IZQUIERDA

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Essaí: 3 de Junio de 2017

            Estos días atrás, el caudillo carismático de Podemos sentenció que los partidos tradicionales, entiéndase PP y PSOE – porque IU parece que sólo es ya una pobre rescordera tras una pesada digestión podemita –, habían conseguido acabar con el eje tradicional de derecha e izquierda; pero se le pasó hábilmente por alto, a mi juicio, dos partes de esa gran verdad que son tremendamente importantes: primera, que el aburguesamiento de la izquierda siempre trajo prejucios y resabios de derechas –  esta última no tiene otro afán que ser elitismo prevaleciendo sobre la izquierda –, y segundo, que si el PSOE ha sido la estocada burguesa de la izquierda – ese pretendido eje dialéctico izq./der. jamás existió –, Podemos es su puntilla y rematación; porque en lo único que se diferencian los populismos de izquierdas y de derechas es en sus hábitos, pese a que indefectiblemente, debajo de cualquier hábito siempre ha habido un fraile y jamás ningún hábito hizo al monje que lo vistió.

            Debemos a ese par de opuestos, pura topografía política como todo el mundo debería saber, a la constitución de la Primera Asamblea Francesa de 1789, cuando las fuerzas aristocráticas ocuparon la banda derecha a la tribuna de oradores y las fuerzas revolucionarias ocuparon la banda contraria, la izquierda, dejando el centro para un famélico partido monárquico que, como todo centro, no tardaría en pagar las consecuencias de querer jugar a dos bandas: al final, la cabra tiró al monte a cohabitar con los suyos que, desde luego, se oponían frontalmente a aquel ideal revolucionario que ha sido siempre el blasón de la izquierda, “libertad, igualdad y fraternidad, principios estos que, tanto juntos como por separado, suponían principios universales que trascendían a las propias fronteras de la República. Luego, para ser de izquierdas, hay que ser universalista y creer firmemente que las fronteras alienan al Hombre, incluso las fronteras legítimas sancionadas por una constitución democrática y que la persona de izquierdas ve como un escollo histórico a salvar a favor de esa fraternidad humana ideal.

            Por eso, el liberalismo siempre ha sido tenido por derecha, ya que hasta en lo más parecido a su ideario de lo recogido en aquel ideal revolucionario, la libertad, lo entiende como una superioridad del individuo y, por ende, algo que menoscaba el cimiento mismo de la propia libertad como bien social, como bien humano, al tiempo que entroniza la desigualdad y esclaviza la fraternidad. Por eso, cuando escucho: “yo soy liberal en lo económico y socialdemócrata en todo lo demás”, lo primero que pienso es que, quien lo dice, o no sabe lo que está diciendo o, por lo contrario, lo sabe demasiado bien; pero en cualquier caso, no puede ser socialdemócrata quien defiende los servicios públicos universales para lavar su mala conciencia económica, consciente de que el liberalismo económico sólo trae desigualdad e injusticia sociales edulcoradas con supuestos principios de acción que no son más que atributos ideales de la persona liberal y que, frecuentemente, se demuestra que son tan individualizadores que todo lo demás, y todos los demás, han de estar supeditados a esos supuestos atributos.

            Desde luego, y este es viejo argumento liberal, nada más desigual que el inquisitorial concepto económico de la izquierda más maximalista, el mismo que a la postre, tras muchas y longevas calamidades de las sociedades que lo han conocido, siempre ha acabado produciendo dinastías caudilliles obscenamente adineradas; no en vano, el Partido Comunista Chino ostenta actualmente el récor de multimillonarios, por cada mil afiliados, de todo el planeta. Y sin embargo, como quiera que todos estos ejemplos exagerados que suelen usar los neoliberales, para descrédito de la izquierda, han sido, son y serán regímenes populistas con liturgia y homilía de izquierdas, pero reaccionariamente elitistas y fácticos como cualquier derecha, confundir de nuevo al fraile con el hábito es pueril, por no decir algo más grueso. Esos regímenes jamás fueron de izquierdas porque se cimentaron sobre el cadáver ajusticiado e insepulto del ideal de la Revolución Francesa; todos acabaron siendo autoritarios, desiguales e inhumanos y, por supuesto, extremadamente nacionalistas egocéntricos; o sea, en la praxis, más derecha que la propia derecha.

            Ahora bien, comprendo perfectamente que en la triste España actual hayamos alcanzado un extremo sociopolítico en que las personas de bien abominen de sentirse de izquierdas o de derechas, tanto por los ejemplos largamente recibidos del bipartidismo patrio, como por las decepciones gravemente padecidas con unos regeneradores de la cosa que, nada más llegar a las Instituciones, o se han puesto al servicio del bipartidismo con fotogénico descaro neoliberal, o se han puesto en contra de la propia sociedad defendiendo la demolición del sistema democrático desde retóricas vacías que no se escuchaban en Iberia desde 1939. Lo comprendo, ya digo; pero no lo admito, porque admitirlo sería como guardar cola en el médico y no protestar cuando el caradura de turno se te cuela. La izquierda en España no es que esté mal, sino es que ha sido abandonada: por el PSOE, esclavo de su propio aburguesamiento y sus consecuentes redes clientelares, insaciables como buenas nacionalistas de sus hambres de poder e influencia; por Podemos, que nació como rancia reacción y acabó fagocitando a lo poco que quedaba intacto de la izquierda clásica y teórica; y por partidos de nuevo cuño, como UPYD, que defienden programas políticos de izquierda real, pero que no se reconocen así por un pueril acomplejamiento que los lleva a querer vender el mejor producto del mundo negando los atributos del propio producto para que no lo comparen con el de la competencia. ¡De locura!

            Yo, como buen radical, soy radicalmente humilde y, por eso, aunque reconozco que las etiquetas en política suelen ser más elementos de distracción que de distinción, me declaro de izquierdas porque los valores que defiendo – unidad, libertad, igualdad y fraternidad UNIVERSALES –, fueron, son y serán valores exclusivos de la Izquierda por más que yo pudiera ser de cualquier manera; y me niego firmemente a que esos valores queden desiertos, tan desiertos como abandonado el rango electoral que los busca ansiosamente en las urnas sin encontrarlos, o indebidamente apropiados por novedosos aprendices de brujo que sólo los quieren para usarlos como señuelo y distracción, como el torero usa el engaño para librarse de la superioridad física del toro y hacer de la aniquilación de este noble animal su negocio, su fama y su gloria. Yo no transijo con esa nefasta inercia actual.

            Yo me siento de izquierdas; pero, como buen radical, eso sí, sé que será mi forma de actuar la que determine, a título póstumo, si verdaderamente he sido de izquierdas…. Y para eso, espero que falte mucho todavía.

            ¡Carpe diem!

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