno he podido comprobar cómo funciona el ascenso del índice de saturación de las nubes bajas conforme pasaban por poblado: agua en Montevive, sólo nublado en Las Gabias; agua en la Base Aérea de Armilla, sólo nublado en Armilla pueblo; agua en la Vega Sur, sólo nubes en la confluencia Granada-Huétor Vega; y lluvia de nuevo ya camino de Sierra Nevada. Sólo contados días de inviernos, tras varias jornadas de cielos encapotados (luego de efecto acumulador de calor minimizado), las precipitaciones acabaron dando la razón a los pronósticos meteorológicos.

            Y esto que explico, y que no es baladí, es extrapolable también a la contaminación lumínica de nuestros cielos nocturnos, la cual sería reducida considerablemente por transformación fotovoltaica a baja tensión durante la noche – quien tenga una simple calculadora fotovoltaica sabrá que la máquina también funciona bajo luz artificial –. Luego, sumado a lo anterior, nos encontramos con un modelo de vida dependiente del ladrillo y tremendamente contaminante por la misma ociosidad energética de ese ladrillo en que fiamos nuestra orgía de vacas gordas de antes de la crisis. Todo un aquelarre de necedad y crematística que celebramos a diario para mayor honra y gloria de unas élites político-empresariales que se ríen de nuestro potencial, como sociedad, tanto como desprecian nuestras necesidades de rebaño; porque en el país del “ande yo caliente, ríase la gente”, los dueños del cotarro están ufanamente seguros, en su cómodo nivel de vida, gracias a que saben que esta sociedad acrítica y adocenada es de las que a lo sumo protesta airadamente un par de veces, para que la consueles pasándole la mano por su dolorido lomo en un adormecedor efecto placebo que nada le soluciona, pero que todo lo encalma…. ¿Hasta cuando?

            ¡Carpe diem!

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