ANDALUCISMO OBLIGATORIO

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Pedro Navarrete

03 – 05 – 2017

            La cosa está llegando a tales extremos que si alguien me dijera que hay dos andalucías le contestaría: qué razón tiene vd.; y la misma contestación podría darle, sin despeinarme, a quien me porfiase que hay ocho andalucías o a aquel otro que defendiese que hay 24, porque la “revolución de los catetos” que asentó aquí sus cuarteles de invierno ha hecho posible tanto lo primero como todo lo demás. Hemos pasado de una Bética que quería ser gobernada por Sevilla contra una Andalucía que añoraba seguir siendo gobernada por Madrid, a una república del Tío Chaquetas en la que hay casi tantas andalucías como coches oficiales y tantas sevillas como chismes en un desván.

            Cierto es que el carácter bético y el carácter andaluz son fácilmente identificables aunque ambos sean prácticamente imposibles de explicar, pero no es menos cierto que de ambos ya no queda en estado puro ni el recuerdo de lo que fuimos en un tiempo que seguro fue peor. Debería contentarnos un estatuto autonómico que, como marco legal común, en derecho y en democracia, nos permite a cada uno ser como nos venga en gana, incluida la condición de ciudadanos del mundo; pero, en cambio, henos aquí con cada día más razones teologales de enfrentamiento con una Sevilla que, si protestase de tanta inculpación, también habría que darle la razón.

            Hasta que te detienes a mirar fijo a la cara del vocero de turno, evitando así la abducción que producen sus melifluos labios, y se te viene a la memoria que la verdad siempre está en medio aunque únicamente se la ve cuando miras con perspectiva: Andalucía, como cualquier otra comunidad autónoma española, es hoy el fruto envenenado de una España posfranquista en la que los políticos de buena fe diseñaron un futuro de paz y concordia que sus compañeros de secta, menos doctos, pero mucho más hábiles, reconvirtieron en un negocio de complejos localistas perfectamente administrado al calor del presupuesto autonómico y desde la seguridad del mostrador de la televisión regional. Así las cosas, en Andalucía, como en muchas otras comunidades, se comenzó con un canal de televisión autonómica “mi’arma” y ya vamos por tres canales sólo aptos para mayores de 65 años, todo para mayor, honra, gloria y perpetuación de nuestro taifal pedigrí.

            Y todo para ocultar que el centralismo madrileño del cual nos vinieron a redimir los posmodernos de la cosa pública, ha devenido centralismo sevillano que a la primera que ha recentralizado ha sido a la propia Sevilla, que ya no sabe si la gobierna su ayuntamiento o una oficina desplazada del Palacio de San Telmo, si el nodo es el emblema histórico de la ciudad, recibido de Fernando III El Santo, o la última derrama magnificente con que el Palacio de Dueñas se congracia con la plebe. Porque estos gestores de la cosa importaron directamente de Barcelona lo más inteligente del aldeanismo burgués: invéntate un pedigrí que distraiga al personal de sí mismo, subvenciona lo adecuado al mismo como mejor modo de perseguir a lo auténtico y magnifica los tópicos provinciales, comarcales y locales hasta que el personal los viva como profundos complejos individuales, así la culpa de lo que tú haces siempre la podrá tener la mala condición de un tercero.

            Yo hace tiempo que ya no me dejo impresionar por lo dicho, aunque reconozco que de hace un par de años a esta parte sí que me está preocupando el mar de fondo que está removiendo. El fangal del fondo de este charco autonómico es tan espeso, el agua estanca del presupuesto se ha evaporado tanto al sol de la crisis y los renacuajos son tantísimos y tan gordísimos que nuestra autonomía es un lodazal palpitante que la sociedad ya no rodea ni intenta saltar, pues ahora lo pisa y patalea con el ánimo íntimo de ver qué orondo y escurridizo bichejo se puede llevar por delante, aunque el fango te salpique hasta las ingles y la pestilencia a cieno te empache la pituitaria. Porque, sin lugar a dudas, la “rebelión de los catetos” de tiempo de nuestros hermanos mayores nos ha traído al ajuste de cuentas de nuestros hijos más viejos. Y ya se está preparando la factura, intereses de demora incluidos.

            Por mi parte, sólo me queda luchar porque mi sociedad de cercanías regrese a la senda de la ciudadanía crítica que los amos de la cosa pública se han dado tanto en defenestrar, y así dejar que sean los auténticos usos y costumbres de nuestras gentes las que devuelvan al mapa del Sur la diversidad de colores, aromas y sabores que embrujó a viajeros y poetas no ha tanto; porque conseguir que mis paisanos se sacudan tantos complejos de diseño va a costar tiempo, dedicación y una generación de políticos que, tristemente, ni parece estar ni se la espera.

            ¡Carpe diem!

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