POLÍTICA CORTESANA.

 

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Essaí (Pedro José Navarrete Martínez) – 8 de Mayo de 2017-05-08

 

 

            Granada comienza a bullir como un puchero al ardor de la desidia caciquil y rentista de una política pseudodemocrática – aparentemente democrática – que sólo le está sirviendo para constatar la queja de nuestros mayores, más duchos en las descarnadas verdades de la vida, cuando a comienzos de nuestra autonomía política protestaban constantemente: “para ésto, mucho más cerca Madrid que Sevilla”; pero, claro, nuestros mayores, mayormente analfabetos y semianalfabetos, no recibieron de nuestra exultante modernidad más que la cada vez más lejana espalda vestida de progre pana. Que un partido como el PSOE, aún socialista y marxista, se inspirara en el ardor romántico del regionalismo (nunca nacionalismo) de Blas Infante para asegurarse su hegemonía electoral en el profundo Sur, fue para nosotros todo un revolucionario signo de modernidad intelectual que a nuestros padres le estaba vedada, y a nuestros abuelos impedida por dogma de fe. Una vez andaluces por imperativo electoral, tocaba aprender a ser andaluces por la gracia de Radio Televisión de Andalucía.

            Que Canal Sur Televisión comenzara siendo una cadena regional con parrilla televisiva especialmente diseñada para mayores de 60 años, ponía de manifiesto, blanco sobre negro, que había que reeducar a los vetustos sureños que protestaban de aquella desabrida manera; que más de treinta años después tengamos tres canales de televisión autonómicos particularmente diseñados para uniformar los gustos, las formas y los fondos de sureños mayores de 60 años, sólo puede indicar que algunas cabezas pensantes del cortijo socialista comienzan a barruntar que lo de aquellos mayores nuestros era más cuestión de memoria social que de catetismo despechado; y que precisamente, pese a tantos capitales humano y presupuestario dedicados a tan dudoso esfuerzo, de 2015 a esta parte el puchero andaluz esté hirviendo camino de oler a quemado, únicamente puede querer decir que jamás fue posible ponerle puertas al campo, que se coge antes a un mentiroso que a un cojo y que las penas, con pan, siempre son menos… Pues bien, puesto el pan social a precio de oro por mor de una crisis económica neoliberal de diseño exterior tanto como de amplificación interior, el horno ya no está para bollos y hasta las piedras están teniendo un ataque de buena memoria.

            A mí me cogió el Estatuto de Autonomía, de 1981 – casi coincidente en fechas con el golpe de Estado militar – a una semana vista de mi 16º cumpleaños y cursando el bachiller en un internado de Jaén capital compartiendo existencia a la fuerza con lo más granado del posibilismo soçias de la época; y justo en la capital andaluza con la sede de la Federación Provincial del PSOE más grande de España, que ya es pedigrí. Luego creo saber de qué estoy hablando; y tanto, pues dos años después, iniciada la demolición controlada del Distrito Único Universitario de Granada que tan bien le estaba sirviendo a mi único hermano, siete años mayor que yo, consecuencia de la galopante politización hasta los tuétanos de toda nuestra existencia, tuve que pasar a Granada a cursar el C.O.U. “no fuera que los títulos de la Escuela Universitaria de Jaén no valiesen nada frente al prestigio de los de Granada”. Claro está, aún no teníamos ni la menor idea de lo que iba a acabar siendo la educación andaluza 25 años después y menos aún las tres demoledores huelgas generales de Biología que padecí en 1985, 1987 y 1989, siempre con final feliz para las reivindicaciones salariales de un muy sensibilizado profesorado “de los de carné”…., ¡y lo que te rondaré, morena!

            No sabíamos los modernos que con nuestros votos cebábamos la génesis del “pri andaluz” que los fastos de la Exposición Universal de 1992 elevaría a los altares de la egolatría con: un titánico derroche editorial de reinterpretación de la Historia encaminado a silenciar el V Centenario de las Capitulaciones de Granada y de Santa Fe; un tremendo despliegue de ingenio publicitario que a cualquier desavisado podría hacer creer que Sierra Nevada estaba en el Aljarafe sevillano y la Alhambra era un palacio altomedieval de la Isla de la Cartuja; la rancia prepotencia caciquil del capataz de esplendores ajenos improvisada en un lago y una refrigeración artificiales en los espacios públicos cartujanos coincidentes con las duras restricciones al regadío impuestas por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir – 40.000 plantones de olivar se secaron en las campiñas jiennenses por aquella dolorosa “decisión técnica” –; y la arrogancia tecnológica de unos poderes públicos que, para exhibir músculo de modernidad y ayudarnos a olvidar la necesaria reconversión industrial que había quedado en vergonzosa liquidación industrial, con la primera línea de Alta Velocidad Española no dudaron en horadar todo un parque natural en Sierra Morena al tiempo que nos anunciaban la muerte por obsolescencia de la gran estación del Sur, Linares-Baeza…. No sabíamos todos los aprendices de posmodernos lo que estábamos alimentando con nuestros sueños de pobres hartos de pan; pero sí que supimos mofarnos de todo el que, desde el campo a la Universidad, trataba de avisarnos de lo que hoy padecemos, aquellos a los que con superioridad insolente acusábamos de ser como el protagonista del “Pedro y el lobo”: ¡paletos aguafiestas, melancólicos enemigos de nuestra modernidad!

            No quisimos creerles, y la pérdida del Distrito Único Universitario ahora se nos aparece como el inicio de la degradación del sistema educativo andaluz a más honra y gloria del omnipresente “pri andaluz”. No quisimos creerles, y el cierre de la Estación de Linares-Baeza fue el canto del cisne de la escasa vertebración ferroviaria de toda Andalucía Oriental (25 meses lleva ya Granada sin estación ni conexión ferroviaria con el resto de España). No quisimos creerles, y tanto el Patronato de la Alhambra como CETURSA son hoy meras teselas de colores en el espeso entramado de la administración paralela andaluza que se alimenta vorazmente de nuestro patrimonio artístico, histórico y natural como Saturno lo hacía de las dulces carnes de sus hijos. No queríamos creerles, pero puestos a ensayar la lenta degradación del sistema sanitario público andaluz, quizá siguiendo los pingües ejemplos privatizadores de otras comunidades autónomas de “partido único”, comenzaron por Granada el mismo año que se incrementaba en 72 personas la nómina de los altos cargos de la Junta de Andalucía con derecho a vivienda gratuita – de los ERE y demás casos de corrupción sistémica, mejor ni hago mención –. No queríamos creerles, pero el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha empezado a ser desmantelado, descaradamente, al mismo tiempo que se ha conocido que muchos familiares de conspicuos miembros de aquel glorioso “Clan de la Tortilla” siguen cobrando sueldos millonarios de la Junta de Andalucía por no se sabe bien qué…. No quisimos creerles y muchos de ellos ya no están entre nosotros para espetarnos: “ya os lo decía yo”, al ver que Madrid sigue pareciendo más cercana que Sevilla.

            Y sonreímos paternalistamente cuando se lamentaban al ver la tumba de asfalto que enterró a la red tranviaria más extensa de Europa, como me sonrojo íntimamente, hoy, al recordar cómo un costoso tren metropolitano, casi inacabable, ha dañado profundamente el tejido económico de unas de las zonas comerciales más pujantes de Granada: el Camino de Ronda. Y me sonrojo doblemente porque fueron los mismos que nos advirtieron del peligro de la moda barcelonesa que importaron los de la “revolución de los catetos”, modo populista y caciquil de engordar egos y faltriqueras a la sombra del PSOE como las rémoras crecen fuertes y lozanas a la segura sombra de los tiburones; y aún me ruboriza más recordar a alguna de aquellas ignoradas caras que advertían del aldeanismo obligatorio al que nos estaban llevando aquellas modas norteñas, no tanto por el ansia de medro andalucista como por la voracidad cortesana de poder de un PSOE presto a fagocitarlos para eliminar toda competencia electoral directa en este cortijo soçias del Sur.

            Hoy nos sonrojamos de vergüenza todos los que, vacunados de nacionalismo, desoímos todos estos avisos de nuestros mayores, de la milenaria memoria social, pensando que nada había más democrático que unir allí donde la desunión creaba escuela, unificar en la Nación en la que la disgregación era negocio y demostrar con un único marco legal autonómico que la diversidad del Sur, como la de cualquier otro sitio, no era cuestión de pedigrí ni de territorio sino, precisamente, de convivencia en paz y libertad bajo el amparo de un mismo marco legal democrático…. Hasta que la experiencia propia de la edad, el desapego hijo de los desengaños y la buena memoria de quien sabe que “honra merece quien a los suyo se parece”, ajusticiadas ya las ideologías por sus propios catequista de fortuna contra el frío paredón de las verdades del barquero en este agobiante y pertinaz 3 de Mayo político, nos ha abierto los ojos y nos ha devuelto a la cruda realidad de Granada: su política sigue siendo aquella pringosa cortesanía rentista y subastera que echó raíces en la Granada de finales del s. XV y en la que no importaban una higa los dichos ni los hechos con tal de servir bien al Señor que te daba de comer. Y eso incluyó más de dos siglos de crímenes de lesa humanidad.

            Ahora, bien estrenado ya el s. XXI, caídas casi todas las vendas de los ojos de nuestra dura cerviz, con el pueblo llano revolviéndose ya tímida pero insistentemente contra los propios políticos de oficio, beneficio y devoción que entre todos hemos cebado en tiempos de vacas gordas, con las sectas políticas desmoronándose bajo los envites de la propia corrupción moral y material de las hordas clientelares que tan bien les sirvieron en la corte sevillana, nuevos aprendices de brujo, necios especializados en la pesca fácil, esa que siempre se hace en río revuelto, comienzan a agitar a los cuatro vientos la letanía ponzoñosa de un nacionalismo de pobres y ultrajados que no puede traer mas que más sufrimiento y degradación a un despojado Sur peninsular, con sus pechos secos de tanto dar y su boca agrietada de no recibir, que ya no tiene nada que perder porque lo último, la esperanza, hace casi una década que pide limosna entre las nutridas colas de nuestras oficinas de empleo. Y no es fatalismo cuanto escribo, sino rendición a la evidencia de que lo que nos advirtieron nuestros padres de casta lo traían aprendido y, lo primero, reconocer al perro de presa del amo por más que su capataz le vaya cambiando el color de su collar.

            Así pues, llegada la hora de la verdad, que cada palo aguante su vela.

 

¡Carpe diem!

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